Por: Mons. Marian Eleganti
La prohibición de acceso a la basílica de San Pedro impuesta este año a los peregrinos vinculados a la tradición de «Ad Petri Sedem», el 24 de octubre de 2026, roza la hostilidad hacia unos católicos fieles al Papa y a la recta doctrina, y nada tiene que ver con la preocupación por la unidad de la Iglesia ni con dificultades operativas para organizar las celebraciones litúrgicas en la basílica de San Pedro.
Los distintos ritos existentes en la Iglesia católica demuestran, mediante su coexistencia pacífica con el Novus Ordo, que las cosas también pueden hacerse de otra manera. Las Iglesias orientales católicas son incluso Iglesias particulares autónomas (sui iuris) dentro de la Iglesia católica universal. Nadie las considera una amenaza para la unidad de la Iglesia. Nadie les negaría un altar ni les impediría entrar en una iglesia católica. Nadie, salvo el Vaticano, que impide el acceso a católicos conservadores que, por lo demás, son fieles al Papa.
La hipocresía sinodal de la «inclusividad» ha quedado así al descubierto. Los peregrinos de «Ad Petri Sedem» no son la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX).
Pero esto lo sabemos desde hace mucho tiempo: determinadas personas solo son inclusivas mientras se trata de alcanzar sus propios objetivos. Excluyen de manera tajante y despiadada a quienes piensan de otra forma o siguen otros planteamientos pastorales y espirituales. Esa ha sido mi experiencia constante. Reconocemos el mismo patrón también en la política.
Pues bien, la llamada sinodalidad ha mostrado así su verdadero rostro. Selecciona a quién o qué incluye. «Todos, todos, todos» no significa, en realidad, todos, sino solo algunos.
Conocemos los esfuerzos y las reivindicaciones del llamado catolicismo reformista desde los años setenta. Sus protagonistas se han ido sucediendo por generaciones y a menudo han cambiado de vestimenta, pero sin abandonar nunca sus objetivos, siempre los mismos.
El resultado es la sinodalidad actual, que no es la sinodalidad de ayer, es decir, la de la Tradición. Todo apunta a que, en última instancia, se trata de una reforma estructural de inspiración protestantizante, llevada a cabo con retraso, y de la anulación de Familiaris Consortio (1981) y Veritatis Splendor (1993). Para los conversos procedentes de la Iglesia anglicana, las semejanzas resultan muy reconocibles.
El intercultural learning y el listening —el aprendizaje intercultural y la escucha—, yo soy benedictino misionero, son conceptos clave que conozco desde principios de los años noventa y que han paralizado nuestra dinámica misionera durante décadas.
La declaración Dominus Iesus, publicada por la Congregación para la Doctrina de la Fe el 6 de agosto de 2000, ya fue una reacción frente a ello, pero no fue acogida. Por eso hoy tenemos esta sobredosis sinodal de palabras y procesos.
Y, sin embargo, la verdad es muy sencilla: ¡DOMINUS IESUS!
El ESPÍRITU nos exhortaba ya hace más de veinticinco años a presentar (de nuevo) a CRISTO ante las naciones como la Verdad exclusiva y absoluta, como la única puerta hacia el PADRE, como el Maestro universal y siempre vigente y como el único Redentor del mundo.
En lugar de eso, nos sentamos en círculos y alrededor de mesas para escuchar. ¿A quién? Pero no sale nada de ahí.
Quiero decir: nada nuevo, salvo la aplicación gradual de las reivindicaciones del catolicismo reformista de ayer: democracia y participación en las decisiones; control del poder; laicos en puestos de dirección; mujeres en cargos eclesiásticos; revisión de la moral sexual; normalización del divorcio y las segundas nupcias; reconocimiento de los estilos de vida y las uniones homosexuales; transgenerismo; protección de la creación, es decir, el clima; universalismo de inspiración socialista: migración abierta y fraternidad universal; coexistencia interreligiosa en lugar de misión.
El elefante en la habitación, la correlación entre los abusos y la homosexualidad en el clero católico (Dariusz Oko; Paul Sullins), sigue siendo ignorado.
Las mesas de diálogo están dirigidas. Las comisiones presentan propuestas heterodoxas. Desde Roma no llegan respuestas válidas a los problemas provocados en la Iglesia por el progresismo liberal.
Sigue sin realizarse una evaluación honesta y objetiva de la renovación litúrgica, sin que ello implique querer regresar a la época anterior a 1965. Tampoco se reflexiona objetivamente sobre el acercamiento de los jóvenes a posiciones conservadoras, también dentro de la Iglesia, como un signo de los tiempos.
Mientras tanto, vemos actuar en las calles de las ciudades europeas a fuerzas islamoizquierdistas, migratorias y caóticas, que muestran de manera sintomática lo que ocurre cuando se desmorona el orden tradicionalmente cristiano y fracasa el Estado secular, neutral en materia de valores.
Sus principales dirigentes políticos carecen tanto de credibilidad como de valores y virtudes; en su condición poscristiana, sencillamente no tienen nada que ofrecer.
Resulta incomprensible que, no hace mucho, un Papa llegara incluso a exhortar a los jóvenes a provocar el caos.
El caos nunca ha sido una categoría del ESPÍRITU, pero sí de las fuerzas demoníacas y revolucionarias. Como es sabido, el ESPÍRITU es Aquel que, ya desde el principio, puso orden en el caos. Donde este se impone, reina el diablo.
Los signos de descomposición de la sociedad y de la Iglesia en nuestras latitudes son evidentes.
La primera (la sociedad), en mi opinión, no tiene ninguna posibilidad de subsistir sin el cristianismo. La segunda (la Iglesia), aunque sostenida por Dios, está dejando de anunciar la exclusividad de JESUCRISTO (¡en el doble sentido de la palabra!), que es el Camino, la Verdad y la Vida.
Ahora se le utiliza únicamente como instrumento al servicio de la humanidad, algo que gusta describir con el término «apertura».
La categoría del pecado es sustituida por la de la fragilidad. Lo que importa, ante todo, es la cercanía. No se señalan la herejía ni el error. En cambio, florece el diálogo.
Desde hace años, la Iglesia se asemeja a un taller interminable de círculos de sillas y mesas de diálogo, sin ofrecer resultados sólidos, salvo aquellos que, tanto en los hechos como en el lenguaje, socavan su doctrina, su predicación y su estructura jerárquico-sacramental.
Para terminar, lo esperanzador:
Nos acercamos a 2033. Será un año especial, dos mil años después.
JESUCRISTO es el mismo ayer y hoy. ÉL sigue siendo la respuesta del PADRE a todos nuestros problemas y la expiación por nuestros pecados. Es sobre todo esto último lo que debemos recordar.
¡Donde ÉL entra en un corazón, todo se hace nuevo!
ÉL es la perla que la Iglesia tiene para ofrecer a los pueblos. Quien ha reconocido su valor ya no desea nada más. Tampoco puede colocar a JESUCRISTO al mismo nivel que otros.
La alegría de haberlo encontrado eclipsa todo lo demás.
¡El DIOS hecho hombre es, sencillamente, único e irrepetible!
¡Para todos!