Por John Melnikov
No hace tanto tiempo, entrar cada día a mi aula me planteaba el hermoso desafío no solo de enseñar fielmente mi programa de teología, sino de hacerlo de un modo enérgico, dinámico y atractivo. Hoy, si me prendiera fuego los zapatos y les pidiera a los alumnos que me tiraran globos de agua para apagarlos, hay más de un cincuenta por ciento de probabilidades de que quedara hecho carbón antes de que hubieran atado el primer globo. Rostros y voces que antes reaccionaban con entusiasmo, risas e interés genuino están ahora sepultados por completo en el caos interminable de luz azul de sus dispositivos.
Aunque mi colegio tiene normas estrictas sobre el uso de la tecnología en el aula, los adolescentes, como el agua, tienen un talento natural para encontrar la manera de sortear los obstáculos. Si bien últimamente he estado estudiando a fondo los aspectos espirituales de la obsesión y la adicción tecnológicas entre los adolescentes, han surgido varias otras preocupaciones. Uno de esos peligros es que la estimulación digital constante hace que el mundo real parezca insuficientemente estimulante o interesante. El resultado es una extraña apatía juvenil que conduce a un desinterés general por todo. Estamos criando chicos con acceso a un entretenimiento ilimitado que parecen cada vez más aburridos de todo.
Los niños pequeños tienen por naturaleza una cantidad vertiginosa de entusiasmo por las cosas más inofensivas y cotidianas. Una pelota de béisbol nueva, un día sin clases por la nieve o una pizza desatan arrebatos desenfrenados de energía y alegría. Los adolescentes son por naturaleza más cínicos. Pero incluso el cinismo adolescente solía esconder una energía inmensa. La música, los deportes, los noviazgos, los autos, las películas, las discusiones, las bromas pesadas y el andar por ahí sin hacer absolutamente nada formaban parte del ecosistema adolescente. Y cuando surgían el aburrimiento o momentos de desinterés errante, solían traducirse en acción.
Ahora se traducen en scroll. Las generaciones anteriores se aburrían y, por eso, hacían algo. Exploraban, creaban, se enamoraban, se metían en problemas y discernían quiénes eran y qué querían de la vida. Pensaban en lo divino y se preguntaban qué lugar ocupaba en sus vidas y a qué los llamaba su Creador.
Después de jornadas especialmente largas en las trincheras de la enseñanza secundaria, es natural que analice qué salió bien y qué salió mal. La inclinación natural de cualquiera que tenga autoridad sobre chicos es mirar hacia adentro y darle vueltas a los métodos de enseñanza empleados. Pero lo cierto es que los chicos de hoy no se repliegan por falta de estímulo de nuestra parte, sino por un exceso de estímulos.
Los chicos de hoy tienen acceso a todas las canciones que se hayan grabado, todas las películas que se hayan producido, todos los juegos que se hayan diseñado, a la comedia, los deportes, la pornografía, las peleas, las noticias y mucho más. El adolescente estadounidense actual dispone de más entretenimiento y distracción que cualquier emperador, rey, reina, presidente o personaje histórico en toda la historia de la humanidad. Y, sin embargo, sigue aburrido.
El problema no es que la realidad se haya vuelto aburrida. Es que hemos recalibrado en los chicos el sentido del entretenimiento y las expectativas de estímulo. Los docentes, los entrenadores y los padres no pueden contar historias que compitan con el ritmo de TikTok. Los deportes no pueden competir con los resúmenes de jugadas destacadas, y las conversaciones no pueden ofrecer la misma descarga de endorfinas que las notificaciones.
Las chicas se ven obligadas a competir con miles de mujeres perfeccionadas digitalmente, mientras que los varones aprenden a ser novios mirando material obsceno que ofrece de todo, salvo lo que un hombre debe hacer para ser un buen compañero. Hasta la amistad tiene que competir con un flujo interminable de personalidades más atractivas. Los chicos pueden simplemente deslizar el dedo para descartar lo que no les retiene la atención más de unos segundos y, con cada deslizamiento, se erosiona un poco de lo que hace que la adolescencia sea una etapa tan maravillosamente dinámica y formativa.
Y para un católico es aleccionador darse cuenta de que el cristianismo mismo depende en gran medida de las capacidades que hoy está borrando el consumo tecnológico sin fin. Sin embargo, esta situación no es insuperable ni desesperada. La naturaleza pacífica y humilde del cristianismo ofrece a los adolescentes de hoy un bienvenido respiro del ritmo de sus vidas. El catolicismo no obliga a sus fieles a gritar «mírenme» todo el tiempo. Al contrario, ofrece la paz y el silencio de la oración.
Las realidades metafísicas trascendentes de la Misa y el poder de la Eucaristía ofrecen ejemplos reales y en tiempo real de una verdadera transformación espiritual. Mientras el algoritmo dice: «Mirá lo nuevo», Nuestro Señor dice: «Yo hago nuevas todas las cosas».
Se trata de concepciones y formas de vida radicalmente distintas. Una exige el consumo interminable de lo que se considera nuevo; la otra nos da ojos nuevos para percibir la realidad y superar nuestros miedos, limitaciones y fracasos. La vida católica educa precisamente aquellas facultades que nuestra cultura tecnológica se empeña insidiosamente en agotar hasta extinguirlas. A saber: la atención, la paciencia, la contemplación y el asombro.
Por eso la respuesta a la crisis actual no puede consistir simplemente en aplicaciones mejores y más atractivas, en aulas y clases más entretenidas, ni en padres que buscan frenéticamente algo capaz de competir con el atractivo del algoritmo y vencerlo. No podemos ganarles en entretenimiento a máquinas diseñadas por corporaciones multimillonarias para capturar la atención, ni deberíamos intentarlo.
En cambio, tenemos que devolverles a los chicos la oportunidad de aburrirse y de crear algo a partir de ese aburrimiento. Es una idea que les resulta cada vez más ajena. Dejémoslos estar sin pantalla. Dejemos que tiren una pelota, que vaguen por el bosque, que hablen con alguien que de vez en cuando cuenta una historia aburrida, que se queden mirando el fuego, que recen en silencio o que pasen una tarde sin absolutamente nada planeado más que dejarse llevar.
Hemos pasado años tratando de hacer que la infancia sea un entretenimiento sin fin. El resultado es una generación que parece aburrida de absolutamente todo. Quizá nuestros adolescentes no necesiten más cosas que reclamen su atención. Quizá necesiten el silencio suficiente para descubrir que el mundo que Dios creó ha sido infinitamente interesante desde siempre.
Sobre el autor
John Melnikov es un escritor católico y profesor de teología cuya obra ha aparecido en Crisis Magazine y Catholic Exchange. Tiene una maestría en Liderazgo Cristiano y enseña teología católica en la diócesis de Bridgeport desde hace quince años.