Por Stephen P. White
Octubre se acerca a toda prisa a su fin y, como suele ocurrir en la capital federal en esta época del año, el tiempo se ha vuelto sublime. Las mañanas frescas y límpidas dan paso a cielos de un azul intenso y a tardes agradablemente templadas. Por alguna razón, la luz siempre parece dorada. Todavía no hemos tenido una helada fuerte, pero no puede tardar mucho. Por las noches, el aroma de las chimeneas de leña flota por mi barrio. Creo que hace semanas que no veo una nube.
Halloween es todo un acontecimiento en mi barrio. Desde hace más o menos una década, organizamos cada año una comida compartida en la entrada de nuestra casa. Asamos unas cuantas docenas de salchichas y bratwursts; las demás familias traen a sus pequeños disfrazados y una guarnición. Este año, Halloween cae en sábado. Entre eso y el tiempo magnífico que venimos teniendo, espero una fiesta particularmente animada.
Nuestro jardín y la entrada de casa sirven de campamento base para las hordas merodeadoras que piden golosinas de puerta en puerta, y a mí me toca vigilar la heladera de las cervezas y atender el fogón. Si hay un partido de la Serie Mundial para escuchar por la radio, mejor todavía. Los chicos creen que lo hacemos todo por ellos; yo dejo que lo crean.
La verdad es que participo a regañadientes en los festejos de Halloween. Los disfraces no son lo mío. (Les digo a mis hijos: «Este año me disfrazo de papá de mediana edad»). En general me desagrada la moda de decorar las casas de manera recargada para Halloween: esqueletos gigantes de plástico, calabazas inflables, telarañas de poliéster hilado tendidas sobre el jardín y otras «decoraciones» de un tipo más genuinamente macabro. Tengo entendido que, entre cierta generación más joven, los festejos de Halloween han tomado en los últimos años un giro algo grosero y lascivo. No, gracias.
Hay una diferencia fundamental entre una fiesta guiada por un espíritu de transgresión y una noche en la que se toleran más las travesuras.
Mi idea de una buena víspera de Todos los Santos se parece a la que retrata Meet Me in St. Louis (Cita en San Luis, 1944), de Vincente Minnelli, en la que bandas de niños asilvestrados corren por el barrio cometiendo toda clase de actos de vandalismo menor previamente aprobados y socialmente aceptados. Las diabluras se resumen en este breve intercambio, mientras las hijas menores de la familia Smith se preparan para sus juergas nocturnas:
La señora Smith (la madre): «Bueno, niñas, cuando la gente abra la puerta, no tiren demasiada harina. Solo un puñadito en plena cara».
Agnes Smith (la hija): «Mamá, era la señora Wilkins. Dice que va a dejar la hamaca en el porche y que, por favor, las niñas la devuelvan… cuando terminen de robarla».
En la película, los niños del barrio hacen una fogata en medio de la calle con muebles viejos (y descarrilan a propósito un tranvía), así que no todo se traslada bien a los suburbios de hoy. La cuestión es que existen ciertas formas de travesura que son más sanas que depravadas, y hace falta una sociedad sólida y saludable para distinguir unas de otras y tratar a cada una con justicia. Una sociedad menos sana privilegiará el tipo equivocado de travesura o condenará a ambas por igual.
Sea como fuere, nuestra propia celebración de Halloween es algo que he aprendido a amar, como dije, un poco a regañadientes. Fue idea de mi esposa, y confieso que al principio no me pareció buena. Me alegra decir que ella tenía razón. Las decenas de amigos y vecinos que terminan en la entrada de nuestra casa cada 31 de octubre les dirían, creo, lo mismo. La reunión aporta suficiente cohesión social (y una masa crítica de supervisión adulta) como para que a los pequeños juerguistas se les pueda conceder más libertad –y quizá un poco más de travesura alimentada a golosinas– de la que se les permitiría cualquier otra noche.
Y esa es una parte importante de Halloween. El lado macabro de la fiesta, incluso hasta los adornos seudopaganos que a veces la acompañan, no consiste en celebrar la oscuridad. Tampoco es simplemente una oportunidad para descargar tensiones y comer un montón de azúcar. Halloween, cuando se celebra en el contexto de las grandes fiestas que le siguen –Todos los Santos y los Fieles Difuntos–, sirve como recordatorio anual de que la irrupción del Reino en este mundo caído no debe darse por sentada.
Muchas escuelas primarias católicas invitan a sus alumnos a disfrazarse de santos para el día de Todos los Santos. Es una tradición maravillosa. Pero no es realmente un sustituto de Halloween, aunque creo que a veces se la trata como tal.
A los niños les hace bien encontrarse tanto con los espectros y fantasmas de la noche de Halloween como con el ejemplo resplandeciente de los santos en su gran fiesta. Es una necedad exponer innecesariamente a los niños al mal real. Y la obsesión por las cosas oscuras es malsana, incluso peligrosa, para cualquiera. Pero la ingenuidad no es inocencia. La gracia de Dios mantiene a raya toda clase de cosas malvadas, y un recordatorio anual de esa realidad espiritual no es nada malo.
Como dijo una vez Chesterton de los cuentos de hadas, son más que verdaderos: no porque nos digan que los dragones existen, sino «porque nos dicen que los dragones pueden ser vencidos». Eso es lo que siento respecto de los fantasmas y espectros de la noche de Halloween. La grandeza de los santos brilla aún más cuando consideramos la oscuridad que vencieron, y el triunfo de la Cruz se engrandece, no se empequeñece, cuando uno considera la naturaleza del enemigo que Nuestro Señor derrotó.
Así que, ¡celebren Halloween este fin de semana! Si andan por mi barrio, pasen a saludar. Cómanse una salchicha y tómense una cerveza. Mantendré la fogata ardiendo hasta tarde en la noche. Pero tomen nota también de la oscuridad y del frío en el aire. Lo apreciarán todavía más cuando el sol cálido salga sobre el triunfo de Todos los Santos.
Sobre el autor
Stephen P. White es director ejecutivo del Santuario Nacional San Juan Pablo II e investigador en Estudios Católicos del Ethics and Public Policy Center.