El cardenal Gerhard Ludwig Müller, prefecto emérito de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ha recordado que la Iglesia no es una institución que los hombres puedan reconstruir según sus propias ideas, sino una realidad fundada por Jesucristo. «Dios es quien nos reforma y nos renueva para que seamos buenos cristianos», afirmó durante una homilía pronunciada el domingo 25 de octubre en Polonia.
El purpurado presidió la celebración de clausura del centenario de la diócesis de Łomża, en la catedral de San Miguel Arcángel. En su predicación, recogida por Kath.net, insistió en que la auténtica renovación eclesial comienza por la conversión personal y la fidelidad a Cristo.
«No es nuestra tarea reformar la Iglesia de Dios, sino cambiar nuestra propia vida», señaló.
La Iglesia pertenece a Cristo
Müller invitó a los fieles, especialmente a los jóvenes, a examinar su relación personal con Dios y a comprender su pertenencia a la Iglesia desde la fe, y no desde las categorías políticas o ideológicas.
Recordó que los cristianos no se definen por su adhesión a una clase social o a una ideología, sino por haber sido creados y amados por Dios y llamados, mediante el Bautismo y la Confirmación, a participar en la vida de Cristo.
La Iglesia, explicó, acompaña al hombre a lo largo de su existencia y lo conduce hacia su destino definitivo, la vida eterna. Su misión no consiste en adaptarse a los proyectos humanos, sino en transmitir la salvación recibida de Jesucristo.
Desde esta perspectiva, el cardenal rechazó la pretensión de disponer de la Iglesia como si se tratara de una organización creada por sus miembros y susceptible de ser refundada conforme a sus preferencias.
La renovación comienza por la conversión
La homilía tuvo lugar al término de las celebraciones por los cien años de la diócesis de Łomża, cuya historia estuvo marcada por la Segunda Guerra Mundial, la ocupación nazi y la posterior dictadura comunista.
Müller recordó el sufrimiento de la Iglesia polaca durante aquellos años y destacó el papel de Polonia y de san Juan Pablo II en la recuperación de la libertad en Europa oriental.
Al dirigir la mirada hacia el futuro, situó en el centro la fidelidad a la fe recibida, la vida sacramental y la conversión de los cristianos.
Estas afirmaciones se inscriben en las reiteradas intervenciones del prefecto emérito sobre la naturaleza de la Iglesia y los límites de las reformas doctrinales. En julio, Müller advirtió contra una interpretación del desarrollo del dogma que pretendiera modificar la sustancia de la doctrina.
También había cuestionado las propuestas del Camino Sinodal alemán para permitir la predicación de laicos durante la Misa, al considerar que contradicen la enseñanza conciliar sobre la unidad de la celebración eucarística y la naturaleza del sacerdocio ministerial.