TRIBUNA. Los tres «errores» de Cristo

Por: Pedro Gómez Carrizo

TRIBUNA. Los tres «errores» de Cristo
Cristo en el desierto de Iván Kramskoi (1872)

¿A santo de qué tuvo Cristo que proclamar que Él era «el camino, la verdad y la vida»? ¡Qué poco inclusivo! ¿No comprendía el grave perjuicio que eso habría de causar al diálogo interreligioso? Y eso de que la puerta es estrecha, o que muchos son los llamados y pocos los escogidos… ¿Acaso no sabía que el cielo es para todos, todos, todos? En cuanto a esa pobre Marta, pionera de las ONG, que se desvivía atendiendo a sus invitados, ¿por qué tenía que desanimarla por andar afanada en las cosas del mundo? ¿Qué necesidad había de advertir que eso de nada sirve si uno pierde el alma? Menuda manera de fomentar el compromiso social.

Y eso que ya Jesús estaba advertido desde el principio de su predicación, y por alguien que sabía perfectamente lo que nos convenía. Pero ni con esas: cuando el Príncipe de este Mundo le ofreció convertir las piedras en panes, hizo caso omiso, ¡pudiendo acabar de una vez con el hambre! Su comportamiento en las otras dos tentaciones fue todavía peor, del todo incomprensible. ¿Qué inconveniente tenía en arrojarse desde el pináculo del Templo y quitarnos de una vez la incertidumbre? Con lo molesto que resulta vivir el misterio y andar siempre mendigando la gracia de la fe. Y luego la guinda: ¿por qué rechazó el dominio sobre los reinos del mundo? Lo supo ver Kant, lo han tenido claro todos los masones que en el mundo han sido y, en cambio, Él, tan providente, ¿no alcanzó a vislumbrar que disponer de una autoridad mundial al servicio de la fraternidad humana habría permitido establecer de inmediato la paz universal perpetua?

Afortunadamente, la jerarquía eclesiástica lleva décadas esforzándose por enmendar tamañas imprudencias, con resultados cada vez más prometedores. El aggiornamento conciliar abrió unas perspectivas que los pontificados recientes han explorado con renovado entusiasmo. Y aunque algunos fieles recalcitrantes se obstinen en recordar lo que dijo Cristo, la adaptación de su mensaje a las necesidades del hombre moderno avanza a buen ritmo. Después de todo, ¿para qué sirve una Iglesia de dos mil años si no ha aprendido a mejorar las enseñanzas de su fundador?

La operación contaba con un precedente literario ilustre. En Los hermanos Karamázov, Dostoievski imaginó el regreso de Cristo a la Sevilla del siglo XVI. Allí el gran inquisidor ordena detenerlo y le afea su desatino al rechazar las tres ofertas de Satanás: pan, milagro y poder. ¿Imponer al hombre una libertad espiritual que muy pocos pueden soportar? ¡Eso es sobrestimarlo! Mejor conocedor de nuestras flaquezas, el diablo le había ofrecido los instrumentos precisos para procurarnos una felicidad asequible, y siglos después la Iglesia había tenido que aceptar aquellas ofertas para remediar la desorientación de su Señor.

Se diría que los promotores de la Iglesia versus populum leyeron el discurso del inquisidor lápiz en mano, tomando por instrucciones pastorales lo que Dostoievski había puesto en boca de un hombre que confesaba servir a Satanás.

La primera corrección salta a la vista. Si el hombre necesita pan, el pan es lo primero. En situación de necesidad, ningún sentido tiene importunarlo con el alimento espiritual. La Iglesia, tradicionalmente empeñada en salvar almas, ha ido descubriendo las ventajas de dedicarse preferentemente a los cuerpos. La caridad se traduce en solidaridad; el pecado va cediendo protagonismo ante la injusticia social, y la redención se aproxima cada vez más a un programa de transformación histórica. La distinción entre las obras de misericordia corporales y espirituales es ya una extravagancia escolástica. Pero ya me ocupé en una tribuna anterior de esta inversión de prioridades al examinar la creciente inmanentización de la esperanza cristiana.

La segunda corrección resulta más pintoresca. Tras décadas de desmitificación de lo sobrenatural, asistimos a una progresiva pentecostalización emotivista del catolicismo. El respaldo institucional a la renovación carismática, nacida bajo influencia protestante, culminó bajo Francisco con la creación de CHARIS. Proliferan las sesiones de alabanza, las imposiciones de manos, los trances y las curaciones proclamadas, mientras la experiencia subjetiva adquiere rango de certificación espiritual. Olvidamos que la emoción puede provocarse sin auxilio sobrenatural y que la gracia no depende de la intensidad del entusiasmo. Quienes sospechaban del ceremonial tradicional descubrieron una especial receptividad del Espíritu Santo a determinados procedimientos de animación colectiva. Con tanto canto pop y tanta emoción, la fiebre gesticulante ha llegado hasta el Padrenuestro, que algunos fieles rezan elevando los brazos con las manos extendidas. El Misal prescribe ese gesto al sacerdote, no a la asamblea, pero la «participación activa» incluye ahora una suerte de ordenación sacerdotal por mímica, para mimos y memos.

La tercera corrección es de mayor calado, pues afecta a la propia identidad del cristianismo. La aspiración a una religión universal, tan característica del naturalismo masónico, encuentra en la fraternidad humana un principio capaz de conciliar las creencias más disonantes. Sin embargo, ¡vaya por Dios!, existe un obstáculo formidable: el propio Dios, Jesucristo. Un dios genérico admite numerosas denominaciones, pero el Verbo encarnado, crucificado y resucitado se resiste a compartir con otros la condición de Salvador.

Todavía en 2000, la declaración Dominus Iesus, firmada por Ratzinger y aprobada por Juan Pablo II, reafirmaba la unicidad y universalidad salvífica de Cristo frente a las teorías que atribuían a las religiones una eficacia redentora paralela. Pero llegó Bergoglio y en 2019 firmó en Abu Dabi un documento que presentaba la diversidad religiosa como querida por Dios. Cinco años más tarde, el mismo Pontífice aseguró en Singapur que todas las religiones son caminos para llegar a Él. Son, dijo, como «diferentes idiomas». Es difícil imaginar una manera más expeditiva de aliviar las incomodidades doctrinales del diálogo interreligioso. Los mártires murieron por nada y las misiones católicas, que durante siglos se empeñaron en convertir a los paganos, debieron de padecer un lamentable problema de comprensión lingüística.

La diplomacia vaticana parece desenvolverse con mayor comodidad en este nuevo horizonte. Parolin, en su reciente intervención ante Naciones Unidas, volvió a desplegar el consabido programa de concordia internacional, cooperación multilateral y fraternidad humana.

Ya es habitual que los grandes objetivos públicos de la Iglesia coincidan con los de los organismos internacionales, agentes del globalismo. Robert Hugh Benson llevó esta tentación hasta sus últimas consecuencias en El señor del mundo. Nos presentó una humanidad unificada bajo un gobierno universal que abraza una religión humanitaria que ha conservado incluso el ceremonial de los antiguos cultos. Uno de sus organizadores es un sacerdote apóstata que ofrece los servicios de otros clérigos para dirigir las nuevas celebraciones. Cuando le preguntan si todos son masones, responde afirmativamente. Benson tuvo la previsión de comprender que la religión del Hombre también necesitaría liturgistas. Lo único verdaderamente incompatible con aquel culto universal era el Dios hecho hombre. Por supuesto, en su novela, los católicos que permanecen fieles a Cristo acaban perseguidos.

Volviendo a Dostoievski, hay que quitarse el sombrero ante su gran inquisidor. Perfecto conocedor del precio de su programa, confiesa a Cristo que ha aceptado las ofertas de Satanás y que gobierna a los hombres conforme a sus principios, convencido de que así los hace más felices. Cristo lo escucha en silencio y finalmente lo besa. El anciano, conmovido, abre la puerta de la prisión y le ordena que no vuelva jamás.

Pero el gran maestro ruso atribuyó al inquisidor una sinceridad que hoy está fuera de lugar. No previó la posverdad. Aquel hombre era consciente de que había traicionado a Cristo, y lo asumía. Hoy habría llamado a su traición «discernimiento pastoral».

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