Por el padre Paul D. Scalia
Bueno, obtuvo más de lo que esperaba. En el Evangelio de hoy (Mateo 22,34-40), lo único que quería el doctor de la ley era un momento de ¡Te atrapé!, sorprendiendo a Jesús en alguna controversia. Sin embargo, como en las otras pruebas, nuestro Señor no solo vence a sus adversarios, sino que se eleva por encima de ellos y lleva la discusión a un nivel que no habían previsto. Así, el doctor de la ley pide un solo mandamiento… pero recibe dos… con un tercero intercalado entre ellos. Y con eso no contaba.
Para apreciar este intercambio, deberíamos imaginarnos en el lugar del doctor de la ley. Porque somos como él: ponemos a prueba a nuestro Señor y queremos demostrar que tenemos razón. Así que, ya que hacemos lo que él hace, también deberíamos escuchar la respuesta de nuestro Señor como la escucha él.
El fariseo empieza con mal pie: «Maestro», dice. Pues bien, Jesús es más que un maestro. Sí, enseña, pero lo hace con autoridad divina y como nadie más. Es el único maestro cuya enseñanza merece nuestra plena confianza. Cuando nos acercamos a Él como a un simple maestro, lo convertimos en uno más entre muchos. A esa altura, ya no buscamos su verdad. Solo estamos recabando aportes, pidiéndole su opinión como se la pedimos a tantos otros.
«¿Cuál es el mandamiento más grande de la ley?». El fariseo tenía su propia opinión al respecto. Tenía en mente su ley favorita. Parte de su prueba a Jesús consistía en ver si Él coincidía. Que es lo que hacemos nosotros. Nos concentramos en este, ese o aquel aspecto de la fe —nuestro favorito— y lo convertimos en todo. Quizá sea la doctrina, o la liturgia, o el servicio a los pobres, o la transformación de la cultura, o… bueno, lo que sea. Pero en lugar de tener nuestras propias ideas sobre esto, deberíamos querer que nuestro Señor nos enseñe qué es lo más grande.
«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente». Este mandamiento está tomado del Shemá (Deuteronomio 6,5), que los judíos piadosos recitaban varias veces al día. Brota de la fe singular de Israel en el Dios único. Jesús llama a este mandamiento no solo el más grande, sino el primero. No es simplemente mejor que los demás, sino la fuente de todos ellos, porque mana del ser mismo de Dios, que es en sí mismo uno, indiviso y amoroso.
El mandamiento tiene una belleza, una sencillez y una grandeza que nos atraen. Tiene también un carácter absoluto que a menudo se nos escapa. Ordena a los israelitas —siempre tentados a repartirse entre el Señor y los dioses más prácticos e indulgentes que los rodeaban— una devoción indivisa.
El politeísmo explícito no es para nosotros una realidad presente como lo era para ellos. Pero el mandamiento vale igualmente. Como los israelitas, dividimos nuestra devoción y nos cubrimos las espaldas. Diversificamos nuestra cartera espiritual (por así decirlo) repartiendo el corazón, la mente y el alma, invirtiendo porciones aquí y allá, pero nunca enteramente en Dios. Claro, ponemos parte de nuestra confianza en Él… pero también en nuestro propio poder, nuestro currículum, nuestras finanzas, etc. El Dios uno e indiviso merece más: tiene derecho a una respuesta entera e indivisa.
Y porque Él es amor, la respuesta a Él debe ser amor. No puede ser —como quizá quisieran el fariseo y nosotros— una mera observancia exterior. Debe ser una respuesta que brote del centro mismo del hombre, de su corazón, la fuente del amor. Es el primer y más grande mandamiento también en este sentido: centra nuestro amor en Él y así determina todos los demás actos humanos. Recordemos la frase de san Agustín: Dilige et quod vis fac — Ama y haz lo que quieras. Si nuestro amor está debidamente ordenado —corazón, alma y mente entregados por completo a Dios—, todos los demás amores vendrán después.
Lo cual nos lleva al segundo mandamiento: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Notemos que este contiene no uno sino dos amores: al prójimo y a uno mismo, pero no en ese orden. La formulación indica que el amor a uno mismo se sitúa entre el amor a Dios y el amor al prójimo. En el recto orden de los amores, pasamos del amor a Dios al amor a nosotros mismos. Nos amamos a nosotros mismos porque, al amar a Dios, debemos amar lo que Él ama. Y como somos lo más inmediato a nosotros mismos, somos los primeros destinatarios de ese amor.
El amor a uno mismo es delicado. A algunos les cuesta porque no pueden creer que Dios los ame. A otros les cuesta creer que Dios los ama no por sus perfecciones (Él no las necesita), sino a pesar de sus imperfecciones. Piensan que Dios los ama porque son buenos, cuando en realidad son buenos porque Dios los ama.
Todo lo cual subraya la prioridad absoluta del amor a Dios. Mientras no estemos en esa relación con Él, no sabremos amarnos a nosotros mismos como corresponde. Y ese defecto (¡o exceso!) de amor propio significa que no sabremos amar a nuestro prójimo. Como Dios enseña a santa Catalina de Siena en El Diálogo, amamos a los demás con el mismo amor con que sabemos que somos amados.
«Amarás a tu prójimo…». Recién ahora llegamos al mandamiento que muchos creen que es el primero. Los dos primeros amores tienen prioridad porque solo estando en una recta relación con Dios podemos saber que somos amados y cómo amar a los demás. Nuestro prójimo no es amable por sí mismo. Es amable porque Dios lo ama, y así debemos amarlo nosotros. Pero mientras no amemos a Dios, no sabremos amar a nuestro prójimo, como tampoco sabemos amarnos a nosotros mismos.
Imaginemos la mirada de nuestro Señor al dar su respuesta. Sus palabras son más que una respuesta y una reprensión. Son una invitación a mirarlo a Él y a contemplar en Él al Dios que reclama nuestro amor, que nos ha creado para su amor y a quien amamos en nuestro prójimo.
Sobre el autor
El padre Paul Scalia es sacerdote de la Diócesis de Arlington (Virginia), donde se desempeña como vicario episcopal para el clero y párroco de Saint James en Falls Church. Es autor de That Nothing May Be Lost: Reflections on Catholic Doctrine and Devotion y editor de Sermons in Times of Crisis: Twelve Homilies to Stir Your Soul.