Mons. Mutsaerts advierte contra un ecumenismo que deja de lado la presencia real de Cristo

Mons. Mutsaerts advierte contra un ecumenismo que deja de lado la presencia real de Cristo

El obispo auxiliar de Bolduque (Países Bajos), Rob Mutsaerts, ha advertido contra una concepción del ecumenismo que pretende superar las diferencias entre católicos y protestantes sin tener en cuenta la doctrina sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristía. En una reflexión publicada en su blog personal, el prelado sostiene que la unidad entre los cristianos no puede construirse dejando de lado las verdades de fe que todavía los separan y recuerda que la comunión eucarística expresa una unidad doctrinal que debe existir previamente.

«La solución a la división entre católicos y protestantes no consiste en que, a partir de ahora, nos invitemos mutuamente a todas partes y escondamos amablemente las diferencias bajo la alfombra. Eso no es ecumenismo. Es indiferencia teológica acompañada de un gesto amable», afirma Mutsaerts en su artículo, titulado ¿Pan para los pájaros?.

La reflexión responde a las quejas de algunos protestantes por no poder recibir la comunión en las iglesias católicas, recogidas el pasado 20 de octubre por el periódico neerlandés Nederlands Dagblad. El obispo considera comprensible su malestar, pero advierte que parte de un malentendido fundamental: «La pregunta no es quién puede sentarse a la mesa, sino qué hay sobre la mesa».

La Eucaristía no es una simple conmemoración

Mutsaerts explica que, para muchos protestantes, la Cena del Señor constituye principalmente una conmemoración de la Última Cena, de la muerte de Cristo y de la comunión entre los creyentes. La Iglesia católica, en cambio, enseña que la Eucaristía es el verdadero Cuerpo y Sangre de Jesucristo y que en la Santa Misa se hace sacramentalmente presente su sacrificio en la cruz.

«La Iglesia católica no cree que la Eucaristía sea una comida en forma de sacrificio, sino que es un sacrificio en forma de comida», escribe el obispo. Una distinción que puede parecer sutil, pero que, según señala, supone «un mundo de diferencia».

Para fundamentar esta enseñanza, recuerda las palabras de Cristo durante la Última Cena: «Esto es mi Cuerpo» y «Esta es mi Sangre». Jesús no presentó el pan y el vino como meros símbolos, sino que afirmó su identidad con su Cuerpo y su Sangre.

El prelado también se detiene en el capítulo sexto del Evangelio de san Juan, cuando Cristo declara que su carne es verdadera comida y su sangre verdadera bebida. Ante estas palabras, varios discípulos se escandalizan y abandonan a Jesús, quien no suaviza su afirmación ni la presenta como una metáfora.

«Un momento excelente, cabría pensar, para aclarar el malentendido. Para decir: “Amigos, naturalmente no debéis tomarlo tan literalmente. Es solo una figura retórica”. Pero Jesús no hace nada de eso», observa Mutsaerts, recordando que Cristo pregunta a los Doce si también ellos quieren marcharse.

Una doctrina presente desde los primeros siglos

El obispo rechaza igualmente la afirmación de que la creencia en la presencia real de Cristo en la Eucaristía surgiera varios siglos después de los apóstoles, como resultado de una elaboración teológica posterior.

Para ello cita a san Ignacio de Antioquía, quien a comienzos del siglo II denunció a quienes se abstenían de la Eucaristía porque no reconocían que era la carne de Jesucristo. También recuerda el testimonio de san Justino Mártir, que hacia mediados del mismo siglo explicaba que los cristianos no recibían los dones eucarísticos como pan y bebida ordinarios, sino como la carne y la sangre del Verbo encarnado.

«Quien afirme que la fe en la presencia real no surgió hasta siglos después debe tener un interés particularmente selectivo por los primeros cristianos», sostiene.

Mutsaerts reconoce que la formulación teológica se desarrolló con el paso del tiempo y que el término transubstanciación adquirió posteriormente su precisión doctrinal. Sin embargo, insiste en que ese desarrollo no supuso la aparición de una creencia nueva, sino la expresión más precisa de una fe presente desde los orígenes del cristianismo.

La comunión no puede anticipar una unidad que todavía no existe

El núcleo de la reflexión de Mutsaerts se encuentra en la relación entre la Eucaristía y la unidad de la Iglesia. El prelado responde al argumento de que la Iglesia católica carece de espíritu ecuménico porque no permite habitualmente que los protestantes reciban la comunión, mientras que determinadas comunidades protestantes sí admiten a los católicos a su Cena del Señor.

A su juicio, la hospitalidad no puede convertirse en una excusa para ignorar diferencias doctrinales fundamentales. Cada comunidad actúa conforme a lo que cree que sucede durante su celebración.

«Cuando un protestante invita a un católico a la Cena del Señor, lo hace desde su propia concepción de lo que allí sucede. Cuando un católico no admite sin más a un protestante a la comunión, también lo hace desde su fe en lo que allí sucede», explica.

Recuerda además que, para la doctrina católica, la Eucaristía no es únicamente un encuentro personal con Cristo, sino también el sacramento de la unidad de la Iglesia. Quien comulga expresa su adhesión no solo a Cristo, sino también a la fe de la Iglesia que celebra el sacramento.

«Difícilmente puede expresarse sacramentalmente una unidad que todavía no existe en puntos esenciales de la fe», afirma.

Aunque reconoce que la disciplina católica contempla excepciones en determinadas circunstancias, insiste en que la comunión no puede utilizarse para borrar las diferencias doctrinales que todavía separan a católicos y protestantes.

«La comunión no es el medio con el que se borran sin más las diferencias de fe existentes. Es la máxima expresión de una unidad en la fe que debe estar realmente presente. No es una falta de amor. Es una cuestión de verdad», subraya.

«La Misa es el Calvario sacramentalmente presente entre nosotros»

Mutsaerts dedica también parte de su reflexión a recordar el carácter sacrificial de la Santa Misa. Frente a una interpretación que reduce la Eucaristía a una conmemoración comunitaria, explica que en ella se hace presente sacramentalmente el único sacrificio de Cristo en la cruz.

«Jesús no es crucificado de nuevo. Su sacrificio no se repite. Es el mismo sacrificio, el mismo Sumo Sacerdote, el mismo Cordero sacrificial, pero hecho presente de manera incruenta», escribe.

Por eso, sostiene que la Misa no puede entenderse como una reunión religiosa que concluye con un gesto simbólico de compartir pan y vino.

«La Misa es el Calvario sacramentalmente presente entre nosotros», afirma, y recuerda que en el centro de una iglesia católica se encuentra un altar, no una simple mesa de comedor. En ese contexto, también defiende que el sacerdote y los fieles se orienten preferentemente en la misma dirección durante la celebración litúrgica.

El obispo insiste en que la verdadera unidad entre los cristianos no puede alcanzarse mediante concesiones que relativicen la doctrina eucarística. «La unidad verdadera no nace de poner la verdad entre paréntesis, sino de buscarla juntos», señala.

«El sagrario no es una panera»

Para ilustrar la importancia de estas diferencias, Mutsaerts recuerda que, en la Iglesia católica, las hostias consagradas que no se consumen durante la Misa se conservan reverentemente en el sagrario porque Cristo permanece realmente presente bajo las especies sacramentales.

De ahí la genuflexión ante el tabernáculo y la adoración al Santísimo Sacramento, prácticas que responden directamente a la fe en la presencia real de Cristo.

En las comunidades protestantes que interpretan la Cena del Señor de manera exclusivamente simbólica, explica, el pan que sobra después de la celebración continúa siendo pan ordinario y puede recibir un tratamiento diferente, incluso destinarse a alimentar a los pájaros.

Para el obispo, esta diferencia permite comprender por qué la Iglesia católica no puede tratar la comunión como una simple expresión de cortesía ecuménica.

«La Iglesia católica no niega la comunión porque no quiera compartir a Cristo con sus hermanos y hermanas protestantes. Al contrario. Se toma a Cristo tan en serio que no puede fingir que su presencia real, su sacrificio y su Iglesia son cuestiones secundarias», escribe.

Mutsaerts termina planteando la pregunta que, a su juicio, determina toda la controversia: «¿Es pan que remite a Cristo? ¿O es Cristo mismo bajo la apariencia de pan?».

«Si lo primero es cierto, se puede hablar de una mesa abierta a todos. Pero si lo segundo es cierto, todo cambia. Entonces ya no hablamos de hospitalidad, sino de adoración».

Y concluye: «El sagrario no es una panera. Y la hostia consagrada, desde luego, tampoco es alimento para los pájaros».

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