Hombres sin mente

Hombres sin mente

Por Steven Jonathan Rummelsburg

Pocas críticas a la educación moderna han envejecido tan bien como La abolición del hombre, de C. S. Lewis, de 1943. En «Hombres sin pecho», Lewis explica: «extirpamos el órgano y exigimos la función. Hacemos hombres sin pecho y esperamos de ellos virtud y espíritu emprendedor. […] Castramos y luego exigimos a los castrados que sean fecundos». El pecho, en este contexto, es el corazón educado que subordina los apetitos al recto uso de la razón. Aunque Lewis se centró en el pecho, podemos extender el análisis a la cabeza, donde se practica la misma cirugía tanto sobre la «mente» como sobre la «inteligencia».

Lewis anticipó la actual crisis del intelecto cuando describió a los hombres que produce una educación desmitificadora. Los llamó Hombres sin pecho; nosotros los llamamos «pensadores críticos». De ellos escribió: «Es un escándalo que se hable de ellos comúnmente como de Intelectuales. Eso les da ocasión de decir que quien los ataca, ataca a la Inteligencia». Hoy, la «inteligencia» ha corrido la misma suerte que el «intelectual».

«Mente» e «intelecto» son palabras que remiten a realidades de naturaleza inmaterial. Erradicar sistemáticamente todo lo inmaterial de la teoría educativa deja estos conceptos especialmente expuestos al abuso. Pídale a cualquier claustro de profesores que explique qué es la «inteligencia» y probablemente oirá calificativos como múltiple, emocional y artificial. El sustantivo al que modifican se ha convertido en donante de órganos.

La palabra «intelecto» viene del latín intus legere: leer el interior. Nuestros sentidos perciben las cualidades externas; el intelecto capta lo que las cosas son, conceptualmente. Un hombre ve y reconoce a un perro en particular, pero su intelecto capta la naturaleza que comparte con todos los perros. A diferencia de la vista, no está ligado a un órgano corporal; las escuelas deberían cultivar su uso y su fin propio. Santo Tomás de Aquino enseña que el fin del intelecto es la verdad, la conformidad de la mente con la realidad, y que por eso nuestra naturaleza intelectual lleva la imagen de Dios, una semejanza que encuentra su plenitud en Cristo, el Logos, que es la Verdad misma.

El intelecto es una potencia del alma con dos operaciones que Santo Tomás llama intellectus y ratio. Josef Pieper, en El ocio y la vida intelectual (Leisure, the Basis of Culture), describe el intellectus como «simple mirar», la mente en reposo que recibe la realidad. El alumno que capta la estructura de una fuga, de una demostración o de un proverbio hace algo más que percibir: aprehende lo que la cosa es. La ratio, o razonamiento, es la capacidad activa de pasar de lo que se conoce por los primeros principios a lo que antes era desconocido.

El razonamiento queda sin raíces cuando no lo precede la aprehensión de los primeros principios por parte del intelecto. Y, sin embargo, seguimos exigiendo «pensamiento de orden superior» después de haber desterrado el modo receptivo del intellectus. Con esta extirpación producimos un ejército de hombres sin mente, bien entrenados para criticar, pero incapaces de engendrar una cultura superior.

Separada de la verdad que existe para conocer, la inteligencia se convierte en mera destreza técnica y no deja lugar a la verdadera erudición. San Pablo describió una generación como la nuestra, «siempre aprendiendo y sin llegar nunca al conocimiento de la verdad» (2 Timoteo 3,7).

Tres nociones modernas ilustran las palabras de San Pablo, y cada una toma el nombre de la mente para dárselo a algo inferior. Las «inteligencias múltiples» de Howard Gardner dividen la unidad del intelecto en ocho o más capacidades, como la matemática, la cinestésica y la musical; el intelecto ejerce estas habilidades, pero ellas no son el intelecto mismo. La «inteligencia emocional», premisa de los programas de aprendizaje socioemocional, invierte el orden entre el intelecto y las pasiones. La inteligencia artificial se parece a la inteligencia tanto como las flores artificiales se parecen a las flores: simula sus efectos, no la cosa misma. Solo el hábito de juzgar por las apariencias nos permite confundir ambas.

Dante, al cruzar la puerta del Infierno en el Canto III del Infierno, oye de Virgilio que verá a los dolientes que han «perdido el bien del intelecto»: no la capacidad de pensar, sino su objeto, la verdad que es Dios – el Bien. Las primeras almas que encuentra «vivieron sin infamia y sin alabanza», rechazadas tanto por el Cielo como por el Infierno. Ve una inmensa muchedumbre que gime y persigue un estandarte que gira sin cesar, picada por avispas, mientras los gusanos recogen a sus pies su sangre y sus lágrimas. Son «los indiferentes», almas tristes que nunca se decidieron a elegir el bien y evitar el mal. Su búsqueda sin descanso es la imagen de la razón separada del reposo contemplativo del intelecto.

Nuestras escuelas persiguen ahora el mismo estandarte que gira en el Infierno. Las rúbricas basadas en resultados y las pruebas estandarizadas han producido generaciones de egresados con destrezas inútiles y montañas de datos para que los expertos sin mente los exploten. Hemos extirpado lo inmaterial y aun así exigimos a los alumnos que sean fecundos.

El remedio es sencillo. En mis clases guardamos todo y nos sentamos juntos en silencio hasta que empiezo a presentar los primeros principios, como que el todo es mayor que sus partes. Les pido intencionadamente que reciban lo que se pone ante ellos en un estado de ocio, reposo y receptividad pasiva. Cuando fundamos nuestros métodos educativos en el reposo, la receptividad y la captación directa de los primeros principios, los niños no solo aprenden a razonar bien a través de las artes liberales, sino que, al final, se vuelven imposibles de engañar.

Lewis es claro: el corazón «puede, y debe, obedecer» a la cabeza, siempre que la cabeza esté formada para captar la realidad. A sus castrados se les ordenaba ser fecundos. A nuestros egresados se les ordena pensar críticamente. Ambas exigencias son vanas. La recuperación comienza en el hogar, donde los padres, confiando en la gracia, deben restaurar el ocio y la verdad antes de pedir a los niños que razonen. Antes de concederle otro año a la educación moderna, debemos redescubrir qué es la mente y para qué sirve, no sea que convirtamos a nuestros propios hijos en hombres sin mente.

Sobre el autor

Steven Jonathan Rummelsburg dirige City of Truth Educational Consulting para la Diócesis de Charleston y escribe St. Isidore’s Artisan Academy, un boletín que busca recuperar la auténtica educación católica a través de la sabiduría de la tradición intelectual de 2500 años de la Iglesia.

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