Por Robert Royal
Hoy es la fiesta de los mártires de Norteamérica, un grupo de jesuitas y religiosos franceses – Jean de Brébeuf, Isaac Jogues, Jean de Lalande, Antoine Daniel, Gabriel Lalemant, Charles Garnier, Noël Chabanel y el hermano René Goupil. Vale la pena recordar a cada uno por su nombre, para tener presente que fueron personas como nosotros (aunque más santos y más heroicos), y no simplemente un grupo lejano de la historia. Fueron hombres valientes y entregados que sufrieron los horrores más indecibles – el fuego, la tortura, la mutilación – camino de la muerte, mientras procuraban cumplir el mandato del Señor de predicar el Evangelio a todas las naciones.
Francia, la Francia moderna, atraviesa ahora ella misma una agonía de fuego. Es difícil determinar con exactitud quién es el responsable. Se dice que todo empezó como una protesta «estudiantil» por la falta de docentes y el mal estado de las instalaciones escolares. Pero sigue sin explicarse cómo pudieron estallar esas protestas en múltiples lugares de todo el país entre «grupos estudiantiles» sin una amplia coordinación. Y, sea cual fuere su origen, está claro que la violencia y la destrucción provienen ahora de la extrema izquierda y de los peores elementos de la numerosa población musulmana de Francia. Hay informes de que incluso Notre Dame podría estar amenazada, al igual que el Palacio del Elíseo, la Casa Blanca francesa.
Sin embargo, no se trata de un fenómeno del todo nuevo, y debería llamar más la atención sobre los ataques que vienen gestándose contra las instituciones francesas en los últimos años, y no en menor medida contra la Iglesia.
Mucha gente se sintió alentada al ver las multitudes entusiastas que acudieron durante la visita del Papa León a Francia hace apenas unas semanas. También es difícil determinar exactamente qué significó todo eso. Fue muy conmovedor ver a la gente arrodillada en las aceras de los Campos Elíseos para confesarse. Pero esa es solo la parte feliz de la historia. Desde hace muchos años, la Iglesia en Francia está bajo ataque, literalmente, desde distintos frentes.
El Faith & Reason Institute, institución madre de The Catholic Thing, viene trabajando en un proyecto en cooperación con Ayuda a la Iglesia Necesitada de Estados Unidos, al que hemos llamado «Fe bajo asedio». Nos centramos sobre todo en los casos evidentes de persecución y, sí, de martirio moderno en naciones musulmanas en estos días – Nigeria, la República Democrática del Congo, Somalia, Yemen, etc. – y en Estados totalitarios como China, Corea del Norte, Cuba, Nicaragua y otros. Pero en el curso de nuestra investigación también hemos descubierto que existe una corriente anticristiana, sutil y no tan sutil, incluso en Europa occidental, aunque casi no se informe sobre ella.
Cuando hay un caso evidente, como el asesinato del padre Jacques Hamel en 2016 a manos de dos jóvenes musulmanes radicalizados (y los asesinatos, menos difundidos, de católicos en misa poco después), el mundo le presta atención durante una o dos semanas y luego pasa a otra cosa. Pero debajo de los hechos más flagrantes hay un patrón.
El mundo quedó conmocionado este fin de semana por las imágenes del histórico ayuntamiento de Limoges en llamas y de su torre derrumbándose después de que los alborotadores lo incendiaran. Pero las autoridades francesas vienen diciendo desde hace años que, en promedio, en Francia se queman dos edificios religiosos por mes. Y eso a pesar de los considerables esfuerzos del gobierno por protegerlos.
Todos recuerdan, por supuesto, el misterioso incendio de 2019 que casi destruyó Notre Dame de París. Pero la catedral de Saint-Maclou/Saint-Jacques de Ruan también se incendió, en 2024. Ese mismo año, la Basílica de la Inmaculada Concepción de Saint-Omer también resultó dañada por un incendio intencional. La lista sigue, y estos casos de gran repercusión son solo la punta del iceberg. Cientos de iglesias más pequeñas, santuarios, estatuas, etc., han sufrido ataques similares o actos de vandalismo graves.
Ahora bien, sin duda, los incendios obedecen a múltiples causas. Algunos son accidentales, quizá un tercio, debido a instalaciones eléctricas defectuosas, infraestructura envejecida y cosas por el estilo. Pero las autoridades francesas calculan que dos tercios son intencionales. No es difícil suponer – porque algunos autores han sido sorprendidos en el acto – que buena parte de ellos son obra de musulmanes, y otra parte, de franceses nativos que son anticatólicos. Y luego están los perturbados de siempre, los vándalos ocasionales y los elementos antisociales.
Es curioso que los grandes medios de comunicación se hayan metido en estos datos tratando de restarle importancia al elemento anticristiano, a pesar de que el gobierno francés – difícilmente un bastión del chovinismo cristiano – ve las cosas de un modo muy distinto. Como en Estados Unidos, los disturbios, los saqueos y el vandalismo se presentan en los medios como fruto de causas materiales – pobreza, desigualdad, racismo –, todas las categorías sociológicas habituales, como si la creencia religiosa nunca fuera radical o apenas influyera en algo de lo que sucede en la sociedad, salvo que se trate de intolerancia cristiana.
Y cuando cientos de miles, quizá incluso un millón de franceses, salen a recibir a un Papa, eso llega a provocar en algunos medios el «miedo» ante la asombrosa y persistente capacidad de la Iglesia católica para atraer a la gente, aunque no sea particularmente devota o no vaya a misa muy a menudo.
Y no se trata solo de Francia. Cuando el Papa León fue a España, se calcula que 1,2 millones de personas acudieron a su misa en Madrid. Se mencionó brevemente y luego se archivó como algo meramente «religioso». Sin embargo, si esa cantidad de gente hubiera acudido a una manifestación contra Trump, a un evento del orgullo LGBT o a una manifestación propalestina, estaríamos oyendo ad nauseam lo significativo que fue y hasta qué punto representaba un cambio en la sociedad – un cambio que la cobertura periodística intentaría impulsar todavía más.
Incluso cuando los medios tienen un Papa que les gusta, la cobertura es mínima. ¿Quién recuerda hoy, por ejemplo, que 3 millones de personas salieron a ver al Papa Francisco en Brasil en 2013, y al menos un millón en Ecuador en 2015?
Si la salud del Papa León le permite realizar el extenso viaje a América Latina previsto para el mes próximo, cabe esperar multitudes igual de enormes y entusiastas que en Francia y España.
Muchas partes del mundo – no solo Francia, sino también Ucrania, Gaza, Cisjordania, Irán, Arabia Saudita, Yemen y otras – quizá estén ardiendo, pero en otros lugares se está encendiendo un fuego con un fin muy distinto.
Sobre el autor
Robert Royal es director de The Catholic Thing y presidente del Faith & Reason Institute de Washington D. C. Sus libros más recientes son The Martyrs of the New Millennium: The Global Persecution of Christians in the Twenty-First Century, Columbus and the Crisis of the West y A Deeper Vision: The Catholic Intellectual Tradition in the Twentieth Century.