Prohibir la oración a San Miguel Arcángel: una orden que firmaría el demonio

Prohibir la oración a San Miguel Arcángel: una orden que firmaría el demonio

Monseñor Mark Beckman, obispo de Knoxville (Tennessee), ha publicado en su periódico diocesano una columna titulada «San Miguel Arcángel, ruega por nosotros». Bajo ese título, con la serenidad de quien firma un trámite, comunica que ha pedido a sus sacerdotes que retiren las oraciones que los fieles rezan juntos antes de la Misa y nada más terminarla. La primera en caer es precisamente la oración a San Miguel. El título invoca al arcángel y el texto lo expulsa del templo.

Un panegírico con orden de destierro

La columna rebosa elogios. León XIII compuso la oración, san Juan Pablo II pidió rezarla, Francisco la recomendó, forma parte del tesoro de oración de la Iglesia y el mundo de hoy necesita, dice el propio obispo, la protección del arcángel. Con todo eso reconocido por escrito, la conclusión resulta incomprensible: fuera de la iglesia. Se admite la urgencia del combate y se ordena enfundar la espada. Ningún general cuerdo daría semejante instrucción a sus tropas en mitad de la batalla.

El obispo reconoce que sus fieles aman esas oraciones y que les dolerá perderlas. Lo sabe y lo hace igualmente. Ese cariño del pueblo, que cualquier pastor custodiaría como un tesoro, aparece en su texto como una resistencia que conviene vencer con paciencia y catequesis.

Ninguna ley lo exige

El pretexto litúrgico se desmorona en cuanto se examina. La Misa termina con la despedida. Lo que los fieles rezan después del «podéis ir en paz» queda fuera de la celebración, igual que las últimas oraciones de personales o la vela encendida ante una imagen. Ninguna rúbrica lo prohíbe. Sacrosanctum Concilium, el documento que monseñor Beckman cita con devoción, recomienda vivamente en su número 13 los ejercicios piadosos del pueblo cristiano, y el canon 214 protege el derecho de los fieles a su propia vida espiritual. Para suprimir una oración que ninguna norma veta hace falta algo más que celo litúrgico. Hace falta voluntad de suprimirla.

Y la «participación activa», esa fórmula conciliar invocada para todo, se usa aquí para acallar a una asamblea que reza en voz alta y al unísono. Pocas veces se ha retorcido tanto una expresión.

A quién beneficia

La pregunta clásica del jurista, cui prodest, tiene en este caso una respuesta escalofriante. La oración a San Miguel pide expresamente que Satanás y los espíritus malignos sean arrojados al infierno. Retirarla del templo no beneficia a los fieles, que pierden una devoción amada; tampoco a la liturgia, que permanece intacta; tampoco a los sacerdotes, condenados a explicar lo inexplicable. Solo hay un beneficiario posible, y es precisamente aquel contra quien se rezaba. Es difícil imaginar una orden diocesana que el enemigo firmara con más gusto.

Pablo VI habló en 1972 del humo de Satanás que se había infiltrado por alguna grieta en el templo de Dios. Medio siglo después, ese humo ya no necesita grietas: le basta una circular que manda callar a quienes pedían defensa contra él. En 2018, en plena crisis de abusos, decenas de obispos norteamericanos, entre ellos el entonces obispo de Knoxville, Richard Stika, pidieron recuperar esta oración tras la Misa porque intuyeron que la podredumbre tenía también un origen preternatural. Su sucesor la retira. El mal no ha desaparecido de la Iglesia; solo se ha suprimido la oración que lo nombraba.

Un Papa llamado León

Bajo el pontificado de León XIV, un obispo entierra la oración de León XIII con todos los honores y una sonrisa. León XIII la compuso, según la tradición, tras una visión que le mostró el asedio del demonio sobre la Iglesia. Hoy ese asedio parece encontrar aliados inesperados dentro de la propia ciudadela.

Los católicos de Knoxville, y todos los católicos preocupados por la Misa, saben lo que tienen que hacer. Arrodillarse cuando el sacerdote se retire a la sacristía y rezar, en voz alta y sin pedir permiso:

San Miguel Arcángel, defiéndenos en la lucha. Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tú, príncipe de la milicia celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén.

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