Por Mary Eberstadt
La Universidad Cornell es mi alma mater. Pasé cuatro años allí en una residencia para becados conocida por todos como un reducto de cerebritos. Quiso la casualidad que Telluride House tuviera como vecina a una de las fraternidades más bulliciosas del campus – una yuxtaposición no exenta de algún que otro momento de humor, como cuando los miembros de la fraternidad se juntaban al aire libre y nos coreaban, mirando hacia nosotros: «¡Eh, Telluride! ¡E es igual a mc al cuadrado!».
Un sábado por la noche, mientras estudiaba con un amigo y me distraía el ruido de una de las épicas fiestas de la fraternidad, le propuse que fuéramos a ver cómo eran esas célebres veladas. Él se mostró escéptico, pero los altavoces atronadores hacían imposible estudiar, así que me dio el gusto y allá fuimos. A los dos minutos de entrar, mientras él iba a buscar bebidas, me abordó un miembro de la fraternidad, alto y borracho como una cuba, que creía tener una propuesta ganadora: si adivinaba mi peso con un margen de cinco libras, yo tenía que subir con él al piso de arriba.
Me reí en su cara, divertida tanto por su descaro alimentado por el etanol como por su manera de balancearse en el aire por encima de mí, como un roble poderoso a punto de ser talado. Le hice una seña a mi amigo y nos fuimos de allí, para no volver nunca. Y no volví a pensar en aquel episodio hasta años después, cuando leí I Am Charlotte Simmons (Soy Charlotte Simmons), de Tom Wolfe. Una serie de memorias sobre la vida en las fraternidades dio lugar a una columna para TCT en la que instaba a los muchachos cristianos a no unirse a las fraternidades.
La lección aprendida aquella lejana noche en Ithaca – que las fiestas de fraternidad no son lugar para una joven sin acompañante – podría parecer obvia. Pero ese es precisamente el quid de la cuestión: ya no lo es.
Hace dos años, en otra fraternidad de Cornell, una joven tomaría una decisión distinta, y la sórdida historia que resultó de ello acabaría resonando en todo el mundo. Y aunque los detalles puedan disputarse en los tribunales desde ahora hasta el fin de los tiempos, un hecho está claro: a ella no le pareció ridículo acceder a lo que se proponían unos jóvenes completamente ebrios. Al menos al principio, consideró que acceder era la opción que prefería.
¿Qué ha cambiado entre entonces y ahora? Esto nos lleva a la respuesta que brilla por su ausencia en los comentarios que estallan por todas partes sobre la «Jane Doe» de Cornell.
En diciembre de 2008, gracias en parte al filántropo visionario Sean Fieler, se celebró en el Witherspoon Institute de Princeton (Nueva Jersey) un congreso, el primero de su tipo, sobre «Los costos sociales de la pornografía». Aquel congreso tuvo un gran impacto, también en mi propio pensamiento. De él surgieron dos libros fundamentales, también los primeros de su tipo, que resumían la evidencia aportada por médicos, terapeutas, neurocientíficos y otros expertos.
Esa evidencia apuntaba a una verdad que desautoriza la idolatría actual de la autonomía sexual: la pornografía es veneno. Altera el cerebro, mata el romance y conduce a una soledad intensa. Crea adictos y destruye familias. Los datos empíricos han quedado bien documentados desde aquel congreso histórico en adelante.
Los datos están ahí. ¿Qué deberíamos hacer al respecto? Estas son las reflexiones que compartí, apenas el mes pasado, ante un congreso de mujeres organizado para debatir sobre «Un camino mejor hacia adelante»:
Si pudiera reducir años de meditación sobre este tema a un único memorando de acción destinado a mejorar la condición humana, diría lo siguiente. Necesitamos volver a estigmatizar la pornografía. Nosotros – es decir, no solo quienes estamos aquí presentes, sino también la gente de todo Occidente – necesitamos comprender que la pornografía es hoy lo que el tabaco fue ayer: algo omnipresente, tóxico y necesitado de una reforma social. Es enemiga del romance. Da licencia a la perversión. Y la pornografía es también un factor importante en el desplome actual de las tasas de matrimonios y de nacimientos.
Esos son los tristes hechos de una cultura empapada de pornografía. Y exigen una respuesta radical:
Necesitamos algo así como un movimiento y un manifiesto Contra la Aceptación de la Pornografía. Debería incluir tanto a personas seculares como religiosas, y a tantos heridos que siguen en pie como sea posible reunir – así como a los rectores de universidades y colleges cristianos fieles, y a celebridades, y a terapeutas, y a cualquier otra persona lo bastante comprometida como para sumarse.
Si alguien duda hoy de lo importante que es un movimiento de reforma así para restaurar una cultura sana, no tiene más que mirar la historia de Cornell que ocupa las primeras planas desde que se pronunciaron esas palabras.
En el centro de la historia hay una estudiante que acusa de violación a varios miembros de una fraternidad. Pero leer los detalles bárbaros permite comprender algo que se pierde en los relatos morbosos. Estos estudiantes – todos ellos – están tan contaminados por la pornografía que literalmente no están en sus cabales. Aun sin las drogas y el alcohol que también saturan este cuadro espantoso, estas almas jóvenes ya habían sido retorcidas por una sustancia menos evidente, pero igual de incapacitante. Y no son más que una muestra de muchos millones de jóvenes como ellos.
Por lo tanto, con el espíritu de sacar bien del mal, la historia de Jane Doe es una prueba más de que necesitamos un movimiento nacional contra la pornografía, en la línea de Mothers Against Drunk Driving. De hecho, debería ser una prueba fundacional – la demostración definitiva, en toda su nauseabunda plenitud, que convierta la mera retórica en acción transformadora. Y aunque un movimiento así es esencial, también debería ser solo el comienzo.
Necesitamos terapeutas capaces de desprogramar a chicos como estos. Necesitamos que la sociedad en general entienda que la pornografía de internet es una secta. Y desarticular esa secta por todos los medios necesarios es un paso decisivo – de hecho, el paso más decisivo – hacia la restauración de un orden sexual fundado en la cordura, no en la locura.
Por encima de todo, necesitamos que alguien encabece ese movimiento. Mi esperanza es que reiterar este mensaje en todos los foros posibles llegue algún día a tocar el corazón de ese futuro líder, que será para este movimiento de reforma lo que Florence Nightingale fue para la profesión de enfermería; lo que Dorothea Dix llegó a ser para la reforma de las instituciones para enfermos mentales.
Si hay una sola oración que elevar desde este pútrido desastre por encima de las aguas del Cayuga, es la que implora al Cielo por ese futuro líder.
Esta columna es una adaptación de un discurso pronunciado ante el Napa Institute en la ciudad de Nueva York el 14 de octubre de 2026.
Sobre el autor
Mary Eberstadt es investigadora sénior del Faith and Reason Institute y directora ejecutiva del Center for Cultural Restoration. Su libro más reciente es Adam and Eve after the Pill, Revisited, con prólogo del cardenal George Pell.