Por David G. Bonagura, Jr.
Hemos llegado a un momento cultural increíble. El aparentemente imparable redoble a favor del progreso ilimitado que durante tanto tiempo ha caracterizado a la Modernidad ha perdido su ritmo. El avance tecnológico y la ingeniería social no han entregado la prometida y aún elusiva «buena vida». En cambio, el cambio rápido sin brújula ha generado una insatisfacción, angustia y desencanto generalizados. Este último adjetivo ha sido últimamente el favorito de más de un comentarista cultural.
Los antiguos habrían usado una palabra distinta para describir la situación de nuestro mundo secular: desordenado. Para san Agustín, la paz es el fin de todas las criaturas, y la paz, escribe en La ciudad de Dios, es la «tranquilidad del orden – y el orden es la disposición de las cosas iguales y desiguales en un patrón que asigna a cada una su función propia».
El desorden ocurre cuando las facetas de la vida quedan descoyuntadas de modo que las cosas menores o incluso las cosas malas desplazan los bienes propios de la vida y de la comunidad. Cuando las sociedades exaltan los pecados como bienes, cuando la política lo consume todo, cuando la tecnología traga cada dimensión de la vida humana, el desorden reina no con paz, sino con ansiedad, angustia y asfixia. Para los individuos, el sufrimiento es interno. Como escribe Agustín en sus Confesiones, «toda mente desordenada es su propio castigo».
El pecado es la causa primaria del desorden, y el desorden de nuestra época nace de violaciones del Primer Mandamiento. El mundo secular habla y actúa como si Dios no existiera. Sin Dios como fundamento y como meta del orden, el hombre y su voluntad pecadora ocupan el lugar de Dios como bien supremo. La voluntad caída del hombre está consumida, en la memorable frase de Agustín, por la libido dominandi, la lujuria de dominar a los demás, que es la fuente de todos los conflictos y de todos los desórdenes en esta Ciudad del Hombre.
La única manera de corregir nuestro desorden actual, a falta de la segunda venida de Cristo, es reordenar nuestras vidas y sociedades sobre Dios. Esto exige, primero, que reconozcamos a Dios como nuestro rey legítimo y abramos el corazón a Su gracia, que sola puede redirigir nuestras voluntades lejos de dominar a los demás y hacia el servicio a los demás. El notable aumento de conversiones al catolicismo en estos últimos años atestigua que hombres y mujeres encuentran cada vez más el antídoto al desorden secular en las verdades salvadoras y en la gracia divina alojadas en la santa Iglesia católica.
Sin embargo, esta gran cohorte de conversos comprende solo una fracción de una población más amplia que está desencantada con el desorden de hoy, pero no se inclina o no está lista para buscar remedios en la religión, y ciertamente no en la Iglesia. ¿Cómo podríamos convencerlos de pasar del desorden secular al orden católico?
Primero, debemos disipar cualquier temor de que el «orden católico» sea de algún modo sinónimo de tradwives, El cuento de la criada, gobierno autoritario, teocracia, opresión o uniformidad social. No es ninguna de esas cosas. El orden católico no es un programa político ni una intervención social. Es más bien, en palabras del gran historiador Christopher Dawson, la disposición de «la totalidad de la vida hacia la unidad, no por la negación y destrucción de los valores humanos naturales, sino poniéndolos en relación viva con la verdad espiritual y la realidad espiritual».
La meta del orden católico no es el establecimiento de estructuras. Más bien trasciende las estructuras existentes de muchos tipos para armonizarlas con las prerrogativas divinas. En el lenguaje de san Pablo, el orden católico apunta a «recapitular todas las cosas en Cristo», porque «si alguno está en Cristo, es una nueva creación; lo viejo pasó, he aquí que ha llegado lo nuevo». (Efesios 1:10; 2 Corintios 5:17)
El orden católico es un modo de vivir que permite al Espíritu Santo, que está íntimamente cerca de nosotros, penetrar todos los aspectos de la vida y dirigirlos a la comunión con Dios. Ayuda al individuo a refrenar su voluntad desviada y lleva a la sociedad a elevar el bien común por encima de las divisiones facciosas.
Con su fe firme en Dios, el orden católico ofrece un reencantamiento, es decir, la esperanza en la redención de Dios que puede discernirse dentro de un mundo marcado por el mal. Por el contrario, ¿ofrecen los secularistas alguna esperanza en absoluto? ¿Puede un mundo sin Dios, que es el mundo Moderno, proporcionar la alegría, la confianza y la estabilidad que promete el orden católico? ¿Puede un mundo sin Dios ofrecer la aventura y la emoción que nace de saber que Dios actúa entre Su pueblo ahora mismo y está santificando a tantas personas y lugares que hace solo unos días parecían irremediablemente perdidos?
Cuando nos damos cuenta de que el amor dinámico de Dios enciende el orden católico, podemos ver que Sus leyes –que los secularistas temen por las caricaturas de la religión que han absorbido– son los fundamentos para su establecimiento. Son las vigas de soporte del orden que inhiben que el pecado desencadene el desorden y permiten el ordenamiento adecuado de las partes constitutivas de la vida. Cuando se observan las leyes de Dios, la gracia se mueve con más agilidad en las almas y da más frutos del Espíritu.
A los desencantados les hago este llamamiento: no esperen un asiento en el cohete de Elon Musk a Marte como boleto de salida del desorden mundano –allí también habrá desorden. La respuesta a las necesidades del mundo moderno está oculta a plena vista; solo necesitan los ojos de la fe para verla. El orden católico pondrá en armonía con Dios los elementos descoyuntados o disfuncionales de su vida, y Él enviará Su gracia para ayudarles a reordenarla. Entonces se sentirán de nuevo encantados porque sabrán que el mundo, con todos sus problemas, no pertenece a los poderes, a las tecnologías ni a los males, sino a Dios.
Sobre el autor
David G. Bonagura, Jr. es el autor, más recientemente, de 100 Tough Questions for Catholics: Common Obstacles to Faith Today, y el traductor de Jerome’s Tears: Letters to Friends in Mourning. Profesor adjunto en el St. Joseph’s Seminary y en Catholic International University, se desempeña como editor de religión de The University Bookman, una revista de libros fundada en 1960 por Russell Kirk. Su sitio personal está aquí.