Por Mons. Alberto José González Chaves
Noventa años tiene la tradición que atribuye a Santa Teresa de Jesús – o a Nuestra Señora de Sonsoles, ¿o a Ambas? – la preservación de la Ciudad de los Caballeros durante el verano terrible de 1936. ¿Sonrisas displicente ante lo que nuestros mayores creyeron? ¿Credulonería que convierte la tradición piadosa en acta notarial? Frente a la manía contemporánea de pensar que, cuando un relato posee alguna dimensión sobrenatural, el historiador debe elegir entre tragárselo entero o arrojarlo completo al cesto de las supersticiones, este tiene una tercera posibilidad, más honrada: establecer primero qué ocurrió; averiguar después cuándo empezó a contarse lo extraordinario y observar cómo fue transformándose la narración. El lector decidirá ante ese punto misterioso donde los documentos terminan y comienza la interpretación. Pero digamos, de entrada: la historia de la viejecita que detuvo a las tropas de Julio Mangada no fue una fábula inventada años después, cuando todo había terminado: circulaba en los meses mismos de la guerra.
Ávila: vulnerable e intacta en julio de 1936
En los últimos días de julio de 1936 Ávila conoció las horas de mayor inquietud militar de toda la contienda. La ciudad, sumada al Alzamiento, se hallaba escasamente guarnecida. El teniente coronel Julio Mangada avanzaba desde Madrid al frente de una columna heterogénea de milicianos y fuerzas de orden público que, tras pasar por Cebreros y Navalperal de Pinares, llegó a situarse en condiciones de amenazar seriamente la capital. El 24 de julio, mientras se celebraba en la iglesia de San Juan el funeral por el comandante Gabriel Moyano llegaron noticias alarmantes sobre la proximidad de aquella columna. El historiador abulense José Belmonte Díaz, que estuvo presente y dejó testimonio de aquellos momentos, recuerda la precipitación con que se pidieron voluntarios, se repartieron armas en el Gobierno Militar y se organizaron grupos de civiles prácticamente sin instrucción. Una fuerza salida al encuentro de Mangada hubo de replegarse ante la manifiesta superioridad de éste. Durante unas horas el camino hacia Ávila quedó inquietantemente abierto. Mangada atravesó el puerto del Malagón, alcanzó Aldeavieja y pudo dirigirse hacia Ávila, mas no lo hizo: prefirió avanzar hacia Villacastín, amenazando las comunicaciones y la retaguardia de las fuerzas que combatían en el Alto del León, y poco después regresó hacia El Espinar y Madrid. Cuando volvió a operar en la provincia con efectivos mucho mayores —hasta varios millares de hombres— tampoco emprendió el asalto contra la capital. Los historiadores señalan distintas razones posibles: falta de organización y apoyo logístico, inseguridad ante las fuerzas contrarias, objetivos estratégicos distintos o simple indecisión. Lo indiscutible es que en aquel primer momento Ávila era militarmente mucho más vulnerable de lo que después sugeriría la memoria épica. Y no pocos abulenses se preguntaron por qué no entró Mangada.
El día de Navidad de 1936, apenas cinco meses después de los hechos, el periodista Léo Gerville-Réache, enviado especial a España del periódico parisino Le Matin, publicó un artículo con un título inequívoco: «Le dernier miracle de sainte Thérèse d’Avila», «El último milagro de Santa Teresa de Ávila» (Le Matin, núm. 19.272, 25 de diciembre de 1936). Tres días después, el 28 de diciembre, El Diario de Ávila recogía la historia; no se trata de una referencia perdida que haya sido reconstruida modernamente. El investigador Nicolas Mollard, en un estudio académico publicado en Slavica Occitania, documenta las dos versiones, señalando que ya en diciembre de 1936 circulaba el relato según el cual Teresa de Jesús se había presentado ante un jefe republicano bajo el aspecto de una anciana para disuadirle de apoderarse de Ávila.
Según aquella primera narración, cuando para las fuerzas de Mangada era muy posible avanzar sobre Ávila apareció una anciana que describió una ciudad formidablemente protegida, poblada de soldados y armas, absolutamente preparada para repeler cualquier ataque. Materialmente, la guarnición de Ávila distaba mucho de corresponder a semejante descripción: si se acepta siquiera como hipótesis interna del relato la identificación que hizo la tradición —Nuestra Señora de Sonsoles para unos, Santa Teresa para otros—, no resulta verosímil atribuir a María Santísima ni a la Santa una falsedad destinada a engañar al adversario. La interpretación religiosa puede ser bastante más profunda: aquella mujer hablaba de una ciudad realmente defendida, aunque no eran sus defensores computables en un parte militar. Para la fe de los abulenses, Ávila estaba bajo la custodia del cielo, amparada por la intercesión de sus santos y por los ejércitos angélicos que la Sagrada Escritura presenta tantas veces como invisibles y, sin embargo, reales. «Muchos, muchos» podía ser verdad en un sentido que Mangada entendió como estrictamente militar: los ángeles de Dios, al mando del Custodio del Reino, guardaban Ávila del Rey. Como en la escena bíblica de Eliseo, los ojos humanos podían ver pocos defensores mientras la fe repetía: «Más son los que están con nosotros que los que están con ellos» (2 Re 6,16). La crónica francesa situaba expresamente la historia bajo la protección de Santa Teresa. No es una identificación teresiana añadida años después: antes de terminar 1936 el episodio se contaba ya como «el último milagro de Santa Teresa de Ávila». Si la anciana era quien los viejos abulenses creyeron que era, no inventaba defensores: veía una ciudad custodiada por la milicia celestial, mientras Mangada lo entendía como una información castrense.
¿Una anciana campesina en cabalgadura?
La historia continuó circulando y adquiriendo perfiles más netamente abulenses. Terminada la guerra, El Diario de Ávila volvió sobre el episodio titulándolo en su portada del 7 de mayo de 1939: «La pobre vieja que salvó a Ávila». Mangada habría preguntado a una anciana que acababa de abandonar la ciudad por las fuerzas que había dentro. La respuesta multiplicaba soldados, fusiles y ametralladoras: – «Muchos, muchos». Prácticamente cada almena estaría defendida.
El paralelismo con la vieja tradición de Jimena Blázquez resulta inevitable. A comienzos del siglo XII, cuando Ávila era ciudad de frontera y sus hombres habían salido a combatir, la memoria abulense sitúa a aquella valerosa mujer organizando la defensa de una plaza casi desguarnecida: hizo vestir de guerreros a las mujeres, las apostó sobre las murallas con armas, teas y trompetas, y logró que las fuerzas musulmanas de Abdalá, creyendo la ciudad mucho mejor defendida de lo que realmente estaba, desistieran del ataque. Ocho siglos más tarde, la tradición de 1936 repite el mismo dibujo: otra mujer habría hecho creer a Mangada que tras aquellas mismas murallas esperaba un ejército imponente. Jimena defendió Ávila desde lo alto de sus torres; Teresa, según la narración, desde el camino. En ambos casos, la ciudad se salva sin necesidad de librar batalla. ¿Prestó la memoria de la ciudad formas antiguas al episodio moderno? Pero el parentesco literario no demuestra que la historia fuese fabricada de principio a fin: demuestra, sencillamente, cómo funciona la memoria colectiva, vistiendo los acontecimientos nuevos con imágenes que una comunidad conoce desde siglos atrás. Ahora, para unos, la viejecita había sido Santa Teresa; para otros, la Virgen de Sonsoles. Para todos, la protección de Una y Otra era inseparable.
Según la versión que más arraigó en la tradición oral, la anciana, sobre una cabalgadura, se encuentra con los hombres de Mangada en los alrededores de Sonsoles.
—¿Dónde van ustedes?
—A tomar Ávila.
La mujer les advierte que sería una locura intentarlo porque la ciudad está atestada de tropas, armas y defensores. Después continúa su camino y desaparece. La antropóloga María Cátedra recogió esta tradición directamente de informantes abulenses y la publicó en 2001 en un amplio estudio de la Universidad Complutense sobre la devoción a Nuestra Señora de Sonsoles. Uno de sus testimonios recordaba haber oído hablar de aquella señora «con un borriquillo», vestida como campesina, que habría prevenido a las fuerzas: Ávila estaba «llenita de tropas» y no se podía entrar. La investigadora añade en nota que las versiones oscilan sobre la identidad de la anciana: «o bien la Virgen de Sonsoles o santa Teresa». No estamos, por tanto, solamente ante literatura periodística de guerra, sino ante una tradición oral abulense que sobrevivió durante generaciones. Hay además en ello algo deliciosamente teresiano: si alguien quisiera inventar una aparición espectacular de la Santa, probablemente habría elegido resplandores, éxtasis, ángeles o murallas cubiertas de prodigios. La tradición abulense prefirió una vieja campesina montada en una mula: muy poca tramoya sobrenatural para una mujer que había escrito que «entre los pucheros anda el Señor». Y si era Nuestra Señora de Sonsoles, tampoco podía haber elegido mejor disfraz la Virgen campera de los abulenses.
Sonsoles, bombas, sacerdotes mártires
Con el paso del tiempo se mezcló con esta historia otro conjunto de recuerdos relacionado con los bombardeos sufridos por Ávila; mas la aclaración cronológica no perjudica, avala la veracidad del relato. El aeródromo militar de la Cruz de los Llanos, levantado entre el río Chico y el santuario de Sonsoles, aun no existía cuando Mangada amenazó la capital en julio; comenzó a acondicionarse a partir de septiembre de 1936. Se convertiría después en una importante base de aviación, utilizada por fuerzas españolas, italianas y alemanas; el recinto comprendía hangares, barracones, arsenales, depósitos y polvorines. No debe mezclarse aquel aeródromo con la decisión de Mangada en julio: son episodios sucesivos, no simultáneos; pero el aeródromo explica que la zona de Sonsoles se convirtiera posteriormente en objetivo aéreo. Ya en noviembre de 1936 fue bombardeada la base y en 1937 volvieron a sucederse ataques contra el campo y otros objetivos estratégicos abulenses. La defensa antiaérea terminó reforzándose en distintos puntos, incluidas precisamente las alturas cercanas al santuario. Y también aquí María Cátedra recoge una memoria popular precisa: sus informantes recordaban que junto a Sonsoles estaban los polvorines, que durante un fuerte bombardeo cayeron bombas en aquella zona y que algunas no llegaron a explotar. Recordando el escaso número de muertos en comparación con el peligro que suponían aquellas instalaciones militares, vinculaban el dato a la protección de la Virgen. Como agradecimiento quedó en el Santuario durante muchos años un pequeño avión votivo y la memoria popular acabó fundiendo así dos episodios distintos: la ciudad a la que Mangada no entró en julio y la ciudad que, teniendo después junto a Sonsoles un aeródromo y unos polvorines de evidente importancia militar, sufrió bombardeos sin padecer la destrucción que hubiera podido temerse. Si esa fusión no autoriza a convertir cada detalle en información militar comprobada, tampoco invita a despreciarla: nos dice cómo los abulenses interpretaron lo que habían vivido.
El bombardeo republicano del 31 de agosto de 1936 produjo tres muertos al caer una de las bombas sobre la zona de San Vicente, donde se encontraba instalado el Circo Maravillas. Algunas fuentes elevan a cinco el balance al contabilizar heridos que fallecieron después; de ahí los «cinco o seis» muertos que conservó la tradición oral. Pero la historia completa obliga a añadir algo más. Aquel bombardeo provocó una reacción brutal en la retaguardia nacional: durante la noche siguiente fueron asesinados veintinueve presos. La memoria católica no necesita borrar los pecados cometidos por quienes estaban de su lado. Tampoco sería históricamente honrado, en sentido contrario, borrar la persecución religiosa que se desencadenó en amplias zonas dominadas por las fuerzas revolucionarias durante aquel verano. No todos los republicanos eran marxistas, ni todos los hombres de izquierdas perseguían a la Iglesia, pero el componente explícitamente anticatólico del proceso revolucionario de 1931-1936 es un hecho tozudo. En la diócesis de Ávila hubo treinta y tres sacerdotes mártires, además de numerosos laicos y templos profanados, dañados o incendiados; y archivos y objetos de culto fueron destruidos en la zona sur de la diócesis. El mismo 24 de julio en que Ávila vivía pendiente del avance de Mangada era asesinado en El Tiemblo don José Máximo Moro Briz, párroco de Cebreros, hermano de Don Santos, ejemplar Obispo de la diócesis de 1935 a 1968. Después vendrían don José García Librán, párroco de Gavilanes; don Juan Mesonero Huerta, párroco de El Hornillo; don Damián Gómez Jiménez, párroco de Mombeltrán, y don Agustín Bermejo Miranda, párroco de Hoyo de Pinares. Los cinco fueron beatificados como mártires en Tarragona en 2013. Sus restos reciben culto en la catedral abulense. Éste es el contexto en el que debe leerse el miedo de los abulenses. Para quienes miraban desde las murallas hacia los lugares por donde avanzaba la columna de Mangada, esta no significaba simplemente que el Ayuntamiento cambiaría de manos: a pocos kilómetros ardían iglesias y eran perseguidos los sacerdotes.
La mano de la Santa de la Raza guía la del Caudillo
La creencia en una especial intercesión de Santa Teresa durante la Guerra Civil desbordó la tradición abulense de Mangada. En amplios ambientes católicos del bando nacional, que interpretaron la contienda como «Cruzada», se consideraba a la Santa de Ávila protectora de España. El historiador no puede presentar esa convicción como prueba de una intervención sobrenatural, pero tampoco ignorarla por la incomodidad que hoy pueda suscitar su lenguaje. Un singular testimonio iconográfico lo ofrece José María Sert, que en 1937 pintó para la capilla española del Pabellón Pontificio de la Exposición Internacional de París la Intercesión de Santa Teresa de Jesús en la Guerra Civil española, obra documentada en los fondos del Museo Reina Sofía, que conserva también un estudio preparatorio. Mientras el pabellón republicano exhibía el Guernica de Picasso, el Pontificio proponía otra interpretación de la tragedia: Teresa intercediendo por España.
Aquella convicción encontró un símbolo tangible en la mano incorrupta de la Santa, separada de su cuerpo poco después de su muerte por el padre Jerónimo Gracián y custodiada en Lisboa y, tras diversas vicisitudes, a partir de 1926 en el Carmelo de Ronda. Incautada el 29 de agosto de 1936 por el Comité Revolucionario de la ciudad, fue recuperada por las fuerzas nacionales en Málaga en febrero de 1937 y Franco quiso tenerla consigo hasta su muerte. La prensa nacional le atribuyó un significado providencial. José María Muñoz Sánchez, según recoge Nicolas Mollard, escribió: «¡Bien hace el Caudillo de España […] en tener junto a sí siempre la mano de Teresa!», atribuyendo a la Santa el «acierto» de Franco durante la guerra. Teresa «va buscando a Franco para salvar a España», dijo el capellán a la fundadora y priora rondeña, madre María de Cristo, quien, sin embargo, reiteradamente reclamó la reliquia al Caudillo, sin éxito. Durante la guerra la santa mano estuvo en Salamanca, Burgos y Madrid; posteriormente, y hasta 1975, quedó en el Palacio de El Pardo, según unos testimonios en el oratorio privado; según los más, en los aposentos personales de Franco, que además la llevaba consigo en ciertos viajes.
Giuliana Di Febo ha estudiado la utilización política de Teresa como «Santa de la Raza», particularmente en su capítulo «La mano de Teresa y el carisma de Franco». Esa instrumentalización existió, pero no excluye la sinceridad de la devoción: el uso público de un símbolo y la piedad privada pueden coexistir. Así se enlazan tres episodios distintos: la presunta protección de Ávila en 1936, la pintura de Sert en 1937 y la permanencia de la reliquia junto al jefe del bando nacional. Reconocer aquella devoción no exige justificar decisiones políticas o militares ni convertir las creencias de sus protagonistas en certezas sobrenaturales. Exige comprender que, para muchos españoles marcados por la persecución religiosa, Teresa fue una intercesora cercana en una hora extrema de su historia. La instrumentalización política no prueba que esa fe fuese fingida, como tampoco su autenticidad demuestra las intervenciones que se le atribuyeron.
Tras la muerte de Franco, el 9 de diciembre de 1975 su viuda doña Carmen Polo entregó la reliquia al cardenal primado don Marcelo González Martín, que el 21 de enero de 1976 la restituyó a las Carmelitas Descalzas de Ronda, a las que regresaba tras casi cuarenta años.
Entonces, ¿fue un milagro de dos mujeres?
Ésta es la pregunta menos histórica. El historiador puede demostrar que Mangada estuvo en condiciones de amenazar Ávila y no entró en ella; que la ciudad tenía en aquellas primeras horas una defensa precaria; que antes de terminar el mismo año 1936 un periódico francés titulaba ya el episodio de una misteriosa anciana como «El último milagro de Santa Teresa de Ávila» y que El Diario de Ávila lo reprodujo inmediatamente; y puede documentar que el recuerdo seguía vivo en la tradición oral medio siglo después. Lo que el historiador no puede demostrar es que aquella anciana fuese Santa Teresa, o la la Santísima Virgen bajo apariencia humana. Tampoco puede demostrar que no lo fuera. Sencillamente, ésas no son proposiciones susceptibles de resolverse con un parte de operaciones.
La fe no lo declara milagro: la Iglesia ha sido siempre mucho más cauta de lo que a veces lo son los devotos. Entre creer que Dios gobierna la historia y exigir que cada episodio providencial venga acompañado de una suspensión comprobable de las leyes naturales media una distancia considerable. La palabra más exacta es tradición. Ante unas circunstancias objetivamente peligrosas y una decisión militar que evitó a Ávila algo que podía haber sido terrible, surgió un relato religioso para explicar aquella inesperada preservación, señalando dos nombres: Teresa y Sonsoles. No parece demasiado extraño. Ávila no necesitaba buscar muy lejos a sus protectoras: dentro de las murallas estaba Teresa; a las afueras, junto a los campos por donde llegaban desde siglos atrás labradores, pastores y gentes del Valle Amblés, estaba Sonsoles. En el urbano y apretado caserío, Teresa de Ahumada era la hija de la ciudad; la Señora de Sonsoles, su Madre, siempre a la intemperie, entre caminos, campesinos y bestias de labor. Y el recuerdo terminó imaginando que, cuando los hombres armados preguntaron cómo se conquistaba Ávila, salió a recibirlos sobre una mula una mujer, añosa como aquella ciudad, y les aconsejó que se marcharan. Nada de ejércitos celestiales ni espadas flamígeras, ni siquiera una gran señora: una vieja de pueblo que sabía más de lo que parecía.
Teresa habría sonreído ante semejante método. La Virgen de Sonsoles también.
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Fuentes principales consultadas: Léo Gerville-Réache, «Le dernier miracle de sainte Thérèse d’Avila», Le Matin, núm. 19.272, 25-XII-1936; El Diario de Ávila, 28-XII-1936 y 7-V-1939; María Cátedra, «La ciudad y su tierra: la Virgen de Sonsoles», Revista de Antropología Social, 10 (2001), pp. 71-121; José Belmonte Díaz, Ávila en la Guerra Civil; Nicolas Mollard, «Thérèse d’Avila au service du renouveau de l’Église catholique, puis du nationalisme espagnol (1882-1962)», Slavica Occitania, 61 (2025), pp. 99-116; Giuliana Di Febo, La Santa de la Raza. Teresa de Ávila, un culto barroco en la España franquista (1937-1962), Barcelona, Icaria, 1988; José María Muñoz Sánchez, Santa Teresa de Jesús, síntesis de su vida, sus patronazgos, Ávila, 1961; Gonzalo Huesa Lope, La mano de Santa Teresa de Jesús; documentación teresiana sobre las reliquias de la Santa; documentación de la Diócesis de Ávila sobre José Máximo Moro Briz y compañeros mártires; y hemeroteca abulense de julio-agosto de 1936; Antonio Pirala, «La historia de la mujer Jimena Blázquez. Heroica defensora de Ávila», Álbum de señoritas y Correo de la moda, 31-I-1859, pp. 25-26.