Por Brad Miner
El 3 de diciembre, Nidal Malik Hasan será ejecutado por un pelotón de fusilamiento. La ejecución tendrá lugar en el escenario de sus crímenes, la base Fort Hood del Ejército de los Estados Unidos, cerca de Killeen (Texas), donde el 5 de noviembre de 2009 Hasan, médico del Ejército, asesinó a 13 personas e hirió a más de 30. No hay duda alguna sobre su culpabilidad.
Desde el corredor de la muerte, le escribió al líder del ISIS, Abu Bakr al Bagdadí, para pedirle que lo hiciera «ciudadano» del califato, y dijo que había renunciado a la ciudadanía estadounidense. Al Bagdadí murió en 2019 cuando, acorralado por agentes estadounidenses, hizo estallar un chaleco suicida y se mató junto con dos de sus propios hijos. El doctor Nidal nunca se casó y no tiene hijos.
Mientras atacaba a sus víctimas, se oyó a Hasan gritar «¡Allahu Akbar!». El Ejército y el Departamento de Defensa calificaron inicialmente el tiroteo como «violencia en el lugar de trabajo».
El secretario de Defensa, Pete Hegseth, dice que la ejecución de Hasan se transmitirá en vivo por internet. (Uso la palabra «Defensa» y no «Guerra» porque todavía no se ha hecho ningún cambio legal en el nombre del Departamento).
Mi opinión es que, según la tradición católica (y pese a los retoques catequísticos del papa Francisco), la ejecución de Hasan está justificada. Al fin y al cabo:
Quien derrame la sangre de un ser humano,
por un ser humano será derramada su sangre;
porque a imagen de Dios
hizo Él al ser humano. (Génesis 9,6)
Y:
¿Quieres no temer a la autoridad? Haz el bien, y obtendrás su aprobación; porque es servidora de Dios para tu bien. Pero si haces el mal, teme, porque no en vano lleva la espada. Es servidora de Dios para ejecutar la ira sobre el que obra el mal. (Romanos 13,3-4)
No hace falta extenderse sobre eso. Las opiniones sobre la moralidad y la eficacia de la pena capital difieren. El papa Francisco, en su revisión del Catecismo de agosto de 2018 (n.º 2266/2267), calificó la pena de muerte de «inadmisible» porque es «un atentado contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona». En cierto sentido, puede que sea cierto. Que la pena de muerte contó con la aprobación de la Iglesia durante dos mil años es indiscutible.
En cualquier caso, lo que me preocupa es la «transmisión» del «evento». Coincido con el estimable Gavin Ashenden en que la transmisión en vivo prevista «es indeseable y trágicamente de mal gusto».
Y el secretario de Estado vaticano, Pietro Parolin (en un acto en honor de san John Henry Newman), dijo: «Es verdaderamente incomprensible que alguien quiera utilizar este método en nuestros días. […] Desde luego, es inaceptable convertir la muerte en un espectáculo».
Agrego que es imposible saber qué consecuencias tendrá transmitir una ejecución, salvo decir que bien pueden ser explosivas: entre el pueblo estadounidense y entre los yihadistas.
En Furman v. Georgia (1972), Thurgood Marshall sostuvo que el pueblo estadounidense, si estuviera plenamente informado sobre el proceso de ejecución, y más aún si fuera testigo de una, rechazaría la pena de muerte. Un fusilamiento transmitido en vivo pondrá a prueba la «hipótesis Marshall» de maneras que él jamás imaginó. Incluso podría llevar a la abolición de las ejecuciones en los Estados Unidos, una consecuencia que sospecho que «conservadores» como el señor Hegseth no han tenido en cuenta.
La situación de Hasan ya es bien conocida por los extremistas islámicos, que celebraron su furia asesina y lo han tenido presente desde entonces. Me sorprendería que los expertos en antiterrorismo no hubieran detectado un renovado parloteo yihadista sobre represalias contra el Gran Satán, y pueden estar seguros de que el ISIS, Al Qaeda o Al Shabab sacarán buen provecho de la transmisión en vivo de la ejecución de Hasan, lo que provocará la muerte de más inocentes.
Que debe hacerse justicia con Nidal Malik Hasan es indiscutible; que no hace falta acompañarla de un afán perruno de publicidad, a golpes de pecho, debería ser igual de evidente.
Cuando las Fuerzas Especiales de los Estados Unidos capturaron y mataron a Osama bin Laden el 2 de mayo de 2011, Al Qaeda juró venganza contra territorio estadounidense. Eso nunca ocurrió. Pero sí tomaron represalias… en Pakistán:
El 13 de mayo de 2011, dos terroristas suicidas atacaron un centro de entrenamiento de la Policía de Fronteras en Charsadda y mataron a unas 80 personas, en su mayoría jóvenes reclutas. Los talibanes paquistaníes lo reivindicaron explícitamente como venganza por bin Laden.
El 22 de mayo de 2011, milicianos asaltaron la base aeronaval PNS Mehran, en Karachi, en un largo asedio que destruyó aeronaves y mató al menos a diez efectivos de seguridad. También se reivindicó como venganza.
No deberíamos suponer que la respuesta yihadista a la ejecución pública de Hasan será lejana, ni deberíamos ser indiferentes al sufrimiento que cause, dondequiera que ocurra. Y ocurrirá.
Me parece que los Estados Unidos manejaron la muerte de bin Laden de la manera correcta. Su ejecución se llevó a cabo con gran secreto y se considera un ataque legítimo contra un comandante enemigo. En otras palabras, un acto de guerra justificable. El gobierno de Obama lo sepultó en el mar y se negó a difundir fotos del cadáver. El presidente Obama dijo públicamente que no quería que las imágenes se usaran como incitación o propaganda.
¿Cuántos chicos verán la transmisión en vivo de la ejecución de Hasan? El arzobispo Timothy Broglio, que encabeza el Arzobispado para los Servicios Militares, lo resumió con precisión:
¿Podrá repararse el daño de exponer a los jóvenes e influenciables a una transmisión en vivo en el año del 250.º aniversario de nuestra independencia? Las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos gozan en general de buena reputación en el mundo. ¿Tiene realmente algún valor ponerlas en la misma bolsa que a los terroristas difundiendo al mundo entero la imagen de la ejecución de un hombre en silla de ruedas? ¿Refleja esta decisión la dignidad de la persona humana?
El actual gobierno ha tendido a incurrir en impulsivas demostraciones de fuerza porque parece creer que los estadounidenses se han vuelto «blandos». Yo no creo que seamos blandos. ¿Y usted?
Por encima de todo, creo que el pueblo estadounidense quiere un gobierno sensato, y la medida sensata para hacer justicia con Hasan debería ser una ejecución rápida y privada, seguida de un escueto comunicado: «Hoy los Estados Unidos ejecutaron a Nidal Malik Hasan por el asesinato premeditado de trece personas el 5 de noviembre de 2009. No se dará a conocer más información, incluido el destino de sus restos».
Sobre el autor
Brad Miner es editor sénior de The Catholic Thing e investigador sénior del Faith & Reason Institute. Exeditor literario de National Review, tuvo una larga carrera en la industria editorial. Entre sus libros figuran Sons of St. Patrick, escrito con George J. Marlin, y su éxito de ventas The Compleat Gentleman, también disponible en versión en audio (leída por Bob Souer). El señor Miner ha sido miembro del consejo directivo de Aid to the Church in Need USA.