Por: Una católica (ex)perpleja
Desde que fue elegido a la cátedra de Pedro, León XIV ha pedido “unidad” en la Iglesia: unidad de todos los bautizados en torno al papa.
En los primeros tiempos de su pontificado, algunos de sus movimientos parecían indicar que se acercaban buenos tiempos para la Misa Tradicional. Tal vez, el fin de las restricciones.
En julio de 2025, la periodista Diane Montagna publicó la primicia de la gran mentira sobre la que se justificó Traditionis Custodes. Obtuvo la evaluación general del Vaticano sobre la consulta a los obispos que, según se afirmó, «motivó» al Papa Francisco a revocar Summorum Pontificum, la carta apostólica de Benedicto XVI de 2007 que liberalizó el vetus ordo. El texto previamente no divulgado, que forma parte crucial del informe oficial de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre su consulta a los obispos en 2020 respecto a Summorum Pontificum, revela que «la mayoría de los obispos que respondieron al cuestionario afirmaron que realizar cambios legislativos a Summorum Pontificum causaría más daño que beneficio». De esta manera, la evaluación general contradecía directamente la justificación declarada para imponer Traditionis Custodes y plantea serias dudas sobre su credibilidad. Sobre esta base, se presentaba una gran oportunidad para dar vía libre a la celebración de la Misa tradicional en las mismas condiciones que había permitido Benedicto XVI con Summorum Pontifium en 2007. Pero nada ocurrió. Acababa de ser elegido y no era fácil un giro de timón así.
Posteriormente, el 5 de marzo de este año, León XIV concedió una audiencia privada a dos autores de una importante obra dedicada a la presencia y vitalidad de los fieles vinculados a la liturgia tradicional en latín, Stephen Bullivant y Stephen Cranney, autores del libro titulado Trads: Latin Mass Catholics in the United States, que se publicará a finales de año en Oxford University Press. Otro signo de interés por la Misa tradicional: la objetividad de los datos y los hechos.
Con el paso del tiempo, sin embargo, esos signos esperanzadores han ido desapareciendo y sus palabras de llamada a la unidad han ido contrastando con sus acciones. El caso más flagrante fue su actitud con anterioridad y posterioridad a las consagraciones episcopales en la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X: no sólo les ha excomulgado, sino que rehusó incluso reunirse siquiera una vez con ellos, mientras ha tenido tiempo para reunirse con todo tipo de personas que, seguro, presentaban cuestiones de mucha menor importancia para el bien de la Iglesia Católica.
León, finalmente, acaba de visitar Francia, posiblemente el país con un mundo tradicional más activo y numeroso. El viaje se ha vendido con un clamoroso éxito que va a devolver a Francia su esencia católica. Sin embargo, el papa no ha concedido ni un segundo a las decenas de miles de católicos tradicionales tanto en la liturgia como en la doctrina. Incluso aunque inmediatamente previo a su visita se publicara un informe demoledor sobre la caída de la Iglesia en Francia desde el Concilio Vaticano II y se señalara que el 50% de los sacerdotes entre 25 y 34% celebran la Misa tradicional.
No sólo no les ha concedido ni una audiencia privada, sino que incluso los fieles tradicionales que pedían más libertad para la celebración de la Misa de siempre han aparecido en alguna imagen como un grupúsculo diminuto y marginal.
León XIV no ha hecho nada para que los fieles tradicionales, que aman la liturgia anterior al Misal de Pablo VI y profesan la fe íntegra que recibieron de sus ancestros antes de la revolución del Concilio Vaticano II, su espíritu y la sinodalidad, formen parte de los “todos, todos, todos” que caben en la Iglesia. Al contrario, se hace notar que esos son justamente los que no tienen cabida. Mientras León alardea de que los católicos y los luteranos “tenemos una misión compartida”, califica la opción por la Misa tradicional como simples “preferencias personales”, a las que los bautizados deben renunciar para estar unidos en torno a él en la Iglesia.
Como anécdota relacionada con su reciente viaje a Francia y la redacción de este texto, cuando pedí a chat gpt, como se puede en las imágenes inferiores, que eliminara al varón que no deja leer la pantalla completa y ver las siglas de la Fraternidad de San Pío X, chapt gpt convirtió la pancarta de “Santo Padre, conceda plenas facultades a la FSSPX” a “Santo Padre, conceda facultades totales al sínodo” (SYNOD). No se veía bien y la máquina optó por lo que, en la ideología que la alimenta, parecía lo más lógico. Que Dios nos libre. Evidentemente, la inteligencia artificial, la gran preocupación social de León XIV, no es neutral.

Sin embargo, creo que existe un daño aún mayor que la ignorancia o el desprecio de León XIV en lo que podríamos definir como el “mundo tradicional”, el de los fieles, comunidades e institutos que desean seguir celebrando la Misa tradicional y profesando la fe de siempre, y es la lamentable división existente. Una división que, además, me parece, se ha visto agravada y profundizada tras la consagración de cuatro obispos en Êcóne el pasado 1 de julio por parte de la FSSPX.
Al respecto, podemos estar de acuerdo en gran medida en que existen sectores de la FSSPX con actitudes sectarias, y casi se diría que orgullosos de no ser “aceptados” por Roma. Pero ésa no es la realidad de toda la Fraternidad, por una parte y, por otra, no puede negarse que su doctrina es la doctrina bimilenaria de la Iglesia, igual que su liturgia (excepto por la Semana Santa post 1955).
Por su parte, tampoco puede negarse que las comunidades ex Ecclesia Dei han tenido que hacer muchas concesiones a las peticiones o exigencias de Roma. Recordemos que Ecclesia Dei fue una comisión pontificia creada en 1988 por San Juan Pablo II como respuesta a la consagración de los obispos por parte de Monseñor Marcel Lefebvre, con el objetivo de facilitar el regreso a la plena comunión con la Iglesia Católica de aquellos sacerdotes, seminaristas y fieles vinculados al mundo tradicional que no quisieron ser excomulgados ni romper la comunión con Roma.
Ecclesia Dei tuvo sus luces y sus sombras. Como explicaba Jean Madiran en su libro “Historia de la Misa prohibida”, Roma no negociaba. Roma imponía condiciones a todos los sacerdotes y comunidades tradicionales para permanecer en la comunión eclesiástica. Es paradigmático el caso de Dom Gérard, de la abadía benedictina de Barroux, en su largo proceso para que su abadía fuese reconocida: tuvo que ceder a la exigencia de concelebración y del concepto de falsa libertad religiosa que se había impuesto tras el Concilio Vaticano II. De hecho, lo mismo ha ocurrido tras las nuevas consagraciones en 2026: el TRucho exigía una especie de confesión de fe que implicaba la aceptación de todos los textos del Concilio Vaticano II, incluyendo sus ambigüedades y errores manifiestos. Qué triste paradoja: un hereje elevado a prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe exigiendo a decenas de miles de bautizados que profesan la fe de siempre, la verdadera, que se conviertan forzosamente a la nueva fe sinodal (¿que apostaten?) si quieren permanecer en la Iglesia. El demonio está trabajando sin descanso.
¿Es posible terminar con la división en el mundo tradicional, lograr su unidad? Todo está en manos de Dios, pero humanamente, igual que parece que puede avanzarse poco en este pontificado con la liberalización de la Misa tradicional y una sana y legítima reivindicación de revisión de puntos ambiguos, problemáticos y hasta revolucionarios de los textos del Concilio Vaticano II, parece también poco probable la unidad en el mundo tradicional, dividido desde 1988 entre, por un lado, la FSSPX y, por otro, los institutos y comunidades ex Ecclesia Dei.
A este respecto, Michael J. Matt, director del periódico The Remnant, lleva años proponiendo la unión de los clanes, de las diferentes familias tradicionales, frente al modernismo que actualmente domina entre los jerarcas de la Iglesia, el sumo pontífice incluido. Su llamada pretende instar a los católicos tradicionales a dejar de lado las disputas internas y unirse en defensa de la tradición católica.
Michael J. Matt ha repasado la historia del movimiento católico tradicional, especialmente en lo que se refiere a la Fraternidad San Pío X y a la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro, y ha planteado la pregunta de si, “a pesar de tres décadas de amargas disputas internas, ¿podemos dejar de lado nuestras diferencias el tiempo suficiente para permitir que la antigua fe nos una en la lucha contra aquellos que pretenden aplastarnos a todos?, ¿podemos ir juntos a la guerra? La Iglesia, en su dimensión humana tras el Concilio Vaticano II, se encontró en guerra consigo misma, enfrentando a padres contra hijos, a madres contra hijas, a obispos contra el Papa. Pero ¿pudo haber hombres buenos en ambos bandos? La jerarquía modernista de la Iglesia nos dividió a todos. ¿Nos quedaremos de brazos cruzados y dejaremos que también nos conquisten? ¿Podemos unir a los clanes contra un enemigo común, o debemos dejar que nos polaricen para siempre?”
La frase “Unir los clanes” (Unite the clans) está inspirada en una escena de la película Braveheart, de Mel Gibson, donde los clanes escoceses superan sus divisiones para luchar contra un enemigo común. Por eso, Matt la aplica a la pretensión de detener las luchas internas entre distintas facciones del catolicismo tradicional que discuten por detalles secundarios o diferencias teológicas menores, buscando crear solidaridad y resistencia conjunta frente al avance del modernismo y los cambios normativos en la jerarquía de la Iglesia, con el fin de reconstruir y restaurar la Cristiandad.
A este grito de Unir a los clanes, Matt organiza cada año las jornadas XXX, que este año de 2026 tuvieron lugar del 2 al 4 de octubre. Puede visitarse su web aquí (https://catholicidentityconference.org/).
«Unir los clanes» no es más que un llamamiento a hacer lo que toda fuerza de combate ha hecho siempre tras sufrir una derrota inicial en el campo de batalla: buscar a los restos dispersos de su ejército, reunirse con ellos y resistir a la fuerza ocupante tras las líneas enemigas.
¿Es posible esta unión de los clanes? Recordemos que, para Dios, nada es imposible. Lo que sí está en nuestras manos es pedirla y trabajar por ella; porque, en el fondo, no plantea una lucha sin fin contra la Iglesia modernista, sino la victoria sobre la neo-iglesia sinodal, la sinodalidad que mantiene cautiva a Roma, y la restauración de la Cristiandad.