España votará el día de la Gran Promesa del Sagrado Corazón: «Reinaré en España»

España votará el día de la Gran Promesa del Sagrado Corazón: «Reinaré en España»

El próximo 29 de noviembre, los españoles acudirán a las urnas para elegir un nuevo Gobierno. Ese mismo día, la Iglesia recuerda al beato Bernardo Francisco de Hoyos, el joven jesuita que en 1733 recibió del Sagrado Corazón de Jesús una promesa destinada a marcar profundamente la historia religiosa de nuestra patria: «Reinaré en España, y con más veneración que en otras muchas partes».

La coincidencia merece algo más que una mención piadosa. España celebrará unas elecciones generales precisamente en la fecha vinculada a una de las promesas más significativas de su tradición católica, cuando atraviesa una profunda crisis de identidad religiosa y cultural y después de una legislatura marcada por enfrentamientos políticos sobre cuestiones tan fundamentales como el aborto, la eutanasia, la familia o la presencia de la fe en la vida pública.

Pocas preguntas resultan hoy más oportunas para España que aquella que está implícita en la Gran Promesa: ¿qué lugar ocupa Cristo en una nación que durante siglos se reconoció públicamente católica y que hoy parece empeñada en borrar buena parte de las huellas de esa herencia?

«Reinaré en España»

El 14 de mayo de 1733, mientras se encontraba en Valladolid, el joven jesuita Bernardo Francisco de Hoyos recibió, según dejó escrito a su director espiritual, una revelación del Sagrado Corazón de Jesús.

Preocupado porque esta devoción apenas era conocida en España, había pedido al Señor que su culto se extendiera por nuestra patria. Fue entonces cuando, según su testimonio, escuchó aquellas palabras: «Reinaré en España, y con más veneración que en otras muchas partes».

El padre Hoyos murió el 29 de noviembre de 1735, con apenas 24 años. Su vida había sido breve, pero su apostolado contribuyó decisivamente a la difusión de una devoción que terminaría arraigando en iglesias, conventos, hogares y pueblos de toda España.

Casi dos siglos después, el 30 de mayo de 1919, Alfonso XIII consagró solemnemente España al Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles. El rey, ante los obispos y una multitud de fieles, reconocía públicamente una soberanía que ninguna autoridad terrena puede arrogarse: la de Jesucristo.

Ha transcurrido más de un siglo desde la consagración. España ha cambiado de costumbres y de leyes. También ha cambiado, y mucho, su relación pública con la fe.

Lo que antes formaba parte de la conciencia religiosa de la nación se presenta hoy, con demasiada frecuencia, como un vestigio incómodo del pasado.

Una España que legisla como si Dios no existiera

No hace falta recurrir a una interpretación apocalíptica de nuestra época para advertir hasta qué punto la legislación y la cultura política españolas se han alejado de los principios que durante siglos inspiraron su vida pública.

El aborto ha dejado de presentarse simplemente como una práctica despenalizada en determinadas circunstancias para convertirse, en el lenguaje político dominante, en un derecho cuya protección se pretende reforzar incluso mediante una reforma constitucional. La eutanasia se ha incorporado al ordenamiento jurídico como una prestación sanitaria. La concepción cristiana del matrimonio y de la familia ha sido progresivamente desplazada de la legislación y de buena parte del discurso institucional.

Al mismo tiempo, la presencia del cristianismo en el espacio público es cuestionada con argumentos que, bajo la apariencia de una neutralidad exquisita, parecen reservar a la fe un lugar cada vez más estrecho.

Sería ingenuo, sin embargo, reducir todos los males de España a un Gobierno o a un partido. La secularización española viene de mucho antes y ha avanzado bajo distintas mayorías parlamentarias. También ha encontrado acomodo en amplios sectores de la sociedad que han terminado aceptando como inevitables transformaciones que habrían resultado impensables para generaciones anteriores.

Y tampoco puede eximirse de responsabilidad a un catolicismo que, en ocasiones, ha preferido acomodarse al lenguaje dominante antes que explicar sin complejos lo que la Iglesia enseña.

La descristianización no se produce únicamente cuando un Gobierno aprueba una ley contraria a la moral natural. También avanza cuando las familias dejan de transmitir la fe, cuando las parroquias renuncian a predicar con claridad o cuando los propios católicos consideran que las exigencias del Evangelio pertenecen exclusivamente a la intimidad.

La crisis española es política, ciertamente. Pero es, antes que nada, religiosa y moral.

El reinado de Cristo no depende de una mayoría parlamentaria

La Gran Promesa al padre Hoyos remite a una verdad que hoy parece especialmente olvidada: Jesucristo no es únicamente Señor de la conciencia individual. Su soberanía alcanza también la vida social, las instituciones y las naciones.

La doctrina del reinado social de Cristo, expuesta solemnemente por Pío XI en la encíclica Quas primas, recuerda que la autoridad humana no constituye el fundamento último del bien y del mal.

Ninguna mayoría parlamentaria puede convertir una injusticia en un bien moral por el simple hecho de aprobarla. La dignidad de la persona humana, la protección de la vida inocente y las obligaciones fundamentales de la justicia no nacen de una votación.

Por eso, la discusión sobre el futuro de España no puede limitarse a la alternancia de partidos. Una nación no se regenera únicamente cambiando a quienes ocupan los ministerios si permanece intacta una concepción de la vida pública que pretende prescindir de Dios.

El catolicismo tampoco puede reducir su presencia social a una resistencia cultural nostálgica. Defender las raíces cristianas de España exige algo más que invocar su historia: exige vivir la fe, transmitirla, dar testimonio de ella y sostener públicamente sus consecuencias morales.

El 29 de noviembre, una fecha que merece oración

Este año, además, el 29 de noviembre coincide con el primer domingo de Adviento. Aunque la conmemoración litúrgica del beato Bernardo de Hoyos queda desplazada por la precedencia del domingo, la coincidencia conserva su significado histórico: el aniversario de su muerte y la jornada electoral se encuentran en una misma fecha.

Mientras los españoles deciden en las urnas quién habrá de gobernarlos, la Iglesia comienza a prepararse para la venida de Jesucristo.

Son dos acontecimientos de naturaleza completamente distinta. Uno pertenece al orden político; el otro, al misterio de la salvación. Pero su coincidencia recuerda que el destino de una nación no se agota en sus instituciones ni en sus ciclos electorales.

España necesita gobernantes justos, leyes que respeten la dignidad humana e instituciones que sirvan al bien común. Necesita también obispos y sacerdotes católicos, familias sólidas, una juventud con esperanza y una sociedad capaz de recuperar el sentido del deber, de la responsabilidad y de la verdad.

Pero, por encima de todo, necesita volver a Dios.

Conviene que, durante este período electoral, los católicos recemos especialmente por nuestra patria. Por quienes ejercen la autoridad, por quienes aspiran a ejercerla y por todos los españoles que afrontan las consecuencias de las decisiones políticas.

En el Cerro de los Ángeles permanece en pie el monumento a Cristo, con sus brazos abiertos sobre España. Los gobiernos pasan, las mayorías cambian, pero hay otra promesa, la que el padre Hoyos dejó escrita hace casi tres siglos, que continúa recordándonos que la historia de España no puede comprenderse plenamente prescindiendo de su fe.

«Reinaré en España».

Que estas palabras no sean para los católicos españoles una simple inscripción en un monumento ni un recuerdo de tiempos pasados, sino una llamada a la conversión y a la fidelidad.

Y que en este tiempo de incertidumbre política sepamos acudir al Sagrado Corazón de Jesús para pedirle aquello que ninguna urna puede garantizar: la renovación espiritual de nuestra patria.

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