«Antonio, predica sin cesar mi Rosario; en él está cifrada la salvación de tu patria».
No he encontrado estas palabras de la Santísima Virgen a San Antonio María Claret en la Autobiografía del santo, mas no parecen una invención piadosa. La referencia más antigua que he podido localizar hasta ahora —ojalá algún claretiano ofrezca otra más documentada— se encuentra en 1920, catorce años antes de su beatificación, en la obra del dominico fray Paulino Álvarez, Santos, Bienaventurados, Venerables de la Orden de los Predicadores. Álvarez refiere que Claret se encontraba en Madrid y que la Virgen ya le había hablado varias veces de la necesidad de predicar el Rosario. Una noche se le habría aparecido acompañada de Santo Domingo, mostrándole su Corazón, y le habría dirigido aquellas palabras. Claret hizo pintar después una imagen conforme a aquella visión. Una relación posterior, publicada en 1926, añade a la escena la presencia de Santa Catalina de Siena. La edición crítica de los escritos de Claret reconoce que existió una comunicación anterior de la Virgen sobre esta misión rosariana que el santo no consignó por escrito. Si no podemos identificar sin más aquella comunicación con la frase transmitida por los biógrafos, tampoco podemos decir que ésta carezca de encaje en los testimonios autógrafos. Más bien sucede lo contrario.
«Serás el Domingo de estos tiempos»
El 9 de octubre de 1858, a las cuatro de la madrugada, según los dos autógrafos más próximos al acontecimiento, Claret anotó una comunicación: «La Santísima Virgen María me repitió lo que ya me tenía dicho otras veces: que yo había de ser el Domingo de estos tiempos en la propagación del Rosario». La propia edición crítica subraya el detalle decisivo: Claret no dejó escrito cuándo había recibido aquellas comunicaciones anteriores. La Autobiografía las colocó inicialmente en 1857, pero los manuscritos inmediatos permiten corregir la fecha a 1858.
No era, por tanto, una afición devocional privada. Claret creía haber recibido de la Virgen una verdadera misión apostólica: hacer en el siglo XIX algo semejante a lo que la tradición atribuía a Santo Domingo y después a Alano de Rupe. Por eso escribió inmediatamente sobre el Rosario. Y en El Santísimo Rosario explicado, publicado en 1864, llega a ponerse enteramente a disposición de María para esa tarea: «Ecce ego, mitte me», aquí estoy, envíame; y añade que se ofrece con alegría, aunque para propagarlo haya de pasar trabajos e incluso sufrir la muerte.
Siendo Antonio muy pequeño, recibió un Rosario «como si fuera la adquisición del mayor tesoro». Lo dirigía con los niños de la escuela; en casa lo rezaba con su familia y, trabajando en el telar, rezaba diariamente sus tres partes. El gran apóstol del Rosario comenzó siendo un niño con sus cuentas entre las manos.
Los males de España y tres remedios
Años después, esta misión mariana adquirió una dimensión expresamente relacionada con España. El 27 de agosto de 1861, en la iglesia del Rosario de La Granja, durante la bendición con el Santísimo después de la Misa, Claret dejó escrito que el Señor le hizo conocer «los tres grandes males que amenazan la España: el protestantismo, mejor dicho, la descatolización; la república y el comunismo». Y, frente a ellos, se le mostraron tres remedios: el Trisagio, el Santísimo Sacramento y el Rosario. Respecto de éste concreta: rezarlo todos los días, entero o al menos una parte, «meditando los misterios, aplicándolos a las costumbres propias».
Aquellas palabras deben leerse en el contexto atormentado de la España de 1861, pero la corrección de Claret conserva una impresionante actualidad. Dice «protestantismo» y enseguida parece buscar una palabra más honda: «mejor dicho, la descatolización». Ahí estaba el verdadero problema: más que una doctrina determinada, el lento desvanecimiento de la fe de un pueblo; el proceso por el cual Dios deja de contar en la inteligencia, en las costumbres, en las familias y finalmente en la vida pública. Y frente a una enfermedad que en su raíz es espiritual, Claret sabía que las armas exclusivamente humanas no bastaban.
«Sí, Antonio, haz lo que te dice mi Madre»
Todavía faltaba otra confirmación. El 6 de diciembre de 1862, a las seis y tres cuartos de la tarde, Claret anotó de su propia mano: «La Santísima Virgen María me dijo que yo había de propagar la devoción del Santísimo Rosario, como lo hizo el Venerable Alano de Rupe». Añade que la Virgen se lo dijo dos veces. Inmediatamente escuchó a Jesucristo: «Sí, Antonio, haz lo que te dice mi Madre». Y a las siete de aquella misma tarde María volvió a insistir: «Sí, Antonio, yo lo quiero. Yo lo quiero». Jesús añadió: «Ánimo, Antonio, ánimo».
De modo que la frase «en el Rosario está cifrada la salvación de tu patria» no aparece como tal en los autógrafos conservados, pero resume admirablemente una cadena documental indiscutible: la Virgen le había hablado anteriormente del Rosario; en 1858 le ordenó ser el «Domingo de estos tiempos»; en 1861 el Rosario aparece como uno de los remedios para los males de España; y en 1862 María vuelve a mandarle que lo propague, con la confirmación expresa de Cristo.
Claret no concebía el Rosario sólo como una piadosa costumbre: en sus escritos lo llama medio eficaz frente a las necesidades espirituales y afirma que mediante esta devoción se había encontrado remedio incluso en «las necesidades públicas de guerras, pestes, hambres y otras calamidades». Lo consideraba un medio sencillo y poderoso para combatir la ignorancia y el error, precisamente porque introduce al cristiano, misterio tras misterio, en la escuela de Jesucristo.
Los nuevos Lepantos
El 7 de octubre de 1571, mientras se libraba la batalla decisiva de Lepanto, San Pío V había convocado a la oración del Rosario. Porque la victoria quedó ligada en la conciencia cristiana a la intercesión de María, el Papa dominico instituyó la fiesta de Santa María de las Victorias, Auxilium christianorum, que después sería Nuestra Señora del Rosario.
Pero no todos los Lepantos se libran en el mar. Hay Lepantos silenciosos dentro de una familia, en el corazón de un hijo que se aleja de Dios, en la fidelidad de un matrimonio, en una vocación que vacila, en la perseverancia de un sacerdote, en la transmisión de la fe a la generación siguiente. Y hay también un gran combate por el alma de los pueblos, que se pierde mucho antes en las conciencias que en las instituciones. Frente a esas batallas sigue pareciendo ridículamente pequeña un arma formada por un crucifijo y unas cuentas. Precisamente por eso es tan de Dios.
Fátima vino a repetir la misma pedagogía. El 13 de mayo de 1917, Nossa Senhora no escogió a sabios ni a poderosos, sino a tres pastorinhos, pidiéndoles rezar cada día el terço, o «tercio», como llaman los portugueses a cada una de las tres partes del Rosario: «Rezem o Terço todos os dias, para alcançarem a paz para o mundo e o fim da guerra». En julio volvió a insistir: «Continuem a rezar o Terço todos os dias, em honra de Nossa Senhora do Rosário». Y el 13 de octubre se presentó sencillamente: «Eu sou a Senhora do Rosário».
Recuperar la sencillez del niño no es infantilismo. Rezar como un niño significa confiar como él. Tomar el Rosario sin pretender entender previamente todos los caminos de Dios; dejar que las avemarías acompasen la contemplación de Belén, Nazaret, el Calvario y la Pascua; rezarlo sin prisas, sin superstición, sin convertirlo en bandera partidista, sin avergonzarse de esperar mucho de él.
Claret, que fue un hombre de una actividad casi sobrehumana, sabía que antes de organizar había que rezar. Y Fátima, medio siglo después, puso el mismo Rosario en las manos de unos niños. Hoy los nuevos Lepantos deben librarse así: una familia que consigue reunirse a rezar unida cada noche; una madre que reza por el hijo que ha perdido la fe; un sacerdote que desgrana el Rosario después de una jornada agotadora; un enfermo que apenas puede ya pronunciar las avemarías; un niño que aprende de sus padres a pasar las cuentas entre los dedos. Nada espectacular ni ruidoso: ¡un Rosario! Del que María prometió a Claret: «Antonio, predica sin cesar mi Rosario; en él está cifrada la salvación de tu patria».