Por Kristen Ziccarelli
El 7 de octubre del año del Señor de 1571, la flota de la Liga Santa, al mando de un tal don Juan de Austria, derrotó a la flota turca en el golfo de Lepanto. Así lo contarían; así se lo enseñarían a sus hijos. Y era un error. Porque lo que realmente sucedió fue que Dios se valió de varios de sus siervos para detener el avance de la Media Luna en el santo nombre de la Cruz.
– Louis de Wohl, The Last Crusader: A Novel about Don Juan of Austria (El último cruzado)
La obra maestra biográfica de Louis de Wohl, escrita desde la perspectiva de don Juan de Austria, llama al héroe que da título al libro «el último cruzado». La novela comienza con su infancia, cuando juega a «moros contra cristianos», y termina la tarde del 7 de octubre de 1571, cuando ya había logrado la milagrosa victoria en la batalla de Lepanto. Sus hombres lo invitan a dejar el barco para cenar y le recuerdan que había combatido todo el día sin comer más que «unas pocas galletas y una copa de vino».
Hoy celebramos esa victoria, que es imposible recordar sin Dios. Hace cuatrocientos años, la Europa cristiana estaba sumida en la Reforma, mientras los otomanos amenazaban una y otra vez sus fronteras mediterráneas.
El Papa Pío V, un dominico austero, respondió a la creciente agresión islámica tanto con el celo de la acción en el mundo como con la súplica al cielo. Valiéndose de una capacidad de convocatoria que solo él tenía, el Santo Padre formó una coalición de fuerzas militares de todo el continente que, por lo demás, eran rivales y estaban enemistadas entre sí: el Imperio español de Felipe II (incluidos Nápoles y Sicilia), la República de Venecia, la República de Génova, los Caballeros de Malta, el Gran Ducado de Toscana, la Orden de San Esteban, el Ducado de Saboya, el Ducado de Urbino y el Ducado de Parma. Su comandante era don Juan de Austria, de veinticuatro años, medio hermano de Felipe II de España e hijo ilegítimo del emperador Carlos V.
Las fuerzas navales islámicas otomanas habían conquistado Chipre; su poderío naval era prácticamente invicto y amenazaba a los Estados cristianos del Mediterráneo y, en última instancia, a Roma. Aunque confiaba en el genio militar de don Juan y sin duda estaba al tanto de los exhaustivos preparativos, el Papa llamó a los fieles de Europa a rezar el Rosario por la victoria.
Había consagrado la Liga Santa como alianza y cruzada, había ayunado personalmente por la causa del cristianismo frente al islam y había recibido una visión de la victoria antes de que la noticia llegara a Roma. Atribuyó el triunfo a la intercesión de la Santísima Virgen María, Auxilium Christianorum («Auxilio de los cristianos»).
Entre quienes combatieron y resultaron heridos aquel día estaba Miguel de Cervantes, autor del Quijote, que recordó la batalla como «la más alta ocasión que vieron los siglos». Los hombres de don Juan, que eran más de 100.000, recibieron el sacramento de la Penitencia y subieron a sus barcos (en cada uno de los cuales se había fijado un crucifijo) armados con rosarios. El propio don Juan llevaba una reliquia de la Vera Cruz.
En inferioridad numérica y al mando de un comandante de 24 años, la Liga Santa diezmó la flota otomana y puso fin a su supremacía naval. El comandante otomano Alí Pachá murió después de que don Juan embistiera su barco, y se capturó la bandera de la media luna. Muchos esclavos cristianos fueron liberados de las galeras enemigas.
El poema Lepanto, de G. K. Chesterton, relata el drama de aquel día y el milagro que obró Nuestra Señora. En 1571, Europa era una casa dividida:
Y cristiano mata a cristiano en un cuarto estrecho y polvoriento,
Y cristiano teme a Cristo, que muestra un nuevo rostro de condena,
Y cristiano odia a María, a quien Dios besó en Galilea,
Pero don Juan de Austria cabalga hacia el mar.
La Iglesia atravesaba la Reforma protestante, que comenzaba a fracturar el continente. Las monarquías católicas perseguían ambiciones dinásticas enfrentadas y chocaban con nuevos antagonismos religiosos y políticos en los territorios protestantes.
Maximiliano II, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, y Francia, bajo el rey Carlos IX, se negaron a unirse a la Liga Santa. Hubo disputas entre los hombres de las galeras en Lepanto, pero don Juan insistió en que trabajaran juntos so pena de muerte.
Una poderosa lección de Lepanto (hay muchas) es que la cristiandad no se habría salvado sin la histórica unidad entre católicos que, por lo demás, estaban divididos por la política, la economía o la cultura. Genoveses y venecianos eran, como es bien sabido, grandes rivales, pero aquel día todos obedecieron al Santo Padre, suplicaron a Dios y cargaron juntos hacia adelante, frente a un único enemigo existencial, con espíritu de cruzada.
Al recordar Lepanto, recordamos a dos hombres —un Papa santo y un comandante militar— que condujeron a los miembros de una Europa católica dividida y atribulada hacia una victoria decisiva. Tanto en la oración como en la acción, estaban centrados en un único objetivo, del que dependía la cristiandad entera.
Esta es también una lección para el presente: la oración, en particular el Rosario, no sirve solo para la santidad interior. No tenemos promesas de que las victorias milagrosas vayan a repetirse, pero podemos tener más confianza si comprendemos que nuestras batallas son espirituales: que los males que combatimos son mucho más que un poder político y económico.
Los desafíos civilizatorios que hoy enfrenta Europa se parecen a los del siglo XVI. La «batalla interior» —librada entre los propios europeos nativos— no es tanto entre protestantes y católicos como entre revolucionarios y tradicionalistas.
La inmigración islámica masiva, que ha dado lugar a movimientos islamistas y a la violencia yihadista, junto con el reemplazo demográfico, amenaza con destruir no solo la cultura europea, sino también la Iglesia y sus instituciones.
¿Quo vadis, Europa? Como en la época de Pío V, el continente se enfrenta hoy a un ajuste de cuentas. ¿Resolverán los fieles que quedan, y nuestros aliados que creen que vale la pena defender esta herencia, que no hace falta zanjar todas las disputas antes de actuar juntos? ¿Que hay un bien que trasciende las rivalidades inmediatas y que debe defenderse tanto con la oración como con la acción?
Cuatrocientos cincuenta y cinco años después, don Juan cabalgando hacia el mar sigue vivo en la memoria. Con gratitud hacia los defensores de nuestra fe católica, podemos preguntarnos: «¿Cómo podremos pagarles alguna vez?». Quizá recuperando hoy la capacidad de reconocer que, en medio de todas nuestras diferencias, nuestra civilización solo se salvará si quienes la aman actúan, juntos.
Sobre el autor
Kristen Ziccarelli es escritora y vive en Washington D. C.