El cardenal Blase Cupich ha llevado su defensa de los inmigrantes a un plano directamente eucarístico. Durante una celebración en Chicago, el arzobispo afirmó que permanecer indiferente ante el extranjero mientras se venera la Hostia consagrada supone «una ruptura fundamental de la lógica eucarística» y presentó el encuentro con inmigrantes y personas necesitadas como «la doctrina de la Presencia Real expandida a su más plena dimensión».
Cupich pronunció estas palabras el sábado 3 de octubre en la iglesia Old St. Patrick’s de Chicago, durante una celebración bajo el lema Celebrando una Ciudad de Bienvenida, donde la solidaridad católica y el camino de la inmigración se encuentran.
El cardenal comenzó situando su intervención en la historia migratoria de Chicago, pero pronto trasladó el discurso al actual debate estadounidense. A su juicio, el «espíritu de bienvenida» se ha debilitado en el país y las políticas migratorias están generando «miedo y ansiedad».
Para sostener esta crítica, Cupich recuperó la declaración aprobada por los obispos estadounidenses en noviembre de 2025, en la que el episcopado expresó su preocupación por las condiciones en los centros de detención, la separación de familias, la pérdida de estatus legal y lo que describió como una aplicación «inhumana» de las leyes migratorias.
«Les dijimos a nuestros hermanos y hermanas inmigrantes que estamos con ellos», recordó el arzobispo, antes de reiterar su oposición a «la deportación masiva indiscriminada de personas».
Cupich reclamó además a los responsables políticos una «reforma migratoria significativa», que presentó como «el único camino a seguir por el bien de todos».
Lea también: Los obispos de Estados Unidos envían un mensaje a los inmigrantes y al Gobierno de Trump
De la política migratoria al culto
La homilía adquirió un tono distinto cuando Cupich vinculó directamente la defensa de los inmigrantes con la adoración cristiana.
«La Palabra de Dios que se nos ha dado hoy deja claro que nuestra defensa de los inmigrantes no es menos importante para nuestro discipulado de Jesús que nuestra adoración», afirmó.
El cardenal insistió en que la oración dentro de una iglesia no puede separarse de lo que ocurre fuera de ella y sostuvo que la defensa del inmigrante «pertenece a cada discípulo de Jesús» y constituye, «en su sentido más auténtico, un acto de adoración divina».
A partir del mandato del Deuteronomio —«Amaréis al emigrante, porque emigrantes fuisteis en Egipto»—, Cupich afirmó que no puede existir una auténtica adoración a Dios acompañada de indiferencia hacia el extranjero.
«No podemos pretender adorar a Dios mientras permanecemos indiferentes al extranjero, porque el Dios que adoramos es el Dios de justicia que libera a los desplazados», declaró.
El arzobispo recurrió después a la Carta a los Hebreos para exhortar a los católicos a salir «fuera de la puerta», hacia «los márgenes, los refugios, los centros de procesamiento» y los barrios donde viven las familias recién llegadas.
«La Presencia Real expandida a su más plena dimensión»
El momento más llamativo llegó cuando Cupich recurrió al capítulo 25 del Evangelio de san Mateo: «Siempre que lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis».
El arzobispo subrayó que Cristo no dice «lo hiciste por mí», sino «lo hiciste a mí», y concluyó:
«Esta es la doctrina de la Presencia Real expandida a su más plena dimensión».
Cupich desarrolló la comparación señalando que, si la Eucaristía es un encuentro con Cristo, Mateo 25 obliga también a reconocerlo en quienes sufren.
«Cuando una madre camina miles de millas con sus hijos para escapar de la violencia, Cristo está caminando. Cuando un hombre joven está de pie en el frío afuera de un refugio esperando una comida caliente, Cristo está esperando. Cuando los trabajadores indocumentados son explotados porque carecen de protección legal, Cristo está siendo explotado», afirmó.
El cardenal aplicó después esta misma lógica al trabajo asistencial de las parroquias. A su juicio, cuando estas proporcionan alimentos, ropa, asistencia jurídica o clases de inglés no realizan simplemente una labor social, sino que «se encuentran con Cristo».
«Estamos reconociendo la Presencia Real de Cristo en los cuerpos quebrantados y andantes de nuestros hermanos y hermanas», sostuvo.
Según Cupich, reconocer a Cristo de ese modo transforma la caridad «de un mero deber moral en un acto de profunda adoración».
«Una ruptura fundamental de la lógica eucarística»
Cupich volvió sobre esta idea al citar a san Juan Crisóstomo y su insistencia en que el culto a Cristo no puede desligarse de la atención al pobre.
«Inclinarse ante la Hostia consagrada mientras se es indiferente al extranjero es una ruptura fundamental de la lógica eucarística».
El arzobispo vinculó además la fracción del pan durante la liturgia con «los cuerpos fracturados y caminantes de la humanidad», marcados por «la pobreza, la enfermedad, el rechazo y el trauma».
En la parte final de su intervención, Cupich trasladó esa reflexión a una serie de reivindicaciones concretas en materia migratoria. Pidió una reforma «significativa y de sentido común», una aplicación «humana» de las leyes, responsabilidades ante posibles vulneraciones de derechos y garantías para el acceso pastoral de los inmigrantes recluidos en centros de detención.
También reclamó ampliar la ayuda destinada a «alimentar, vestir, alojar y educar» a quienes lo necesiten.
Cupich cerró la homilía retomando la misma tesis que había articulado toda su intervención: que la defensa de los inmigrantes no debe entenderse como una cuestión meramente social o política, sino como parte del propio discipulado cristiano.
«Que nuestra Estrella del Norte siempre sea la firme convicción de que nuestra defensa de los inmigrantes pertenece a cada discípulo de Jesús y es, en su sentido más auténtico, un acto de adoración divina».
Lea también: Cupich: las disputas públicas sobre la liturgia debilitan la voz de la Iglesia sobre la guerra, la paz y el clima