Por Robert Royal
Las grandes multitudes que salieron a recibir al Papa León en todas partes de Francia sorprendieron a todos; no en último lugar, por desgracia, a los obispos franceses. Esperemos que su visita tenga efectos aún mayores. Pero apenas unos días después, Francia está sumida en disturbios generalizados e incendios provocados, que se presentan erróneamente como «agitación estudiantil», cuando en realidad se trata de una operación de extrema izquierda con colaboradores islamistas. En el mensaje que leyó el Papa en su recepción por el presidente francés Emmanuel Macron, León propuso lo que solo pueden llamarse «correcciones» a los tres términos (liberté, égalité, fraternité) que marcaron la Revolución Francesa. Fue un gesto audaz, pero necesita ser aún más audaz para remediar lo que aqueja a Francia y a gran parte de Occidente.
Si a uno se lo preguntaran (y no es que uno lo espere sentado), diría que León haría bien en ir mucho más lejos y hacer de esto un proyecto para todo su pontificado. Porque el beato Fulton Sheen –también recientemente en las noticias– ya vio en su libro de 1938 Liberty, Equality, and Fraternity que, bajo esas palabras aparentemente simples y buenas, surgieron desde el principio desarrollos perversos.
Los revolucionarios franceses empezaron a usar la guillotina y otros instrumentos del terror masivo contra figuras religiosas y después –como la noche sigue al día entre quienes la política ha enloquecido por completo– unos contra otros.
No se detuvo ahí. En los primeros años del siglo XX, un gobierno socialista radical bajo Émile Combes se apoderó de todas las catedrales, monasterios, conventos, santuarios y demás edificios religiosos de Francia, cerró 10.000 escuelas religiosas y empujó a muchos sacerdotes y religiosos al exilio. En algunos relatos, esto se describe meramente como la «separación de Iglesia y Estado» en Francia. Pero, como dijo el gran Charles Péguy, en realidad fue una traición a lo que el propio socialismo francés afirmaba –un mayor respeto por los seres humanos del que había existido antes–, en la práctica, perseguir a la gente «por rezar sus oraciones».
Y hoy, como señaló León, la interpretación «humanista» de los tres ideales ha llevado, entre otros males, a la monstruosidad de insertar el aborto en la constitución francesa como un derecho fundamental y al eufemismo orwelliano del «derecho a morir» (es decir, medicación letal).
Que quede constancia: allí donde el aborto –la matanza deliberada de la vida humana en el seno materno– se confunde con la «libertad» y se convierte en un derecho fundamental, nos situamos al mismo nivel moral que lo peor de la historia humana: cananeos, ammonitas, aztecas, soviéticos, maoístas, jemeres rojos y más. No hay égalité ni fraternité para esos inocentes no nacidos a quienes matamos, año tras año, en cifras muy superiores a las de los monstruos históricos.
Fulton Sheen ya entendía hace décadas que cosas así se siguen de nociones equivocadas de «libertad». También los Padres Fundadores de Estados Unidos advirtieron contra el «libertinaje», la falsa creencia de que la libertad significa hacer lo que uno quiera. Sheen: «El liberalismo destruyó la libertad dispensando al individuo de las responsabilidades sociales; el comunismo y el fascismo destruyen la libertad esclavizando al individuo a la voluntad de un dictador».
La verdadera libertad, argumentaba Sheen, es semejante al justo medio de Aristóteles (y de la Iglesia), no solo algo a mitad de camino entre los dos, sino un «tanto… como…» que es algo bastante distinto de cualquiera de los dos.
De modo similar, la «igualdad» en el sentido moderno desarraigado se convierte inevitablemente en lo que nuestros gurús de la DEI llaman «equidad», por la cual a las personas no solo se las trata por igual, sino que los industriosos y los perezosos, los virtuosos y los viciosos, una «raza» o grupo u otro, tienen que ser igualados estadísticamente mediante la tiranía estatal y el ostracismo social.
El remedio reside en la correcta comprensión de la «fraternidad» –hermanos y hermanas como Dios lo quiso, no los sustitutos ideológicos: citoyen, tovaritsch, compañero, los «woke»–, lo cual también ayudaría a corregir las nociones modernas equivocadas de libertad e igualdad.
León lo expresó así a la Francia moderna:
Que vuestra libertad crezca en constante preocupación por el bien común. Que vuestra fraternidad abrace a toda la familia humana. Y que la igualdad a la que aspiráis se construya siempre sobre los cimientos de la justicia y la caridad, no borrando las diferencias entre las personas, sino permitiendo que florezcan armoniosamente en beneficio de toda la sociedad.
Este es un buen comienzo, pero no basta. Algunas de las cosas que León ya ha estado enfatizando en su pontificado –una inmigración masiva aún mayor, menos «miedo al islam», resistencia a la «extrema derecha» (es decir, reacciones populistas al desorden social y a la violencia), y un cristianismo «desarmado y desarmante»– les hacen el juego a las fuerzas que destruyen el bien común.
Pisó terreno más firme al decir que la igualdad tiene que fundarse no meramente en la caridad –y una caridad que no se haya reducido a mera amabilidad y a evitar el conflicto–, sino en la justicia. La verdadera justicia implica inevitablemente la debida apreciación de la verdad –sobre el mundo, el hombre y Dios–. Los sustitutos idealistas o ideológicos de la verdad tienen un historial aterrador. Y no solo en Francia.
Hay un camino mejor.
Un periodista le preguntó al Papa durante la conferencia de prensa en el vuelo (una práctica peligrosa que el Vaticano haría bien en suspender) si no se había entrometido en la política en Francia. Titubeó brevemente, pero luego recuperó el equilibrio, afirmando que, si bien puede haber una separación adecuada de Iglesia y Estado, los grupos religiosos, igual que los no religiosos, tienen derecho a hablar de política.
Y además: «Fui ante todo a predicar el Evangelio, a predicar la Buena Nueva, a reafirmar lo que Jesucristo mismo dice cuando dice “Yo soy el camino, la verdad y la vida”; por así decirlo, la verdad que Jesús nos ofrece […]. Así que yo diría que, si eso es política, eso hice, pero no fue para involucrarme en la política francesa. Fue para enseñar lo que la Iglesia realmente cree».
Algunos progresistas franceses expresaron «miedo» ante el entusiasmo por la visita del Papa; otros deploraron el poder que la Iglesia católica todavía tiene para atraer a multitudes. En verdad, la mayoría de las palabras del Papa fueron aplaudidas porque eran compatibles, demasiado compatibles, con la comprensión liberal actual de la vida humana y de la sociedad.
Pero había una diferencia: la diferencia que marca Cristo. Y aun en una forma todavía en desarrollo, está por encima de todo lo demás.
Sobre el autor
Robert Royal es editor en jefe de The Catholic Thing y presidente del Faith & Reason Institute en Washington, D.C. Sus libros más recientes son The Martyrs of the New Millennium: The Global Persecution of Christians in the Twenty-First Century, Columbus and the Crisis of the West y A Deeper Vision: The Catholic Intellectual Tradition in the Twentieth Century.