Cada 5 de octubre, la Iglesia celebra la memoria de santa Faustina Kowalska, la religiosa polaca cuyo nombre quedó unido para siempre a la devoción a la Divina Misericordia. Murió en Cracovia en 1938, con apenas 33 años, después de una vida escondida que difícilmente hacía presagiar la extraordinaria difusión que alcanzarían sus escritos y las formas de piedad nacidas de ellos.
Hoy, la imagen de Cristo con los rayos que brotan de su pecho se encuentra en iglesias de todo el mundo. Millones de católicos rezan la Coronilla de la Divina Misericordia y la jaculatoria «Jesús, en Ti confío» ha pasado a formar parte del lenguaje cotidiano de la piedad católica.
Sin embargo, precisamente la enorme difusión de esta devoción puede hacer que se pierda de vista algo esencial: la misericordia de la que habla santa Faustina no es una idea abstracta sobre la bondad de Dios, sino la misericordia que brota del sacrificio de Cristo en el Calvario.
Ese es el corazón de su mensaje.
Del costado abierto de Cristo
Cuando san Juan Pablo II canonizó a Faustina el 30 de abril de 2000, quiso explicar su misión a partir del Evangelio de aquel domingo. Cristo resucitado entra en el Cenáculo, muestra a los Apóstoles las heridas de las manos y del costado y, acto seguido, les confía la potestad de perdonar los pecados: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados».
Para el Papa polaco, ambas cosas estaban íntimamente unidas. Las llagas de Cristo y el perdón de los pecados pertenecen al mismo misterio. La misericordia no aparece al margen de la Pasión, sino que llega al hombre precisamente a través del sacrificio redentor del Hijo de Dios.
Así se comprende también la imagen que santa Faustina recibió el encargo de hacer pintar. Del pecho de Cristo salen dos rayos, uno pálido y otro rojo. Según recoge el Diario, el propio Señor le explicó que representan el agua y la sangre que brotaron de su Corazón abierto.
Juan Pablo II volvió repetidamente sobre este simbolismo. La sangre recuerda el sacrificio de la Cruz y el don eucarístico; el agua remite al Bautismo y a la acción vivificadora del Espíritu Santo.
La Divina Misericordia conduce así al centro mismo de la fe católica: el Calvario, los sacramentos y el Corazón traspasado del Redentor.
Una misericordia para los pecadores
También por eso el pecado ocupa un lugar tan importante en los escritos de Faustina. No porque la santa estuviese dominada por una visión sombría de la vida cristiana, sino porque sólo quien comprende la gravedad del pecado alcanza a comprender la grandeza del perdón.
Cristo no viene simplemente a tranquilizar al hombre. Viene a salvarlo.
Y salvarlo significa arrancarlo de aquello que lo separa de Dios.
La misión de Faustina estuvo marcada desde el principio por la oración por los pecadores, especialmente por aquellos que se encontraban más alejados de Dios. La propia Coronilla conserva esa dimensión de intercesión cuando pide al Padre misericordia «por nosotros y por el mundo entero».
San Juan Pablo II señaló de manera especial a quienes cargan con el peso de sus propios pecados, hasta el punto de sentirse incapaces de regresar a Dios. Para ellos, decía durante la canonización de la religiosa polaca, el rostro de Cristo misericordioso constituye una invitación a recuperar la confianza.
Hay en ello algo profundamente católico. La Iglesia nunca ha enseñado al pecador que su pecado carece de importancia; le ha enseñado algo infinitamente más consolador: que puede arrepentirse, confesarse y volver a empezar.
La misericordia no consiste en hacer innecesaria la conversión. Consiste precisamente en hacerla posible.
El confesionario y la Eucaristía
No es casualidad que el mensaje confiado a Faustina esté tan estrechamente relacionado con los sacramentos.
La escena evangélica elegida por Juan Pablo II para explicar la Divina Misericordia desemboca en las palabras con las que Cristo entrega a sus Apóstoles la potestad de perdonar los pecados. La confianza en la misericordia divina encuentra así una expresión concreta en el sacramento de la Penitencia.
Para un católico, confiar en que Dios perdona no es una vaga disposición interior. Cristo quiso dejar a su Iglesia un sacramento en el que el pecador arrepentido pudiera escuchar realmente las palabras de la absolución.
Y junto al confesionario aparece la Eucaristía.
La sangre que santa Faustina contempla saliendo del Corazón de Cristo remite, como explicó Juan Pablo II, tanto al sacrificio del Calvario como al don eucarístico. El mismo Cristo que ofrece su vida por los pecadores permanece en medio de su Iglesia bajo las especies sacramentales.
De este modo, la espiritualidad de la Divina Misericordia, bien entendida, no conduce hacia una religiosidad sentimental o puramente privada. Devuelve al alma a Cristo, a la Confesión, a la Eucaristía y a la vida de la gracia.
Misericordia y conversión
Una lectura superficial podría presentar la misericordia y los mandamientos como si pertenecieran a dos maneras distintas de entender el cristianismo: una basada en la acogida y otra en la exigencia moral.
No era así para santa Faustina y tampoco para Juan Pablo II.
En la homilía de su canonización, el Papa recordó las palabras de san Juan: «En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos». Y añadió que precisamente los mandamientos constituyen «la medida y el criterio» del amor.
La misericordia de Dios no rebaja, por tanto, la vocación cristiana a la santidad. La hace posible para hombres débiles que caen, se arrepienten, reciben el perdón y vuelven a levantarse.
Esa experiencia transforma también la manera de mirar al prójimo. Quien sabe cuánto le ha sido perdonado aprende a perdonar; quien conoce su propia miseria tiene menos motivos para despreciar la ajena. Por eso la devoción a la Divina Misericordia nunca quedó reducida en Faustina a unas determinadas oraciones. Exigía también obras concretas de misericordia.
El Sagrado Corazón y la Divina Misericordia
Hay, además, una continuidad que conviene recordar. La espiritualidad de santa Faustina no apareció como una ruptura con las grandes devociones que habían alimentado durante siglos la vida de la Iglesia.
Su centro vuelve a ser el Corazón de Cristo.
Al celebrar el Domingo de la Divina Misericordia en 2001, Juan Pablo II lo expresó con particular claridad al contemplar los dos rayos de la imagen confiada a Faustina: «¡El Corazón de Cristo! Su “Sagrado Corazón” ha dado todo a los hombres: la redención, la salvación y la santificación».
El Corazón que santa Margarita María de Alacoque había mostrado al mundo ardiendo de amor por los hombres es el mismo Corazón que Faustina contempla abierto, derramando sangre y agua.
La misericordia cristiana tiene, por tanto, un rostro concreto.
Es el de Jesucristo.
Una santa entre dos guerras
Faustina nació en 1905. Tenía nueve años cuando comenzó la Primera Guerra Mundial y murió apenas un año antes de que la invasión de Polonia desencadenara la Segunda.
La mayor parte de su vida transcurrió, por tanto, en una Europa que había conocido una guerra devastadora y caminaba, casi sin saberlo, hacia otra todavía peor.
Juan Pablo II vio algo providencial en que el mensaje de la Divina Misericordia hubiese sido confiado precisamente entonces a una humilde religiosa polaca.
Faustina no llegó a contemplar los campos de exterminio ni la destrucción que sufriría su patria. Tampoco vio los totalitarismos desplegar toda su capacidad de convertir al hombre en instrumento del Estado. Pero el mensaje que dejó escrito atravesaría precisamente aquel mundo herido.
Décadas después, Juan Pablo II hablaría del siglo XX como un tiempo marcado por el mysterium iniquitatis, el misterio de la iniquidad, y señalaría la misericordia divina como una de las grandes respuestas cristianas ante el mal.
No porque el mal hubiese dejado de serlo, sino porque el mal nunca tiene la última palabra mientras el hombre pueda regresar a Dios.
«Jesús, en Ti confío»
Todo el mensaje de santa Faustina terminó condensado en una frase extraordinariamente sencilla.
«Jesús, en Ti confío».
Son palabras que sólo se comprenden plenamente ante la imagen que las acompaña: Cristo resucitado conserva las heridas de la Pasión y de su pecho brotan la sangre y el agua.
La confianza cristiana no descansa en la idea de que el pecado es irrelevante, ni en la seguridad de que Dios concederá al hombre todo cuanto desea. Descansa en una Persona: Jesucristo, muerto y resucitado por nuestra salvación.
Por eso puede pronunciarlas el justo que desea perseverar y también el pecador que vuelve avergonzado después de haber caído. Puede repetirlas quien acaba de recibir una gracia y quien atraviesa una noche en la que apenas alcanza a comprender los designios de Dios.
Y puede pronunciarlas, sobre todo, quien descubre que ya no tiene nada propio en lo que apoyarse.
Faustina murió el 5 de octubre de 1938. Tenía 33 años y había pasado buena parte de su breve existencia realizando las tareas más sencillas dentro de su congregación.
Lo que dejó a la Iglesia fue una invitación que sigue siendo la misma para cada generación: mirar las llagas del Redentor, acudir a su misericordia, abandonar el pecado y confiar.
Jesús, en Ti confío.