El cardenal Cobo, el corcho que sale a flote en todos los naufragios

Ascendió con Francisco, salió indemne del Valle de los Caídos y flota con León XIV. No es virtud: es hidrostática

El cardenal Cobo, el corcho que sale a flote en todos los naufragios

Venía el viernes en la lista vaticana del encuentro sobre Amoris laetitia (el apartado de los invitados del Papa, que es el que cuenta) un solo nombre español: el del cardenal José Cobo. España ya tenía silla, la de Argüello, que va por el cargo, pero León XIV ha querido otra para el arzobispo de Madrid. Y uno, que de física sabe lo justo (lo del bachillerato, más alguna bañera), ha pensado enseguida en el corcho.

El corcho es una cosa extraordinaria. Pesa entre 0,12 y 0,24 gramos por centímetro cúbico y está hecho casi por entero de aire encerrado en celdillas muertas. Robert Hooke lo miró al microscopio en su Micrographia de 1665 y encontró unas cajitas vacías a las que llamó cells, celdas, como las de un convento. De ahí la palabra célula. La biología moderna, en cierto modo, nació mirando el hueco de un tapón.

Arquímedes explicó el resto sin necesidad de cardenales: lo que es menos denso que el agua sube. Cuando un barco se hunde, lo primero que asoma no es el capitán ni el ancla, que tienen la fea costumbre de pesar, sino los tapones, las boyas, las neveras de playa, los flotadores de patito… Todo lo que no llevaba nada dentro. El naufragio es, para el corcho, una forma de ascenso.

Cobo ha subido exactamente así. Auxiliar de Madrid en 2017, arzobispo en junio de 2023, cardenal anunciado cuando no llevaba ni veinticuatro horas en la sede, miembro del dicasterio que elige a los obispos, ordinario de los orientales y vicepresidente de la Conferencia Episcopal con 39 votos: una carrera que no se explica por ninguna idea (o por ninguna que pese) sino por la ausencia completa de lastre. Al entrar en ese dicasterio confesó su «sorpresa» ante las «nuevas responsabilidades que el Papa me va dando». El corcho no nada: lo suben.

Hay algo admirable en ello. No es fácil hablar tanto y que no quede nada, que es la forma más sofisticada de no mojarse. Antes de la visita del Papa explicó que el lema, «Alzad la mirada», quería decir que «mirar al cielo es mirar más allá para mirar en equipo, para mirar a los ojos a los demás». O sea, que el cielo, bien mirado, es horizontal. Prosa de corcho blanco (que, por cierto, ni siquiera es corcho).

El Valle de los Caídos fue la prueba de laboratorio. Allí había un prior, Santiago Cantera, que pesaba: tenía ideas y las sostenía, que es la manera más rápida de irse al fondo. El Vaticano puso a Cobo al frente de lo que pasara en Cuelgamuros, y el arzobispo hizo lo que hace el corcho cuando hay corriente, que es ir con ella. En un encuentro con periodistas cuyo audio acabó en manos de la prensa, admitió haber llevado a los benedictinos el recado del Gobierno: «si no os echan, tenéis que hacer un proceso de conversión». Cantera salió del Valle. En julio, Cobo bendijo al nuevo abad.

Luego vino el relevo de capitán, que en la Iglesia es lo más parecido a un naufragio. Murió Francisco, que se lo había dado todo, y los hombres de un papa suelen mirar con aprensión el nivel del agua cuando llega el siguiente. Cobo no miró nada. Anunció él mismo el viaje de León XIV a España, lo recibió en Madrid en junio y es el único español entre sus invitados de octubre. Quien se mueva no sale en la foto, decía Guerra. El corcho no se mueve y sale en todas.

Pero hay otra cosa, y es más seria. Pedro anduvo sobre el lago mientras miró al Señor y empezó a hundirse en cuanto tuvo miedo: pesaba, tenía un cuerpo y una fe que podía fallar. El corcho no necesita fe para andar sobre las aguas. Le basta con estar vacío. Cristo también se vació (la kénosis de Filipenses, que no es la inanidad, aunque en ciertas homilías se confundan), pero se vació para bajar hasta la muerte: descendit ad inferos. El corcho está vacío para subir.

El miércoles se sentará Cobo a la mesa de Amoris laetitia, y el día 15, recién bajado del avión, hablará en Barcelona de sinodalidad con un título que flota solo: «Una vieja novedad». Los barcos se hunden, los priores se van, los papas pasan. El corcho flota. Y sobrevive

 

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