El cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, participó este miércoles en Madrid en una jornada académica dedicada a Magnifica humanitas, la primera encíclica de León XIV, celebrada en el Aula Magna de la Universidad Pontificia Comillas.
El encuentro, organizado bajo el título «Las lecciones de la Carta Encíclica Magnifica humanitas. Una IA centrada en las personas», contó también con la presencia del cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid; del nuncio apostólico en España, monseñor Piero Pioppo, y del rector de la Universidad Pontificia Comillas, Antonio Allende.
Ante ellos, Fernández presentó la encíclica como «un diálogo de la Iglesia con la sociedad y la cultura» y situó el desarrollo de la inteligencia artificial dentro de una cuestión más amplia. A su juicio, detrás de los interrogantes tecnológicos de nuestro tiempo se encuentra un problema esencialmente humano: «La cuestión de fondo es el cuidado de la humanidad».
«Prudencia, controles rigurosos e incluso ralentización»
Desde esa premisa, el prefecto de Doctrina de la Fe abordó los límites que deberían acompañar al desarrollo tecnológico. Sin negar las posibilidades que ofrece la inteligencia artificial —particularmente en campos como la medicina—, defendió la necesidad de establecer responsabilidades claras y mecanismos de control que impidan convertir el progreso técnico en un fin independiente de sus consecuencias sobre el hombre.
De ahí que reclamara «prudencia, controles rigurosos e incluso ralentización» ante determinados desarrollos de la inteligencia artificial. Ralentizar, precisó, no significa oponerse a la tecnología, sino evitar que su avance termine imponiéndose por sí mismo, al margen de cualquier consideración ética.
La reflexión condujo a Fernández hacia el transhumanismo y las corrientes que aspiran a superar los límites propios de la condición humana. Frente a esa concepción, sostuvo que «hay una fecundidad en el límite» y que «la humanidad prospera a través del límite».
El prefecto recurrió al amor y al sufrimiento para explicar esa relación. El intento de eliminar cualquier experiencia dolorosa de la existencia, señaló, acabaría afectando también a aquello que permite amar: «Para suprimir el dolor habría que extinguir el amor y no es negocio».
«Desde la gestación hasta el último segundo de su vida»
A partir de esa defensa de la condición humana, Fernández pasó a la cuestión de la dignidad, que vinculó con la protección de toda persona «desde la gestación hasta el último segundo de su vida».
Esa dignidad, afirmó, no depende de la condición social, el origen o las circunstancias particulares de cada individuo. «No importa si nació aquí o allá, si es negro, si está preso, no importa si es gay o discapacitado», señaló, recuperando también la expresión «dignidad infinita» empleada durante el pontificado de Francisco.
El argumento le permitió detenerse especialmente en quienes pueden quedar relegados por las transformaciones económicas y tecnológicas. Fernández advirtió de que los riesgos derivados de esos procesos recaen con mayor facilidad sobre los pobres, precisamente porque muchas veces «no cuentan nada», y pidió a los católicos permanecer «particularmente atentos como humildes centinelas a las consecuencias de los nuevos desarrollos de la sociedad para la vida de los últimos».
En ese marco situó también uno de los propósitos que atribuyó a Magnifica humanitas: «reactivar la Doctrina Social de la Iglesia». Fernández quiso subrayar, además, que esa intervención de la Iglesia en los debates contemporáneos no pretende esconder su fundamento religioso. «La encíclica es un texto cristiano creyente que bebe de Jesucristo y de su Evangelio y no pretende ocultarlo», aseguró.
De la inteligencia artificial a la «guerra justa»
El recorrido de Fernández fue ampliándose entonces hacia asuntos que excedían el debate estrictamente tecnológico. Uno de ellos fue la guerra. Según el prefecto, Magnifica humanitas «invita a superar la teoría de la guerra justa», una afirmación que matizó inmediatamente para distinguirla de la legítima defensa entendida en sentido estricto.
Su crítica, explicó, se dirige principalmente a la extensión de esa doctrina para justificar «guerras preventivas repletas de daños colaterales». No era la primera vez que Fernández planteaba la cuestión en esos términos: ya había defendido una interpretación particularmente restrictiva de las condiciones bajo las cuales puede considerarse moralmente legítimo el recurso a las armas. La doctrina católica reconoce el derecho a la legítima defensa, aunque lo somete a condiciones rigurosas.
La respuesta de Israel, una «insoportable e injustificada masacre»
De la reflexión general sobre la guerra, Fernández pasó al conflicto en Tierra Santa. Tras recordar el ataque terrorista del 7 de octubre, calificó la posterior respuesta de Israel en Gaza como una «insoportable e injustificada masacre».
Frente a las distintas manifestaciones de violencia, el cardenal quiso destacar lo que considera expresiones históricas de esa «magnífica humanidad» a la que alude el título de la encíclica. Mencionó, entre ellas, la abolición de la esclavitud, el reconocimiento de los derechos humanos, el sufragio femenino y la supresión de la pena de muerte en diversos países.
La misma idea le llevó a citar figuras tan distintas como la Madre Teresa de Calcuta, Dorothy Day, Martin Luther King y Marie Curie, junto con expresiones culturales como el Guernica de Picasso, la Novena Sinfonía de Beethoven o La lista de Schindler.
Pero Fernández quiso trasladar finalmente esa «magnífica humanidad» desde las grandes figuras de la historia hasta la vida ordinaria. Habló entonces de los «mártires de lo cotidiano»: padres y madres de familia, médicos y personas dedicadas al cuidado de ancianos, presos y excluidos. «¿Por qué no les damos a todos ellos un fuerte aplauso? Es la magnifica humanitas», afirmó.
Numerosos asientos vacíos en el Aula Magna
La expectación generada por la conferencia, sin embargo, no estuvo a la altura del rango del ponente ni de las autoridades eclesiásticas que lo acompañaban. La presencia del prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, junto al arzobispo de Madrid y al nuncio apostólico, no bastó para llenar el Aula Magna de Comillas, donde durante la intervención podían observarse numerosos asientos vacíos.
El contraste resulta especialmente llamativo si se mira la historia reciente del dicasterio que hoy dirige Fernández. Joseph Ratzinger convirtió durante sus años como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe sus intervenciones académicas en acontecimientos intelectuales capaces de suscitar un considerable interés dentro y fuera de los ambientes estrictamente eclesiásticos. Sus conferencias y encuentros con el mundo universitario atraían la atención sobre cuestiones teológicas, filosóficas y culturales mucho antes de su elección como Benedicto XVI.
Tampoco se trata únicamente de un fenómeno ligado a la figura de Ratzinger. En nuestros días, el cardenal Robert Sarah, quien también ha encabezado un dicasterio de la Curia romana, continúa despertando una notable expectación en sus conferencias y visitas a universidades, con aulas magnas que congregan a numerosos estudiantes, profesores y fieles interesados en escuchar sus intervenciones.