Tras una lona, en la plaza de la Cruz de Murcia, unos operarios pican estos días la piedra de la Catedral. Junto a la puerta de las Cadenas se leyó durante más de ochenta años: «José Antonio Primo de Rivera. ¡Presente!». El Ministerio de Memoria Democrática incluyó la inscripción en su catálogo de símbolos a retirar por encontrarse, según el informe, en un lugar de alto valor simbólico y especialmente visible.
Al hombre cuyo nombre desaparece de la fachada lo fusilaron en el patio de la cárcel de Alicante el 20 de noviembre de 1936. Tenía treinta y tres años. Era un abogado brillante, un lector infatigable y un orador reconocido incluso por sus adversarios. Antes de morir escribió en su celda un testamento sereno, sin rastro de odio, en el que perdonaba, pedía perdón y expresaba un deseo que el tiempo haría especialmente amargo: que su sangre fuera la última derramada en discordias civiles entre españoles.
Quienes estuvieron cerca de él recurrieron muchas veces a la poesía para hablar de su figura. Rafael Sánchez Mazas, que contribuyó a fijar la liturgia del «presente» con la que se recordaba a los caídos, vio en José Antonio a un hombre que había querido devolver a la política cierta gravedad antigua. Dionisio Ridruejo, que terminaría rompiendo con el régimen franquista, nunca dejó de reconocer la impresión que había ejercido sobre él aquella mezcla de inteligencia, pudor y coraje. Agustín de Foxá lo convirtió en materia literaria, casi en personaje de elegía: el príncipe joven al que la muerte alcanza antes que el desengaño. Ninguno de ellos se conformó con contar su biografía. Para hablar de aquel destino necesitaron algo más que la crónica.
No resulta extraño. José Antonio repetía que a los pueblos no los habían movido nunca más que los poetas. La frase contiene buena parte de su manera de entender la política. La poesía no era para él un ornamento ni una cuestión de estilo. Era una forma de conocimiento, una manera de acercarse a aquello que permanece.
Antonio Caponnetto desarrolló con brillantez esa idea en una conferencia pronunciada en 1999 en Salamanca, quizá la mejor que se haya dedicado a José Antonio. Arranca con un pasaje de la Poética de Aristóteles: la poesía es más verdadera que la historia, porque la historia cuenta lo sucedido y la poesía habla de lo universal, de aquello que puede o debe suceder. Menéndez Pelayo había insistido en lo mismo al presentar la poesía como una forma más grave, más doctrinal, más cargada de verdad moral y metafísica. El poeta, según esa tradición, no se limita a levantar acta de los hechos. Busca en ellos una medida, un modelo, algo capaz de sobrevivir a la anécdota.
Desde ese horizonte se entiende lo esencial de José Antonio. Concibió al hombre como portador de valores eternos; a la patria como una unidad de destino en lo universal; a la vida como milicia. Renunció a las comodidades que le garantizaban su apellido, su posición y su profesión por fidelidad a una idea, y acabó entregando por ella la vida misma.
Los muros de la Catedral de Murcia llevan siglos en pie y parecen la imagen misma de lo que permanece. Pero la piedra pertenece al mundo de las cosas que se destruyen: bastan una orden administrativa, una lona y unos cinceles para que unas letras desaparezcan en pocos días. Quienes las borran libran su batalla en el terreno de lo superficial, y solo en ese terreno la ganan, en vano, contra la memoria inmensa de alguien que dejó un legado moral único.