El Papa reivindica ante las religiones el valor sagrado de la vida «hasta el final»

El Papa reivindica ante las religiones el valor sagrado de la vida «hasta el final»

León XIV ha defendido este lunes en Metz el valor sagrado de la vida humana y ha pedido a las religiones que permanezcan junto a los más vulnerables «sobre todo en la prueba, hasta el final». En un encuentro con representantes de distintas confesiones, el Papa ha afirmado que «las religiones son guardianas de la vida» y ha condenado como una profanación del nombre de Dios cualquier intento de utilizarlo para legitimar la violencia o la opresión.

El Pontífice llegó a Metz procedente de Lourdes, donde el domingo había dedicado buena parte de sus intervenciones a la dignidad de los enfermos, la penitencia y la defensa de la vida ante la enfermedad y la vejez. Tras salir de la residencia episcopal a las 7:10, despegó del aeropuerto de Tarbes-Lourdes-Pyrénées a las 7:51 y aterrizó en Metz-Nancy-Lorraine a las 9:02. Desde allí se trasladó al Centro de Congresos Robert Schuman para el primer acto de la última jornada de su viaje apostólico a Francia.

«Las religiones son guardianas de la vida»

El encuentro interreligioso comenzó hacia las 10:20 con una introducción musical y la lectura del Llamamiento de Metz por representantes de los distintos cultos. León XIV situó su intervención en una ciudad marcada históricamente por las fronteras y los encuentros entre pueblos y recordó precisamente la figura de Robert Schuman, uno de los padres de la construcción europea y «hombre de fe y de convicciones» que supo transformar antiguas fracturas en posibilidades de unidad.

El núcleo más significativo de su discurso estuvo dedicado a la vida humana. El Papa afirmó que la fecundidad de una tradición religiosa no se manifiesta únicamente en su contribución a la paz y la fraternidad, sino también en su capacidad para «proteger, acompañar y servir a la vida».

«La grandeza de una civilización no se mide por sus éxitos materiales, sino por la manera en la que abraza, protege y eleva la persona humana», afirmó.

León XIV fue todavía más explícito al señalar la responsabilidad de las religiones ante la fragilidad: «Las religiones son guardianas de la vida: ellas afirman su valor sagrado».

Ese reconocimiento, añadió, debe traducirse en una presencia concreta junto a las personas más vulnerables. «Servir a la vida significa envolverla en cuidados, presencia y ternura, sobre todo en la prueba, hasta el final».

La afirmación prolonga uno de los ejes que ha recorrido el viaje de León XIV a Francia. El viernes, ante Emmanuel Macron, el Papa advirtió contra la eutanasia, la maternidad subrogada y las manipulaciones genéticas. El domingo, en Lourdes, volvió a defender la «belleza y la sacralidad de la vida» frente a las corrientes que pretenden redefinir su valor ante la enfermedad, el sufrimiento o la vejez.

El nombre de Dios no puede legitimar la violencia

El segundo eje del discurso fue la responsabilidad de las religiones ante la violencia. León XIV sostuvo que el diálogo no obliga a diluir las convicciones propias: «Dialogar no disminuye nuestra identidad, sino que la expresa con simplicidad y verdad, abriéndose a la diferencia del otro».

El Pontífice recordó a Francisco, para quien el diálogo interreligioso no debía reducirse a «diplomacia, amabilidad o tolerancia», sino orientarse a establecer amistad y paz, y a san Juan Pablo II, que lo consideraba una exigencia vinculada a la propia naturaleza humana.

Frente al uso de la religión como justificación de conflictos, León XIV fue tajante: «Invocar el nombre de Dios para legitimar la violencia o la opresión es una profanación de este nombre».

«Nada de lo que desfigura la dignidad humana se puede reivindicar como una auténtica inspiración divina», añadió. De ahí que el discurso religioso deba contribuir a «desarmar los corazones y las palabras», una responsabilidad que el Papa atribuyó directamente a quienes custodian las diferentes tradiciones religiosas.

Una identidad que no se diluye para dialogar

León XIV rechazó así una concepción del diálogo construida sobre la renuncia a la identidad propia. La apertura al otro, según explicó, parte precisamente de unas convicciones que pueden expresarse con claridad y sin agresividad.

La cuestión enlaza con las intervenciones de los días anteriores sobre el lugar de la religión en una sociedad secularizada. Ante los obispos franceses, el Papa había defendido el domingo que la Iglesia tiene derecho a evangelizar, educar, celebrar públicamente el culto y ejercer visiblemente la caridad en nombre de Jesucristo.

En Metz, el Pontífice trasladó esa idea al encuentro entre religiones: reconocer la diferencia del otro no exige borrar la propia pertenencia, sino hacer de ella un punto de partida para la amistad y la construcción de la paz.

León XIV concluyó citando su encíclica Magnifica humanitas: «La Iglesia considera compañeros de camino a todos aquellos que buscan sinceramente la verdad, la bondad y la belleza». Después pidió a los representantes religiosos convertirse, allí donde viven, en «artesanos de paz y testigos de una esperanza que no cese de crecer en nuestro mundo».

Finalizado el encuentro, el Papa se trasladó al auditorio del mismo Centro de Congresos Robert Schuman para participar en el acto «A las raíces de Europa por la paz y la unidad», siguiente cita de su última jornada en Francia.

 

DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

Queridos hermanos y hermanas,
queridos amigos representantes de las diferentes tradiciones religiosas:

Con una gran alegría, pero también con un vivo sentimiento de responsabilidad espiritual, me encuentro hoy entre ustedes en Metz, ciudad de fronteras y de encrucijadas, en el Centro de Congresos que lleva el nombre de Robert Schuman, uno de los padres fundadores de la Unión Europea. Este hombre de fe y de convicciones supo transformar las antiguas líneas de fractura en puntos de esperanza para toda Europa, y se convirtió en un verdadero embajador de la unidad en la diversidad. Siguiendo su ejemplo, nuestra responsabilidad común en cuanto mujeres y hombres religiosos, es la de testimoniar que, más allá de las fronteras, siempre es posible reencontrarse, establecer la amistad y construir la paz.

Dialogar no disminuye nuestra identidad, sino que la expresa con simplicidad y verdad, abriéndose a la diferencia del otro. Como decía mi Predecesor, el Papa Francisco: «El diálogo entre personas de distintas religiones no se hace meramente por diplomacia, amabilidad o tolerancia (…). El objetivo del diálogo es establecer amistad, paz» (Fratelli tutti, n. 271). Antes que él, el Papa san Juan Pablo II consideraba el diálogo como una exigencia intrínseca de la naturaleza misma del hombre (cf. Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 1 enero 2001, n. 10). Según Paul Ricœur, es el camino por el que reconocemos la alteridad como una promesa y no como una amenaza; es el arte del encuentro, del que nuestro mundo tiene una gran necesidad, en las antípodas de la agresividad y de la violencia.

En efecto, invocar el nombre de Dios para legitimar la violencia o la opresión es una profanación de este nombre. Nada de lo que desfigura la dignidad humana se puede reivindicar como una auténtica inspiración divina. El discurso religioso debe apelar constantemente a desarmar los corazones y las palabras. Esto comporta la responsabilidad directa de cada uno de nosotros, en cuanto guardianes de nuestras respectivas tradiciones.

Por otra parte, si la fecundidad de las tradiciones religiosas se manifiesta, ante todo, en su servicio a la paz y a la fraternidad, ella se expresa de igual forma en su capacidad de proteger, acompañar y servir a la vida. La grandeza de una civilización no se mide por sus éxitos materiales, sino por la manera en la que abraza, protege y eleva la persona humana. Las religiones son guardianas de la vida: ellas afirman su valor sagrado. Su fecundidad se demuestra en su presencia amorosa junto a las personas más vulnerables y más frágiles. Servir a la vida significa envolverla en cuidados, presencia y ternura, sobre todo en la prueba, hasta el final. A nosotros, que estamos abiertos a la trascendencia, se nos encomienda la misión de ofrecer puntos de referencia sólidos, en particular a los jóvenes, para construir una comunión que respete y valore la dignidad de toda persona humana.

Queridos amigos, «la Iglesia considera compañeros de camino a todos aquellos que buscan sinceramente la verdad, la bondad y la belleza» (Magnifica humanitas, n. 23). Les agradezco una vez más su proximidad y su presencia. Que la bondad infinita de Dios y su sabiduría nos acompañen y nos enseñen a vivir cada vez más como hijos suyos y como hermanos y hermanas entre nosotros. Que podamos ser nosotros también, allí donde vivamos, artesanos de paz y testigos de una esperanza que no cese de crecer en nuestro mundo.

¡Que Dios les bendiga!

He conservado íntegro el texto español que me proporcionaste, limitándome a integrarlo en formato WordPress; en la parte periodística he quitado el tono de boletín institucional y he puesto el foco en vida, identidad y rechazo del uso religioso de la violencia.

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