TRIBUNA: La fotografía rota de Doce hombres sin piedad

TRIBUNA: La fotografía rota de Doce hombres sin piedad

Mons. Alberto José González Chaves

Así como muchas películas terminan cuando aparece la palabra «Fin», otras comienzan entonces, porque una escena, un gesto, una mirada, continúan trabajando el interior del espectador después de haberse apagado la pantalla. Doce hombres sin piedad pertenece a estas últimas. Durante hora y media hemos asistido al encierro casi asfixiante de doce hombres en una sala de deliberaciones, en una tarde calurosa, opresiva, pegajosa, mientras un muchacho espera en alguna parte el resultado de aquella discusión, porque sobre él pesa una acusación de asesinato y, con ella, la posibilidad de una condena a muerte. Al principio, casi todos están seguros de su culpabilidad; después van apareciendo las dudas, se resquebrajan las certezas, los testimonios dejan de parecer tan incontestables y, al final, cuando once hombres han cambiado ya su voto, solo uno continúa aferrado a aquel «culpable» con una violencia que resulta cada vez más extraña.

Es el “jurado número 3”, formidablemente interpretado por Lee J. Cobb, un hombre corpulento, enérgico, bronco, acostumbrado a imponerse por pensar que la fortaleza consiste en no dejar traslucir jamás la propia debilidad. Durante buena parte de la cinta parece simplemente el más convencido de la culpabilidad del acusado, pero poco a poco se advierte que hay algo excesivo en su manera de defenderla. Mientras los argumentos se le van cayendo de las manos, su obstinación aumenta; cuanto menos tiene que demostrar, más necesita hacerlo. Ya no discute solo sobre una navaja, un tren que pasa, una anciana que cree haber visto o un hombre que afirma haber oído. Hay demasiado apasionamiento para tratarse de un desconocido y demasiado odio para que todo pueda explicarse por las pruebas de un proceso judicial. Hasta que, casi al final, aparece una fotografía, la de su hijo, y entonces comprendemos que durante la deliberación aquel hombre no estaba juzgando únicamente al muchacho que esperaba la sentencia, sino a otro, ausente, que llevaba años dolorosamente instalado dentro de él.

Hay heridas que terminan sentándose en el tribunal

Sabemos por algunas confidencias anteriores que la relación con su hijo está rota. Él mismo cuenta que quiso educarlo en la dureza, hacer de él un hombre, enseñarle a defenderse, y recuerda incluso con una cierta satisfacción amarga cómo de pequeño había intentado endurecerlo. Pero el hijo creció, llegó el enfrentamiento y un día se produjo la ruptura. Hace años que no se hablan. El padre presenta aquello como una ingratitud, como una traición filial que confirmaría cuanto piensa sobre la juventud, la rebeldía y la pérdida de respeto a los padres; sin embargo, lleva consigo la fotografía de aquel hijo al que dice casi haber expulsado de su vida, y este detalle desmiente toda su aparente indiferencia. Si en verdad hubiera dejado de quererlo, no llevaría en el bolsillo un retrato que revela que el amor continúa allí, pero herido, humillado, convertido en resentimiento porque no ha encontrado otro modo de sobrevivir.

Y la casualidad terrible de la vida coloca ante él a otro muchacho también rebelde y enfrentado con su padre, acusado nada menos que de haberlo asesinado. Sin advertirlo, el “jurado número 3 “deja de mirar al acusado tal como es y comienza a contemplarlo a través de la imagen de su propio hijo. Sobre aquel rostro desconocido se superpone otro, conocido demasiado bien; sobre la historia que debe juzgar proyecta la que no ha conseguido resolver. La grandeza psicológica de Doce hombres sin piedad consiste en mostrarnos que en aquella habitación no han entrado solamente doce inteligencias llamadas a examinar unas pruebas, sino doce hombres enteros, cada uno acompañado por sus prejuicios y cansancios, sus frustraciones y egoísmos, sus experiencias y sus heridas. Nadie comparece completamente desnudo de sí mismo ante la realidad; por eso juzgar con justicia exige mucho más que una inteligencia despierta: exige un corazón suficientemente purificado para no confundir lo que tiene delante con lo que lleva dentro.

Es demasiado odio para un desconocido

Cuando la furia del “jurado número 3” deja de corresponderse con la endeblez creciente de las pruebas, se descubre algo que puede sucedernos a todos con mucha más frecuencia de la que estamos dispuestos a reconocer. Cuando sentimos hacia alguien una irritación manifiestamente superior a aquello que esa persona ha hecho, conviene preguntarse si detrás de su rostro no habrá otro: un padre, una madre, un hijo, un hermano, un superior, un amigo que traicionó nuestra confianza, alguien que nos humilló hace veinte años y cuya deuda pretendemos cobrar inconscientemente en otra persona. Triste misterio del corazón humano: que podamos terminar haciendo pagar a otro las deudas del ausente, castigando en el inocente lo que otro clavó con sangre en nuestra memoria. El acusado de la película tiene para el “jurado número 3” la juventud, la rebeldía y la insolencia de su hijo; poco importa ya quién sea realmente, porque sobre su rostro el “jurado número 3” ha colocado ya la máscara que él mismo fabricó; de ahí que los razonamientos de los otros once apenas consigan alcanzarlo: ellos desmontan pruebas, mientras él defiende una herida; ellos hablan del proceso, mientras él habla de su propia vida. Hay razonamientos que no penetran porque el problema no está ya en la inteligencia, sino mucho más abajo, allí donde las razones se mezclan con los afectos y donde una pasión antigua se disfraza de certeza moral.

La fotografía que aun llevaba consigo

Es la escena de la fotografía acaso la más conmovedora de toda la cinta: el hombre la contempla y termina rompiéndola, pero sería superficial interpretar aquel gesto como una última explosión de odio contra su hijo; es más bien lo contrario: la rompe porque ya no puede seguir sosteniendo lo que aquella fotografía representa para él. Durante años ha podido repetirse que el hijo fue un ingrato, que él había cumplido como padre, que toda la culpa pertenecía al muchacho y que la ruptura era una demostración de su rebeldía. Aquella construcción interior le había permitido vivir sin formularse la pregunta doliente, la única que podía hacer tambalear toda su seguridad: «¿Y si yo también tuve la culpa?».

Al romperse la fotografía se quiebra, en realidad, la coraza y aquel hombre que durante toda la película ha gritado haciendo de la agresividad su forma de afirmación personal, termina llorando como un niño. Llora por su hijo, sí, pero también por sí mismo: por el padre que no supo ser, por la rigidez que confundió con firmeza, por las palabras vociferadas que hubiera querido retirar y por las que nunca llegó a decir, por el abrazo que no dio cuando aún estaba a tiempo, por los años perdidos y por la terrible comprobación de que sigue llevando en el bolsillo al hijo que presumía haber expulsado del corazón. Esas lágrimas, al fin, devuelven la capacidad de ser justo a quien hasta entonces había convertido el dolor en ira: ahora, por primera vez, la ira vuelve a tornarse en dolor, única senda por la que una herida puede empezar a sanar.

Cuando defendemos una opinión para defendernos a nosotros mismos

Hasta aquel momento necesitaba que el acusado fuese culpable, porque eso confirmaba toda una visión de la vida: los hijos rebeldes e ingratos que se enfrentan a sus padres son capaces de cualquier cosa, y el padre ultrajado no tiene nada que reprocharse. Pero si aquel muchacho era inocente, algo mucho más importante que un veredicto se tambaleaba dentro de él, porque quizá no todos los hijos que se rebelan son monstruos ni todos los padres que sufren son solamente víctimas. Tal vez detrás de no pocas rupturas existen responsabilidades que nadie puede distribuir limpiamente entre inocentes y culpables.

Esta es la penetrante intuición de la película: a veces nos aferramos a una opinión no porque tengamos tantas razones para mantenerla, sino porque tenemos demasiado miedo a descubrir lo que se derrumbaría en nosotros si la abandonáramos. Hay discusiones interminables en las que aparentemente se enfrentan ideas, cuando en realidad se están defendiendo cicatrices; se comienza hablando de principios y se termina protegiendo el propio orgullo, la propia historia o una determinada imagen de nosotros mismos que no estamos dispuestos a someter a juicio. Por eso resulta tan difícil persuadir a alguien cuando lo que parece una convicción intelectual se encuentra secretamente unido a una necesidad afectiva: para cambiar de opinión tendría que cambiar primero la manera en que se contempla a sí mismo.

«Nolite iudicare»

Contemplar esta película desde una mirada cristiana es evocar la palabra de Jesús: «Nolite iudicare, ut non iudicemini» (Mt 7,1). Naturalmente, el Evangelio no prohíbe todo discernimiento moral ni pretende que desaparezca la justicia; la misma vida social exige juzgar actos, establecer responsabilidades y distinguir la verdad del error. La pregunta, tan de moda últimamente, “¿Quién soy yo para juzgar?”, es una necedad: tú no eres nadie para condenar, mas para juzgar eres una persona: rationalis naturae individua substantia. Lo que Cristo denuncia es algo mucho más profundo: la temeridad con que el hombre puede erigirse en dueño del interior ajeno mientras permanece extrañamente ciego para el suyo propio. Por eso continúa con aquella imagen deliberadamente desmesurada de la mota en el ojo del hermano y la viga en el propio: «Quid autem vides festucam in oculo fratris tui, et trabem in oculo tuo non vides?» (Mt 7,3). No se nos reprocha que veamos la mota, que puede estar realmente allí; lo terrible es verla con una mirada deformada por una viga que no queremos reconocer.

El “jurado número 3” veía motas verdaderas: el acusado era un muchacho difícil, había discutido violentamente con su padre…; pero este tenía una viga atravesada en la mirada, y esa viga tenía el rostro de su hijo. Hasta que no la descubre, todo cuanto ve queda deformado por ella. Aquí adquiere la película una hondura casi ascética, porque el conocimiento propio no es complacencia psicológica, sino condición de la justicia y la caridad. Quien desconoce sus pasiones corre el riesgo de bautizarlas con nombres virtuosos; puede llamar celo a su ira, prudencia a su miedo, fortaleza a su rigidez, discernimiento a su antipatía y justicia a su deseo de revancha. El corazón humano posee una habilidad prodigiosa para proporcionar razones respetables a aquello que, en su origen, quizá no sea más que una herida mal curada.

Antes de mirar la mota…

De ahí la necesidad cristiana del examen de conciencia, que no consiste únicamente en elaborar al final del día un inventario apresurado de faltas cometidas, sino en ponerse humildemente delante de Dios para preguntarse desde dónde se está viviendo, queriendo, hablando y juzgando. Hay una pregunta particularmente saludable que podríamos aprender de esta película: no solamente «¿es verdad lo que pienso de esta persona?», sino «¿por qué necesito con tanta fuerza que sea verdad?». La primera pregunta examina el objeto de nuestro juicio; la segunda examina al juez, y esta abre la puerta de la verdad.

Podemos tener razón y estar juzgando mal, porque incluso una verdad puede ser utilizada para alimentar una pasión torcida. Podemos advertir un defecto real y exagerarlo porque aquella persona nos recuerda a otra; podemos descubrir una debilidad cierta y recrearnos en ella porque nos permite sentirnos superiores; podemos incluso defender una causa justa con una violencia que revela que ya no defendemos solamente la causa. La purificación cristiana de la mirada no consiste en cerrar los ojos al mal, sino en limpiarlos para verlo en sus dimensiones verdaderas, sin añadirle el poso de nuestros resentimientos, temores y heridas. Solo el corazón que se deja juzgar por Dios es capaz de mirar con justicia al hombre.

La misericordia no niega la verdad

Cuando el jurado finalmente dice «no culpable», no está afirmando que el muchacho sea bueno, ejemplar o inocente de todos los errores de su vida. Tampoco nosotros, cuando perdonamos, afirmamos que nunca ocurrió aquello que nos hizo sufrir. El perdón cristiano no consiste en falsificar el pasado, sino en negarse a convertirlo en una sentencia perpetua. La misericordia no llama bueno al mal, pero se resiste a identificar para siempre al hombre con el mal que hizo; precisamente porque Dios juzga con verdad puede juzgar también con misericordia, mientras nosotros, que apenas conocemos la superficie de los actos y casi nada del misterio de las almas, deberíamos acercarnos siempre al juicio sobre los demás con temblorosa humildad.

Por eso el veredicto «no culpable» parece referirse a más de una persona. Jurídicamente se aplican al acusado, pero es imposible no sentir que aquel padre empieza también, entre lágrimas, a retirar una antigua sentencia pronunciada contra su hijo y… contra sí mismo. No sabemos quién tuvo la culpa de aquella ruptura ni en qué proporción, y el director Sidney Lumet tiene la inteligencia de no explicarlo. Solo sabemos que el padre ya no puede continuar viviendo instalado en la cómoda certeza de que toda la culpa pertenecía a su hijo. Y cuando un hombre acepta la posibilidad de haber herido también él, comienza ya el camino de la reconciliación, porque deja de comparecer ante la vida exclusivamente como acusador y acepta ocupar también el banco del acusado.

Lágrimas que limpian los ojos

No sabemos qué sucederá después. La cinta no nos muestra al padre buscando a su hijo, ni nos regala una reconciliación sentimental, ni asegura siquiera que aquella reconciliación vaya a ser posible. Tal vez el hijo no quiera volver, acaso hayan pasado demasiados años, quizá existan heridas que no puedan repararse enteramente en esta vida. Pero algo decisivo ha sucedido ya en aquella habitación: un hombre ha dejado de convertir su rabia en acusación y ha permitido que el dolor vuelva a dolerle; y eso, aunque aún no sea la reconciliación, contiene ya su posibilidad.

Desde una mirada cristiana hay algo casi sacramental —dicho, naturalmente, en sentido analógico— en esas lágrimas finales, porque recuerdan que la conversión comienza muchas veces cuando dejamos de justificarnos. San Pedro no recompuso su triple negación mediante un discurso, sino que, al cruzarse con la mirada de Cristo, «flevit amare», lloró amargamente (Lc 22,62). Hay verdades sobre nosotros mismos que solo se hacen soportables cuando se vierten en lágrimas ante de una mirada que no nos destruye. El orgullo endurece porque necesita defenderse; la contrición ablanda porque ya no precisa hacerlo. Y aquel hombre que ha pasado toda la película reivindicando furiosamente su propia inocencia empeñándose en demostrar la culpabilidad ajena, solo comienza a liberarse cuando rompe a llorar.

Quizá todos llevamos, como él, alguna fotografía invisible en el bolsillo: un rostro, una palabra, una humillación, una decepción, un abandono, una persona cuya memoria continúa condicionando nuestra manera de mirar a otras que llegaron después. El peligro consiste en colocar inadvertidamente aquel viejo retrato sobre la cara del que ahora tenemos delante, dejando de verlo como es, obligándolo a representar en nuestra vida un papel que nunca le correspondió. Justicia y caridad nos exhortan de consuno a permitir que cada hombre sea él mismo ante nosotros, sin convertirlo en prolongación de nuestros fantasmas ni hacerle pagar deudas que contrajeron otros.

El último jurado de Doce hombres sin piedad necesitó romper una fotografía para descubrirlo. Quizá todos necesitemos sacar alguna vez del bolsillo interior ciertas fotos antiguas, mirarlas largamente delante de Dios y preguntarnos cuánto siguen pesando sobre nuestros juicios, nuestras antipatías y nuestras condenas. «Nolite iudicare». No porque el mal deje de serlo o la verdad sea indiferente, sino porque antes de constituirnos en jueces del corazón ajeno debemos permitir que Dios ilumine el nuestro: entonces, sí, quizá continuemos viendo la mota que está en el ojo del hermano, pero de otra manera, porque habremos comenzado a descubrir la viga que atravesaba el nuestro.

He aquí la enseñanza de aquella fotografía rota: hay lágrimas que no nublan los ojos, sino que los lavan, y solo después de haber llorado algunas de nuestras viejas certezas podemos mirar limpiamente al hombre que tenemos delante y descubrir, con esa humildad que es “andar en verdad”, que acaso nunca fue él aquel contra quien llevábamos tantos años luchando.

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