Fulton J. Sheen será beatificado hoy en St. Louis, Missouri. En vísperas de la ceremonia, Mons. John O. Barres, obispo de Rockville Centre, ha querido volver sobre tres dimensiones que atravesaron la vida del célebre predicador estadounidense y que considera especialmente actuales para la Iglesia: la contemplación eucarística, la Cruz y la misión.
Barres tiene además un vínculo personal poco común con el nuevo beato. Fue el propio Sheen quien lo bautizó el 2 de octubre de 1960 en la iglesia de St. Augustine de Larchmont, Nueva York. Ahora, más de seis décadas después, ha dedicado a quien le administró el primer sacramento una extensa carta pastoral titulada La beatificación del arzobispo Fulton J. Sheen y la misión de la Iglesia católica en el siglo XXI. Desde sus primeras páginas, presenta la beatificación como una oportunidad para redescubrir «la naturaleza misionera de la Iglesia y la belleza del sacerdocio católico».
La Hora Santa que sostenía su apostolado
Detrás del Fulton Sheen que llegó a millones de personas mediante la radio y la televisión había una intensa vida de oración. Barres recuerda especialmente el compromiso del nuevo beato con una Hora Santa diaria ante el Santísimo Sacramento, práctica sobre la que el propio Sheen escribió en su autobiografía Treasure in Clay. Para él, contemplación y apostolado no eran caminos separados: la oración debía purificar, orientar e intensificar la misión.
Esa raíz eucarística ayuda a comprender la extraordinaria actividad pública de Sheen. Desde 1930 se hizo conocido a través del programa radiofónico The Catholic Hour y, con la llegada de la televisión, Life Is Worth Living llegó a reunir audiencias de hasta diez millones de espectadores. «Ya fuera hablando desde un estudio de radio, ante una cámara de televisión, enseñando en un aula universitaria o predicando desde un púlpito, el mensaje del arzobispo Sheen seguía siendo el mismo: Jesucristo», resume Barres.
Sheen entendía que la Iglesia debía entrar en los nuevos medios de comunicación sin rebajar aquello que anunciaba. Barres subraya que no diluyó el Evangelio para adaptarlo a las exigencias de los medios modernos, sino que llevó a ellos «la plenitud del Evangelio» con claridad, belleza, convicción y humor.
Por eso, al mirar al siglo XXI, el obispo de Rockville Centre considera que Sheen habría utilizado también las nuevas tecnologías, incluida la inteligencia artificial, cuando pudieran servir éticamente a la evangelización, pero sin permitir que el instrumento terminara eclipsando a la persona.
La Cruz en el corazón del sacerdocio
El segundo gran eje de la reflexión de Barres es la Cruz. Para explicarlo acude a The Priest Is Not His Own, Those Mysterious Priests y Treasure in Clay, obras en las que Sheen desarrolló su visión de la identidad sacerdotal.
El futuro beato no presentaba una imagen idealizada del sacerdote. Reconoció abiertamente sus propias debilidades, resentimientos y luchas interiores. Barres encuentra precisamente en ese reconocimiento una enseñanza consoladora: «Es bueno saber que un obispo y sacerdote próximo a ser beatificado luchó con aquello con lo que sacerdotes y obispos luchan cada día. Nos recuerda que la santidad es posible».
Pero la reflexión de Sheen va más allá. En el centro de su espiritualidad sacerdotal se encuentra la figura del sacerdote-víctima, unido a Cristo víctima en la Cruz. El sacerdote no es únicamente pastor, sino también cordero que se entrega junto a Cristo. «Nuestro sacerdocio se ilumina mejor en los fuegos de la condición de víctima», escribió Sheen.
Esta identificación alcanza una expresión particular en la Santa Misa. Sheen contemplaba al sacerdote unido sacramentalmente al sacrificio de Cristo y entendía la Cruz como indispensable para vivir plenamente la identidad recibida en la ordenación. Barres recoge esa enseñanza para recordar que el sacrificio sacerdotal no constituye simplemente una carga que soportar, sino una expresión profunda de la propia vocación.
En vísperas de la beatificación, Barres invita por ello a los sacerdotes a redescubrir la visión de Sheen: estar unidos a Cristo «no solo como Pastor, sino también como el Cordero que se ofrece por la vida del rebaño». Frente a una época que describe como tentada por «la comodidad y la autopreservación», presenta al nuevo beato como un modelo de la «alegría liberadora de la Cruz».
Una vida entregada a la misión
La contemplación y la Cruz desembocaban en Sheen en la misión. Entre 1950 y 1966 dirigió en Estados Unidos la Sociedad para la Propagación de la Fe, desde donde dio a conocer las necesidades de la Iglesia en numerosos lugares del mundo y recaudó millones de dólares para sostener la evangelización.
Barres insiste en que ese impulso no puede separarse del contenido de la fe que Sheen anunciaba. «Jesucristo es el único Redentor del mundo. Él es el Alfa y la Omega, el Camino, la Verdad y la Vida para todos los pueblos, culturas, geografías y momentos de la historia», escribe al resumir los principios de la misión católica. La Iglesia es, por su propia naturaleza, misionera, y todos los bautizados participan de esa llamada.
La evangelización, añade, exige «fidelidad a todas las dimensiones de la doctrina de la Iglesia». Barres menciona expresamente la teología trinitaria, la cristología, la teología sacramental y moral, la defensa de la vida humana, la antropología y la escatología. También sostiene que el verdadero progreso ecuménico e interreligioso requiere que la Iglesia esté dispuesta a compartir «las verdades liberadoras y objetivas de su enseñanza» con caridad, humildad y misericordia.
El obispo al que Sheen bautizó
La reflexión tiene para Barres una dimensión inevitablemente personal. Cuando Sheen lo bautizó en 1960, su padre, Oliver Barres, trabajaba para él como escritor de la Sociedad para la Propagación de la Fe. Sus padres, Oliver y Marjorie, habían sido ministros protestantes congregacionalistas formados en Yale Divinity School antes de convertirse al catolicismo en 1955.
Tres años después del bautismo, Sheen regaló al matrimonio un ejemplar de The Priest Is Not His Own y escribió de su puño y letra una dedicatoria dirigida a sus dos hijos, John Oliver y William Michael.
Más de seis décadas después, Barres interpreta aquel bautismo a la luz de su propia vocación: «Providencialmente, el arzobispo Sheen no solo me estaba bautizando, sino que, en cierto sentido, me estaba enviando como futuro sucesor de los Apóstoles y obispo diocesano a la misión católica mundial».
En el día en que Fulton Sheen es elevado a los altares, Barres vuelve finalmente al punto del que parte toda su reflexión: la contemplación que conduce a la misión. Pide que los sacerdotes redescubran la Hora Santa como «escuela privilegiada de identidad sacerdotal, santidad y caridad pastoral» y que la intercesión del nuevo beato suscite «un nuevo y creativo Pentecostés en las comunicaciones misioneras católicas».
La última enseñanza que Barres extrae de la vida de Sheen condensa los tres grandes ejes de la carta —la Eucaristía, la Cruz y el anuncio de Cristo— en una frase: «la santidad y la misión son inseparables».