Betania en Chueca: los pobres como argumento y el vecino que sobra en San Antón

Betania en Chueca: los pobres como argumento y el vecino que sobra en San Antón

Jesús Bastante ha descubierto la aporofobia en Chueca, hallazgo con el mismo mérito que encontrar un misal de 1962 en la redacción de Religión Digital. El barrio de la bandera arcoíris en el balcón y la diversidad (con licencia de terraza) resulta ser, según su blog, un vivero de ricos que no soportan ver pobres, con racismo, xenofobia e islamofobia de guarnición. Todo en un verano. Y todo porque los vecinos de la calle Hortaleza se quejan de lo que ocurre a la puerta de la iglesia de San Antón, la del padre Ángel.

Lo que dicen los vecinos lo ha publicado El Mundo: peleas a diario, consumo de droga a las puertas del templo, suciedad, inseguridad. La Asociación de Vecinos de Chueca y Salesas ha denunciado ante el Ayuntamiento un posible uso irregular de un edificio calificado como equipamiento religioso y declarado Bien de Interés Cultural, y pide una inspección. El propio Ayuntamiento reconoce patrullas preventivas de la Policía Municipal y un servicio de limpieza urgente que se activa todos los días. Bastante escribe «supuestas peleas» y «supuesto menudeo». El adjetivillo trabaja mucho. La suciedad supuesta la retiran cada mañana unos operarios municipales que no tienen nada de supuestos.

El Mundo recoge además un homicidio ocurrido en junio en una calle cercana. En el artículo de Bastante no aparece. Ni siquiera como supuesto.

«Aporofobia» es una palabra seria. La acuñó Adela Cortina en los años noventa, la Fundéu la eligió palabra del año en 2017 y el Código Penal la incorporó como agravante en 2021. Designa el rechazo al pobre por el hecho de ser pobre. Y ahí está el truco: los vecinos se quejan de ruido, basura, reyertas y trapicheo, y Bastante oye «pobres». La ecuación pobre igual a navaja igual a papelina no la han escrito ellos, que distinguen perfectamente entre el hombre que hace cola para el desayuno y el que saca el cuchillo de madrugada. La ha escrito el columnista. Si alguien en esta historia ha confundido la pobreza con el delito, es quien firma su defensa.

Luego está Berlanga. Bastante invoca Plácido para retratar a los ricos que sientan un pobre a su mesa por Navidad, y lo invoca sin repasar el argumento. Plácido es la sátira de una campaña de Nochebuena, «Siente un pobre a su mesa», con artistas llegados de Madrid, señoras de la beneficencia y fotógrafo: la caridad de escaparate, con fecha fija en el calendario. Los vecinos de Chueca no organizan cenas de Nochebuena con pobres y cámaras. Quien las organiza, y sale en los telediarios cada diciembre, es la casa del padre Ángel, y el propio Bastante presume de que allí la solidaridad «no descansa ni en Nochebuena». Berlanga ya hizo la crítica. Bastante solo se ha equivocado de destinatario.

Hay un precedente más antiguo. En Betania, cuando María unge los pies de Cristo con una libra de nardo de trescientos denarios, alguien protesta: aquello podía haberse vendido para dárselo a los pobres. En la versión de Juan, el que protesta es Judas. Es el único personaje del Evangelio que usa a los pobres como reproche contra otro, y no es el que mejor sale en la escena. La respuesta de Cristo tiene dos mitades. La primera, «a los pobres siempre los tenéis con vosotros», los vecinos de Chueca la han comprobado al pie de la letra: los tienen en el portal. La segunda, «a mí no siempre me tenéis», es la que suele caerse de estas homilías de blog, y es la que explica por qué una iglesia, antes que comedor, dormitorio o plató, es un templo.

El blog se titula El barón rampante, y el título es más exacto de lo que parece. El Cosimo de Calvino se sube a una encina a los doce años y jura no volver a pisar el suelo; desde las ramas lo ve todo y opina de todo, menos de lo que pasa a ras de tierra. Desde esa altura se entiende que el artículo salte de Hortaleza a Ceuta, y de Ceuta a Haití, Venezuela y Gaza, en dos párrafos; que ponga entre comillas una paráfrasis del Papa León (la cita que no es cita, género nuevo); que acuse a un sujeto sin nombre de haber «ocultado» a los pobres durante la visita pontificia, sin decir quién ni cómo; y que rescate un verso de Sabina que, según cuenta el propio Bastante, Sabina borró. Hasta el cantautor se corrigió.

Lo que piden los vecinos, según su denuncia, es una inspección: saber qué uso se está dando a un templo protegido y si se ajusta a su calificación. Es una pregunta urbanística, no teológica, y se contesta con una ordenanza. Hay otra que el artículo no formula: si once años de puertas abiertas han sacado a alguien de la adicción o de la calle, o si solo les han dado domicilio en el número 63 de Hortaleza. Bastante habla de «nuevas oportunidades». Once años dan para contarlas.

El mejor párrafo del artículo es el último, porque lo dice todo sin querer. En San Antón, escribe Bastante, nadie es invisible y nadie sobra. Y a continuación aclara quién sobra: el que se avergüenza de tener cerca a los pobres, es decir, el vecino. La iglesia de la inclusión ya tiene su excluido. Vive enfrente.

Ayuda a Infovaticana a seguir informando