La vía real

La vía real
Misión San Carlos Borromeo de Carmelo

Por Robert Royal

Deo volente, y si las interrupciones del tráfico aéreo me lo permiten, estaré en casa esta mañana tras una tardía peregrinación en América después de un verano sobrecargado. Planeé seguir El Camino Real («La Vía Real») en California, partiendo de San Diego y avanzando hacia el norte, deteniéndome en varias misiones fundadas en su mayoría por franciscanos españoles, hasta San Francisco y las dos últimas ubicaciones al otro lado de la bahía, San Rafael y Sonoma. La fe es dogma y culto, pero también es una experiencia vivida de lo que sigue siendo historia sagrada. A nuestros obispos les habría venido bien recordarnos mucho más la significativa, continua, pero ahora a menudo olvidada, presencia católica en esta tierra, mientras la nación celebra su 250.º aniversario.

Las carreteras y senderos costeros de California comenzaron como caminos peatonales del siglo XVIII, forjados en su mayoría por frailes franciscanos (un camino «real» solo en aspiración por entonces). Hoy, la California 101 sigue básicamente lo que los misioneros abrieron a pie. Todos esos nombres de santos a lo largo del Pacífico –y una capital llamada Sacramento– reflejan la larga y rica historia de la labor misionera de la Iglesia en las Américas.

Es adecuado que hayamos empezado en San Diego, porque Diego es una variante del nombre español de Santiago. Aquella primera de las misiones evoca el Camino de Santiago en Compostela, la más famosa de las peregrinaciones cristianas. Los frailes misioneros, sin embargo, no estaban en una peregrinación espiritual, sino que eran implacables e intrépidos en la persecución del mandato dominical de predicar el Evangelio a todas las naciones.

Las historias revisionistas de hoy suelen reducir sus esfuerzos a una mera colaboración en la colonización –incluso los actos santos del gran san Junípero Serra. Las misiones sí tuvieron que apoyarse en cierto respaldo de soldados españoles. Pero la California del siglo XVIII era un territorio hermoso, aunque abrupto, no un lugar que se prestara a la explotación. Parejas de franciscanos y un puñado de soldados en cada misión llevaron a cabo la exploración, el desarrollo y –sobre todo– la evangelización.

La mejor manera de conocer todo esto es, por supuesto, hacer el esfuerzo de visitar físicamente algunos sitios uno mismo. Pero también tenemos las obras del gran historiador católico estadounidense Kevin Starr, que enseñó en varias universidades y fue durante una década el bibliotecario oficial de California. En California, y especialmente en Continental Ambitions: Roman Catholics in North America, Starr cuenta una historia católica fascinante y conmovedora.

Yo había visitado algunas de las misiones antes, pero nunca de forma deliberada. San Juan Capistrano es una de mis favoritas, tanto por su belleza pura como porque allí empezó la industria vinícola de California. El primer milagro de Nuestro Señor, en las bodas de Caná, convirtió el agua en vino de gran calidad y abundancia. Y en la Última Cena nos dio pan y vino como su cuerpo y su sangre. Así que que ningún abstemio ni fundamentalista del jugo de uva niegue el don cristiano.

Varias misiones resultaron dañadas por terremotos –y reconstruidas– a lo largo de los años. Partes de Capistrano, por ejemplo, recuerdan el tipo de ruinas evocadoras que se ven en Roma. Pero algunas siguen en funcionamiento: hubo funerales en Capistrano y Santa Bárbara estos días pasados, y una boda en Carmel.

La misión de Carmel (más propiamente San Carlos Borromeo) es la más impresionante. Hay una iglesia carmelita profundamente contemplativa junto al océano en Carmel-by-the-Sea, que dio nombre a la ciudad. Pero en la «misión» de Carmel reposan los restos mortales de san Junípero Serra en una iglesia restaurada con cariño por artesanos locales. Serra está en gran medida olvidado, incluso por los católicos de hoy, pero sus contribuciones al estado de California y a América casi superan lo creíble.

Nació en Mallorca, de agricultores pobres, pero desde temprano sabía que tenía una vocación. En el seminario destacó académicamente y se convirtió en profesor de teología. A los 35 años sintió la llamada al trabajo misionero. Dejó una cómoda vida universitaria, emprendió la travesía de 70 días hasta Veracruz, estudió en la escuela de misioneros de la Ciudad de México y trabajó en el propio México antes de partir hacia California, donde fundó siete misiones y bautizó a miles.

Toda la cuestión de las «misiones» suscita hoy preocupaciones sobre el imperialismo, el colonialismo, la dominación cultural y todas las dudas actuales de nuestra cultura occidental –tristemente, incluso en la Iglesia. La verdad es que ninguna interacción entre los pueblos nativos y los europeos pudo haber sido perfectamente armoniosa. Pero si uno mira con desapasionamiento lo que hicieron los frailes, fue heroicamente caritativo.

Fueron ellos quienes más protegieron a los pueblos nativos –que en aquel tiempo eran cazadores-recolectores nómadas– de figuras mucho menos caritativas; les enseñaron habilidades como la agricultura, la cría de ganado, el tejido, el catecismo y mucho más. Hijo de agricultores, el P. Serra hacía él mismo el trabajo físico junto a los indios y los españoles.

De hecho, cuando el México recién independiente y luego los Estados Unidos vendieron las misiones a rancheros, se produjo la peor disrupción de las vidas nativas. La Iglesia pidió al presidente Lincoln en 1865 que devolviera las propiedades: el gobierno devolvió los edificios, pero se negó a devolver las tierras a los nativos.

Solo nuestras dudas actuales sobre nosotros mismos nos llevan a creer que habría sido mejor dejar a los cazadores-recolectores nómadas de aquellos días como estaban, en lugar de integrarlos de la forma más amable posible en un mundo más amplio –incluida la cristiandad.

Es una forma de infidelidad en nuestro tiempo creer que acoger a los «marginados» significa no introducirlos en lo que Dios mismo nos ha revelado. O que salir a las «periferias» significa de algún modo no atraer a la gente hacia dentro, sino apartarse de nuestra propia herencia cristiana.

Tras el contacto diario con este inspirador patrimonio católico americano, resulta un tanto impactante volver a las crisis habituales –Irán, Ucrania, Gaza, el precio de la gasolina, la inflación, la sinodalidad, las guerras litúrgicas– que no parecen haber cambiado mucho en los días de ausencia. Hay que afrontarlas, por supuesto, pero quizá hay algo que aprender de la pura audacia, la perseverancia, la valentía y la fidelidad de aquellos padres franciscanos en dificultades al menos tan graves como cualquiera que enfrentemos. Y quizá su ejemplo arroje una luz distinta –y muy necesaria– sobre cómo afrontar nuestros propios desafíos.

Sobre el autor

Robert Royal es editor jefe de The Catholic Thing y presidente del Faith & Reason Institute en Washington, D.C. Sus libros más recientes son The Martyrs of the New Millennium: The Global Persecution of Christians in the Twenty-First Century, Columbus and the Crisis of the West y A Deeper Vision: The Catholic Intellectual Tradition in the Twentieth Century.

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