La consistencia de los testigos
No todas las apariciones marianas pueden ser colocadas en una misma vitrina devocional por el solo hecho de que sus protagonistas sean niños, se rece el rosario, concurran multitudes o se produzcan fenómenos difíciles de explicar. La Iglesia, que conoce la distancia inmensa que media entre la gracia sobrenatural y cualquier experiencia nacida de la sugestión, la fantasía, el contagio colectivo o incluso de causas todavía desconocidas, no discierne una presunta aparición por la emoción que despierta, sino por la convergencia de indicios muy diversos: la calidad doctrinal del mensaje, la libertad psíquica y moral de los videntes, su veracidad, obediencia y desinterés, la estabilidad de su testimonio, los frutos espirituales y, finalmente, el juicio de la autoridad competente. Entre esos indicios, la perseverancia del testigo sometido a contradicción ocupa un lugar singular, no porque la firmeza pruebe por sí sola la intervención del cielo —también un fanático puede obstinarse en su error—, sino porque una revelación que se dice objetiva necesita apoyarse inicialmente en alguien capaz de declarar, con humilde seguridad: esto es lo que vi, esto es lo que oí, y no puedo decir lo contrario sin traicionar la verdad.
La comparación entre Bernardita de Lourdes, los pastorcitos de Fátima y las muchachas de San Sebastián de Garabandal resulta, por ello, esclarecedora, siempre que se haga con precisión y caridad. No se trata de levantar la santidad de unos sobre la humillación de otras, ni de juzgar la conciencia de cuatro niñas campesinas que quedaron atrapadas en un fenómeno social desmesurado, sino de observar la distinta consistencia objetiva de tres testimonios. En Lourdes y Fátima, los videntes sostuvieron las apariciones cuando negarlas habría puesto término inmediato a sus sufrimientos; en Garabandal, por el contrario, las propias protagonistas llegaron a desdecirse, aunque después tres de ellas recuperasen o reafirmasen la convicción de haber vivido algo sobrenatural. Esta oscilación no demuestra matemáticamente la falsedad de Garabandal, pero sí establece una diferencia grave, que ningún discernimiento serio puede esconder bajo explicaciones piadosas añadidas después de los hechos.
Lourdes: la indoblegable firmeza de una bonne à rien
Bernardita Soubirous tenía catorce años cuando, el 11 de febrero de 1858, afirmó haber visto en la gruta de Massabielle a una joven vestida de blanco, ceñida de azul y con una rosa amarilla sobre cada pie. Bernadette era pobre, enfermiza, apenas instruida y pertenecía a una familia hundida en tal miseria que habitaba el antiguo calabozo de Lourdes. Precisamente por eso resultaba fácil intimidarla, desacreditarla o hacerla caer en contradicción. El comisario Dominique Jacomet la hizo conducir a su casa e inició una serie de interrogatorios destinados a desmontar el relato. Se la amenazó con la cárcel, se intentó sorprenderla alterando palabras de su declaración y se ejercieron presiones sobre su familia. La documentación histórica señala que, a lo largo de ocho interrogatorios y pese a las amenazas de encarcelamiento, Bernardita mantuvo invariablemente la misma versión.
La fortaleza de Bernardita no tuvo nada de desafiante. Nunca pretendió imponer a otros la obligación de creerla ni se rebeló contra quienes dudaban. Su célebre distinción —ella estaba encargada de decirlo, no de hacerlo creer— expresa una forma extraordinariamente pura de libertad interior. No discutía teorías, no adornaba el relato para hacerlo más convincente, no convertía la aparición en una propiedad personal ni aprovechaba la expectación para escapar de la pobreza. Cuando el párroco Peyramale le exigió el nombre de la Señora, ella volvió a la gruta y preguntó; al recibir por respuesta Que soy era Immaculada Councepciou , repitió aquellas palabras que no podía comprender, para no olvidarlas antes de llegar a la casa parroquial. Ante el comisario, el procurador imperial, los médicos, los sacerdotes, las curiosonas y la turbamulta, permaneció siempre la misma: una muchacha pobre y limpia, sin añadir ni retirar lo esencial.
La Iglesia no canonizó a Bernardita porque hubiera visto a la Virgen, sino por haber vivido heroicamente el Evangelio; tampoco reconoció Lourdes sólo porque ella no se contradijera. La comisión diocesana trabajó durante casi cuatro años, interrogó a la vidente, estudió las curaciones y consultó a médicos y científicos. Sin embargo, el testimonio de Bernardita fue la piedra humana sobre la que pudo comenzar aquella investigación. La declaración de Mons. Laurence, promulgada el 18 de enero de 1862, reconoció las dieciocho apariciones después de aquel examen minucioso y afirmó que presentaban los caracteres de la verdad. El reconocimiento eclesiástico se apoyó en el testimonio decisivo de Bernardita y en un largo trabajo de investigación y discernimiento. Lourdes no tuvo que inventar después una explicación para justificar que su vidente hubiese negado los hechos: la muchacha que vio fue la misma que padeció por haber visto y la misma que, llegada la hora de declarar, no retrocedió.
Y en Lourdes, la Inmaculada señaló la fuente curativa que lleva más de siglo y medio sanando enfermos.
Los pastorinhos de Fátima: Se nos matarem, daqui a pouco estamos no Céu!
Más impresionante todavía, por la edad de sus protagonistas y la violencia de la amenaza, fue lo ocurrido en Fátima. Lucía tenía diez años, Francisco nueve y Jacinta siete. En agosto de 1917, cuando el acontecimiento comenzaba a atraer multitudes, el administrador del concejo de Vila Nova de Ourém, Artur de Oliveira Santos, masón y librepensador, decidió impedir que los niños acudieran el día 13 a la Cova da Iria. Con engaño los trasladó a Ourém, los interrogó repetidamente para arrancarles el secreto confiado por la Señora y terminó encerrándolos durante algún tiempo en una celda con presos adultos. Según la narración conservada en las memorias de sor Lucía, se les amenazó con hacerlos freír en aceite si no revelaban el secreto.
La escenificación fue cruel. Los fueron llamando separadamente, haciéndoles creer que el compañero que acababa de salir había sido arrojado ya a la caldera. Conviene precisar que no existió una caldera preparada y que los niños no fueron físicamente conducidos ante ella; la prueba consistió en hacerles creer verosímilmente que iban a morir de aquel modo. Pero, en el orden moral, eso basta para medir su valor: ellos no sabían que se trataba de una representación intimidatoria. Jacinta lloraba por su madre; Francisco conservaba una serenidad desconcertante; Lucía soportaba sobre sí la responsabilidad de los otros dos. Ninguno reveló el secreto ni aceptó desmentir las apariciones. La respuesta de Francisco, transmitida por las memorias, contiene toda la desnuda teología de aquellos niños: si los mataban, irían al cielo. Fueron devueltos a sus familias el 15 de agosto y encontraron nuevamente a la Señora el día 19, en Valinhos. La documentación histórica confirma su detención en Ourém y el reconocimiento posterior de las apariciones por el obispo de Leiria en 1930.
Aquella firmeza expresaba la transformación de sus vidas. Francisco y Jacinta, muertos pocos años después, ofrecieron sus enfermedades y sufrimientos con una madurez espiritual humanamente desproporcionada a su edad; Lucía custodió durante casi nueve décadas la sustancia del mensaje, sometida a la Iglesia: primero como religiosa Dorotea en Pontevedra y Tuy, y después, a partir de sus cuarenta años, durante casi sesenta, como carmelita descalza en Coimbra, sin alterar lo fundamental de lo declarado en 1917. Tampoco aquí la santidad posterior constituye una demostración mecánica de la aparición, pero sí su fruto moral más elocuente. La experiencia no los hizo sentirse personajes excepcionales: los hizo adoradores, penitentes y oferentes. Su itinerario fue una continua renovación del fiat inicial, expresado en oración, sacrificio y preocupación por la conversión de los pecadores. Aquellos niños no se hicieron santos porque supieran resistir una amenaza; resistieron porque algo había comenzado ya a santificarlos por dentro.
Y en Fátima, Nossa Senhora anunció para el 13 de octubre de 1917 el milagro, que vieron puntualmente setenta mil personas.
Garabandal: la negación convertida en prueba favorable
Entre 1961 y 1965, Conchita González, Mari Loli Mazón, Jacinta González y Mari Cruz González, de diez a doce años al comenzar los hechos, afirmaron haber visto primero a san Miguel Arcángel y luego a la Santísima Virgen bajo la advocación del Carmen. La sucesión de presuntas apariciones fue extraordinariamente abundante; crecieron las multitudes, las pruebas físicas, las fotografías, los objetos presentados para ser besados, las caminatas extáticas y la presión de creyentes, curiosos y detractores. Aquellas niñas soportaron sin duda una situación que habría desbordado a muchos adultos, y cualquier consideración cristiana del caso debe comenzar reconociendo su vulnerabilidad. No eran responsables de la maquinaria propagandística internacional que después se levantaría alrededor de sus nombres.
Pero existe un dato documental que no puede ser eliminado. A petición de las propias interesadas, el obispo de Santander, Mons. Vicente Puchol, dispuso que fueran nuevamente interrogadas. La nota oficial del 17 de marzo de 1967 declara que, de las manifestaciones de Conchita, Mari Loli, Jacinta y Mari Cruz, resultaba que no había existido aparición de la Virgen, del arcángel ni de ningún personaje celestial; que no había habido mensaje y que los hechos tenían una explicación natural. El obispo atribuyó la prolongación del episodio a una presión social que habría impedido que lo comenzado como “un inocente juego de niñas” se desvaneciera por obra de sus mismas autoras.
Los defensores de Garabandal replican que aquellas negaciones nacieron del cansancio, la confusión, el miedo y la presión psicológica; citan las posteriores reafirmaciones de Conchita, Mari Loli y Jacinta, e incluso sostienen que la misma Virgen les habría anunciado que llegarían a negar lo contemplado. Es justo consignarlo. Mari Loli declararía años más tarde que las llenaron de dudas, pero que estaba nuevamente segura de la realidad de aquellos hechos; Jacinta explicó su negación como un momento de desconcierto; Conchita pasó también por una etapa en la que quiso comunicar al obispo que todo había sido ilusión, sueño o mentira, antes de recuperar su primera convicción. Las negaciones, por tanto, no fueron en todas ellas definitivas.
Sin embargo, explicar la retractación mediante una supuesta profecía que ya habría anunciado la futura retractación encierra una dificultad lógica evidente: convierte cualquier contradicción en confirmación y hace al fenómeno prácticamente inmune a toda prueba. Si afirman haber visto, se confirma la aparición; si niegan haber visto, también se confirmaría porque la aparición habría predicho la negación. Tal razonamiento no discierne los hechos, sino que los encierra en un círculo devocional del que nada puede salir. Una revelación privada no puede autentificarse a sí misma mediante una cláusula que transforme en prueba favorable precisamente aquello que objetivamente debilita a sus testigos.
Y en Garabandal, se lleva sesenta y cinco años esperando, avisos, castigos, curaciones de ciegos y cuerpos incorruptos. milagros
¿El silencio de USA equivale a la verdad de Avilés?
El caso de Mari Cruz, que hoy vive en Avilés, es aun más significativo porque no permite atribuir indiscriminadamente todas las negaciones a coacciones eclesiásticas. En 1984 declaró que no había visto a la Virgen, señaló a Conchita como iniciadora del episodio y atribuyó su prolongación a la presión ambiental de quienes exigían visiones y mensajes. Afirmó además que siempre que tenía ocasión hacía saber su verdad, aunque los promotores no quisieran escucharla. Muchos años después, preguntada expresamente si las autoridades eclesiásticas las habían presionado o manipulado, lo negó: dijo que la comisión había sido prudente, que se limitó a entrevistarlas y que el obispado no las presionó “para nada”. Reconoció que hubo experiencias y contactos que entonces interpretaron como apariciones, pero redujo la relevancia de los fenómenos físicos y afirmó que aquellas caminatas y hechos no tenían nada de sobrenatural. Su recuerdo puede ser discutido, como todo testimonio retrospectivo, pero no es lícito silenciarlo para conservar intacta una construcción apologética.
Aquí aparece la diferencia esencial. Bernardita fue interrogada y amenazada por unas autoridades que deseaban que se desdijera, y no se desdijo. Lucía, Francisco y Jacinta fueron secuestrados, encarcelados y amenazados con una muerte atroz para obligarlos a revelar el secreto o quebrar su testimonio, y no cedieron. Las muchachas de Garabandal, sin padecer nada comparable a aquella amenaza de muerte, llegaron todas, de una u otra forma y durante algún momento, a negar o poner radicalmente en duda lo que habían declarado. Tres se reafirmaron después; una mantuvo sustancialmente su negación y rechazó que hubiera sido obtenida mediante manipulación eclesiástica. La diferencia no autoriza a tacharlas de mentirosas, pero tampoco permite equiparar la consistencia de su testimonio con la de Lourdes o Fátima.
Tampoco es argumento contra ellas que tres se casaran y se establecieran en Estados Unidos, mientras Mari Cruz formó su familia en Avilés. El matrimonio es camino de santidad y una vidente auténtica no está obligada a hacerse religiosa. Sería mezquino contraponer la vida conventual de Bernardita y Lucía a la legítima vocación matrimonial de otras mujeres. La cuestión no es que las videntes de Garabandal fueran esposas y madres, sino que el movimiento terminó adquiriendo una fuerza y una continuidad mucho mayores que el testimonio público, concorde y estable de sus protagonistas. Mientras Lourdes se sostuvo sobre la transparencia de Bernardita y Fátima sobre la palabra y la vida transformada de los tres pastorcitos, Garabandal necesitó cada vez más de intérpretes, centros, asociaciones, conferenciantes y apologistas decididos a explicar por qué las negaciones no eran negaciones, por qué las contradicciones confirmaban el relato y por qué la falta de reconocimiento debía interpretarse como una especie de reconocimiento aplazado.
El peculiar club de fans de un movimiento nunca reconocido por la Iglesia
La intervención de la Santa Sede resulta particularmente aleccionadora. En 1970, la Congregación para la Doctrina de la Fe aclaró que nunca había aprobado, ni siquiera indirectamente, el movimiento de Garabandal, que no había alentado ni bendecido a sus promotores o centros y que consideraba las disposiciones del obispo de Santander orientación suficientemente segura para los fieles. La misma carta lamentaba que ciertas personas e instituciones continuasen promoviendo el movimiento en contradicción con la autoridad competente, causando confusión especialmente entre la gente sencilla. Aunque posteriormente prevaleciera la fórmula prudencial de que “no consta” la sobrenaturalidad y se suavizaran algunas restricciones pastorales, nunca se produjo el reconocimiento eclesiástico de las supuestas apariciones.
Esto no impide admitir que en Garabandal se rezó, hubo conversiones, se despertó devoción eucarística y muchas personas recibieron bienes espirituales. Dios puede servirse de una circunstancia humanamente ambigua para tocar un corazón, del mismo modo que puede conceder una gracia durante una peregrinación nacida de premisas discutibles. Pero los frutos subjetivos no autentifican automáticamente la causa a la que se atribuyen. Alguien puede confesarse bien en Garabandal sin que de ello se siga que la Virgen caminó allí de noche, besó millares de objetos o dictó los mensajes difundidos en su nombre.
La conclusión debe ser tan serena como clara. La firmeza de Bernardita y de los pastorcitos no constituye por sí sola la demostración sobrenatural de Lourdes y Fátima, pero forma una admirable consonancia con todo lo demás: la sobriedad del fenómeno, la coherencia del mensaje, la transformación espiritual de los niños, la estabilidad de sus declaraciones y el posterior discernimiento de la Iglesia. En ellos, la aparición parecía sostener desde dentro a sus testigos; les dio una fuerza superior a su edad, a su cultura y a su temperamento. No buscaron defensores que reinterpretasen continuamente sus palabras: sus palabras y sus vidas terminaron defendiéndose solas.
En Garabandal sucedió algo sensiblemente diferente. Las protagonistas fueron sobrepasadas por el acontecimiento, dudaron, negaron y se contradijeron; después siguieron caminos diversos, legítimos y respetables, mientras un movimiento internacional asumía la función de sostener la certeza que ellas mismas no habían sostenido siempre. Quizá la imagen más elocuente de la diferencia sea ésta: Lourdes y Fátima no necesitaron que los devotos supieran más que sus videntes; en Garabandal, demasiados seguidores parecen saber no sólo más que la Iglesia, sino más que las propias discretas esposas emigradas, hasta el punto de corregirlas cuando hablan, disculparlas cuando niegan y convertir sus vacilaciones en nuevos prodigios. Pero una aparición verdaderamente sobrenatural no puede necesitar indefinidamente que el empecinamiento de sus partidarios la salve del testimonio de quienes ¿aseguraron? haberla contemplado.