El obispo auxiliar de ‘s-Hertogenbosch (Países Bajos), Mons. Rob Mutsaerts, ha publicado una nueva reflexión sobre la crisis de la Iglesia en la que cuestiona el afán por adaptar constantemente la vida eclesial a los criterios contemporáneos y reclama recuperar la certeza sobre aquello que la Iglesia ha recibido de Cristo y, por tanto, no está en sus manos modificar.
En el texto publicado en su blog, el prelado holandés sostiene que la gravedad de la crisis actual no reside principalmente en que la Iglesia haya perdido popularidad, influencia o «cuota de mercado», sino en que dentro de ella se discuten cuestiones sobre las que precisamente debería ofrecer certezas.
«¿Qué es verdad? ¿Qué es pecado? ¿Qué es matrimonio? ¿Qué es sacerdocio? ¿Qué es liturgia? ¿Qué es obediencia? ¿Qué significa misericordia?», pregunta el obispo antes de llevar el problema a una cuestión todavía más profunda:
«¿Creemos realmente que la Iglesia ha recibido algo de Cristo que ella misma no puede cambiar?».
«La Revelación no es un iPhone»
Mons. Mutsaerts cuestiona la mentalidad contemporánea que identifica casi automáticamente cualquier cambio con una mejora y que, trasladada a la Iglesia, termina tratando la doctrina recibida como si también necesitara sucesivas actualizaciones.
«Un teléfono de 2019 es viejo. Un ordenador de 2012 es antiguo. Y por eso a veces pensamos inconscientemente que una doctrina de fe del año 325 necesita urgentemente una actualización de software», ironiza el obispo. Pero «la Revelación no es un iPhone» y el cristianismo tampoco es «un producto del que deba aparecer un nuevo modelo cada año».
El prelado no niega que determinados elementos de la vida de la Iglesia puedan cambiar. Los métodos pastorales, algunas disciplinas canónicas, las formas de gobierno o determinadas disciplinas litúrgicas pueden modificarse. Lo que rechaza es que esa lógica pueda trasladarse a la verdad revelada, porque «la verdad no puede ser verdadera hoy y falsa mañana».
Por eso considera que el criterio para juzgar una renovación eclesial no debería ser su novedad, su capacidad para acomodarse al lenguaje del momento o su aceptación cultural, sino si aquello que se propone ayuda realmente a sus fieles a ser más santos y los acerca a Cristo, a los sacramentos y a la vida eterna.
Sinodalidad y «espíritu de la época»
El obispo auxiliar de ‘s-Hertogenbosch vuelve también sobre la sinodalidad, uno de los asuntos sobre los que se ha mostrado más crítico en sus intervenciones de los últimos años. Mutsaerts no cuestiona los sínodos como tales, que recuerda que forman parte de la historia de la Iglesia, sino el riesgo de convertir la sinodalidad, de método de trabajo, en «un ideal teológico casi autónomo».
Los Apóstoles, señala, recibieron primero una fe que les fue confiada y después pudieron deliberar sobre ella. «Ese orden es importante». De ahí que escuchar no pueda convertirse en un fin separado de la verdad que la Iglesia tiene la obligación de custodiar.
«¿Escuchar a quién? ¿A la cultura? ¿A las encuestas de opinión? ¿A los grupos de interés? ¿A nosotros mismos? ¿O a Cristo?». Cuando las conclusiones terminan coincidiendo de forma previsible con «los deseos de la cultura secular moderna», el obispo considera legítimo preguntarse «si realmente hemos escuchado al Espíritu Santo o quizá principalmente al espíritu de la época».
Asimismo, a sus hermanos en el episcopado les pide que no renuncien a la autoridad propia de su ministerio para convertirse en «facilitadores permanentes de procesos grupales». Ser sucesor de los Apóstoles implica enseñar, santificar y gobernar y, cuando sea necesario, afirmar sencillamente que determinadas cosas no pueden modificarse.
«Utilicen la sinodalidad, pero sean obispos», escribe Mutsaerts. Y reivindica incluso una palabra poco apreciada en algunos ambientes pastorales: «No. Esto no podemos cambiarlo».
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¿Qué encuentran los jóvenes en la tradición?
Mutsaerts se detiene también en un fenómeno que cuestiona algunos de los presupuestos de la pastoral de las últimas décadas. Frente a la idea de que los jóvenes necesitan pocas exigencias, celebraciones breves, textos simplificados y escasas obligaciones, observa que muchos de quienes están descubriendo la fe buscan precisamente «verdad, orden, ascetismo, identidad, confesión, adoración, sacramentos, profundidad intelectual y una comunidad que les exija algo».
«Hemos subestimado a los jóvenes», reconoce. La respuesta, a su juicio, no consiste en ofrecerles un cristianismo rebajado, sino en enseñarles el Catecismo, la oración, el ayuno y las razones por las que la Iglesia sostiene lo que enseña. «Nadie ha sido martirizado jamás por un vago sentimiento de pertenencia», ironiza.
Ese fenómeno se extiende también a la liturgia cuando pide expresamente a los obispos que no interpreten automáticamente la adhesión a la liturgia tradicional como un problema que deba corregirse.
«No todo joven católico al que le gusta el latín es un agente secreto de 1957», escribe. Si algunos jóvenes se sienten atraídos por el gregoriano, el silencio, el incienso, arrodillarse, la celebración ad orientem o la espiritualidad clásica, considera más útil preguntarse «¿qué buscan aquí que no encuentran en otros lugares?» que reaccionar con sospecha ante sus preferencias.
La advertencia alcanza igualmente a los propios tradicionalistas. La antigua liturgia puede santificar, pero no convierte automáticamente en santo a quien asiste a ella. Se puede participar en «la Misa más reverente» y salir después a «maldecir a tres obispos y a todo el Vaticano» en el aparcamiento.
«La tradición sin caridad se convierte en arqueología con temperamento».
Menos gestión y más sacerdocio
La recuperación de la identidad católica que plantea Mutsaerts pasa también por el sacerdocio y las vocaciones. Ante la falta de sacerdotes, observa que buena parte de la conversación eclesial termina concentrándose en fusiones parroquiales, modelos administrativos, reorganizaciones o celibato, mientras queda en segundo plano una pregunta elemental: por qué un joven querría entregar su vida al sacerdocio.
Presentarlo como el futuro administrador de ocho parroquias, cargado de reuniones y planes estratégicos, difícilmente puede despertar una vocación. Muy distinta es la propuesta de entregar la vida a Cristo, celebrar diariamente el sacrificio de la Misa, perdonar los pecados, bautizar niños, acompañar a los moribundos, anunciar el Evangelio y convertirse en padre espiritual.
También por eso pide a los obispos que, al discernir vocaciones, no busquen principalmente buenos gestores, sino hombres que recen. «Un administrador mediocre puede recibir ayuda de un buen ecónomo. A un sacerdote que no reza no puede salvarlo ningún curso de gestión».
La misma lógica aplica a la renovación general de la Iglesia. Mutsaerts reclama más confesión, adoración eucarística, catequesis, predicación sobre el pecado y la gracia, formación sacerdotal sólida, familias que transmitan la fe y obispos dispuestos a enseñar incluso cuando la doctrina resulte impopular.
Al mismo tiempo, advierte al mundo tradicional de que la defensa de la ortodoxia puede degenerar también en ideología cuando la batalla eclesial termina ocupando el lugar de la vida espiritual. «Podemos tener razón y carecer de caridad; ser ortodoxos y soberbios; litúrgicamente correctos y espiritualmente fríos; teológicamente agudos y humanamente insoportables».
Para Mutsaerts, la fecundidad de una renovación católica deberá medirse por la santidad que produzca, por las familias, las vocaciones, la vida intelectual, la belleza, la caridad, la alegría y la fuerza misionera. La Iglesia, sostiene, no necesita ser reinventada ni «salvada» como si Cristo hubiera dejado de sostenerla después de la Ascensión.
La tarea de los católicos es bastante menos novedosa y mucho más exigente: conservar la fe, transmitirla a los hijos, recibir los sacramentos, formar sacerdotes, fomentar vocaciones, servir a los pobres y celebrar dignamente la liturgia. Porque, como concluye el obispo, «al final no existen santos tradicionales y santos progresistas. Sólo existen santos».