El obispo auxiliar de ‘s-Hertogenbosch (Países Bajos), Rob Mutsaerts, ha dirigido una carta abierta a León XIV en la que pide al Papa que vuelva a situar con claridad a Cristo, la conversión, la Eucaristía, la evangelización y la salvación de las almas en el centro de la vida de la Iglesia. El prelado holandés parte de una pregunta que atraviesa todo el texto: después de años de reuniones, consultas y documentos del Sínodo sobre la Sinodalidad, ¿cuáles han sido realmente sus frutos para la fe y la misión de la Iglesia?
La carta, publicada por Mutsaerts llega mientras continúa la fase de aplicación del proceso sinodal, que desembocará en una Asamblea Eclesial en Roma en octubre de 2028. El obispo, que ya había mostrado públicamente sus reservas sobre el Sínodo durante los últimos años, advierte ahora del riesgo de que aquello que comenzó como un proceso delimitado en el tiempo termine convirtiéndose en una forma permanente de funcionamiento eclesial.
«¿Qué ha aportado realmente todo esto?»
Mutsaerts no niega las buenas intenciones de quienes han participado en el proceso ni cuestiona la necesidad de escuchar dentro de la Iglesia. Su objeción se dirige al criterio con el que debería medirse el resultado de estos años. Para él, el número de encuentros celebrados, documentos redactados o personas consultadas dice poco si no va acompañado de frutos concretos en la vida cristiana.
De ahí la sucesión de preguntas que plantea a León XIV: «¿Se ha fortalecido la fe? ¿Se ha anunciado a Cristo con mayor claridad? ¿Se ha profundizado la identidad católica? ¿Se ha convertido más gente? ¿Se asiste más a la Misa dominical? ¿Hay más vocaciones sacerdotales? ¿Se ha vuelto más eficaz la catequesis? ¿Ha aumentado la reverencia hacia la Eucaristía?».
Su conclusión es clara: «Cuando se plantean estas preguntas, es imposible considerar el Sínodo un éxito».
El auxiliar holandés sitúa la cuestión en un plano que considera anterior a cualquier debate sobre estructuras eclesiales. «Salus animarum suprema lex», recuerda al comenzar su carta: la salvación de las almas es la ley suprema. Por eso pregunta si el proceso sinodal ha contribuido efectivamente a acercar a las personas «a Cristo y a la salvación eterna».
Lea también: Obispo holandés sobre el Sínodo: «El Espíritu Santo no tiene nada que ver con esto»
«La Iglesia no comienza con nuestro diálogo. Comienza con Cristo»
Uno de los ejes de la carta es la relación entre escucha y verdad revelada. Mutsaerts reconoce que un obispo y un sacerdote deben escuchar a los fieles, pero advierte de que la Iglesia no puede comenzar preguntándose qué creen o desean los hombres de cada época para construir después su doctrina a partir de esas respuestas.
«La Iglesia no comienza con nuestro diálogo. Comienza con Cristo», escribe.
Para explicarlo, recuerda que la fe cristiana es recibida y transmitida, no elaborada mediante consensos. «La verdad no se produce mediante el consenso», sostiene, y pone como ejemplo la presencia real de Cristo en la Eucaristía: aunque una mayoría de católicos dejase de creer en ella, eso no modificaría su verdad.
La escucha, por tanto, debe ocupar su lugar dentro de una jerarquía que comienza con Cristo, la Sagrada Escritura, la Tradición apostólica y el Magisterio. El problema aparece, según Mutsaerts, cuando las experiencias y expectativas contemporáneas pasan a convertirse en el punto de partida para decidir cómo debe responder la Iglesia.
«¿Qué ocurre cuando los deseos del hombre moderno chocan con el Evangelio?», pregunta. Su respuesta es que no corresponde modificar el Evangelio, sino llamar al hombre a la conversión.
Y es precisamente la conversión la que considera una de las grandes ausentes del lenguaje eclesial contemporáneo.
Una Iglesia occidental que pierde fieles mientras debate sobre estructuras
Mutsaerts confronta el proceso sinodal con la situación que observa en buena parte de Europa occidental. Cita expresamente los Países Bajos, Bélgica y Alemania, donde las iglesias se vacían, las parroquias se fusionan, desaparecen comunidades religiosas, disminuyen las vocaciones sacerdotales y numerosos bautizados han perdido el conocimiento de elementos fundamentales de la fe.
Ante esa realidad, considera que la prioridad debería formularse de una manera mucho más sencilla: «¿Cómo podemos recuperar el mundo para Cristo?».
Sin embargo, observa que buena parte de las discusiones eclesiales se concentran en las estructuras, los mecanismos de participación, los procesos de decisión, la inclusión, el papel de la mujer o las relaciones de poder. No afirma que estas cuestiones carezcan de importancia, pero cuestiona el orden de prioridades: «Una casa en llamas tiene otras prioridades que los asuntos domésticos».
Su crítica se extiende a la creciente burocratización de la vida eclesial. A su juicio, puede crearse una apariencia de intensa actividad precisamente cuando los indicadores esenciales de la vida cristiana muestran un deterioro: «Cuanta menos evangelización, más comités sobre evangelización. Cuantas menos vocaciones, más documentos sobre vocaciones».
Las expectativas creadas por el proceso sinodal
El obispo holandés dedica también atención a las expectativas generadas al introducir reiteradamente en las consultas cuestiones sobre las que la Iglesia posee ya una enseñanza definida.
Menciona, entre otros asuntos, el sacerdocio, el diaconado femenino, la moral sexual, las relaciones homosexuales, la autoridad eclesial y el papel de la mujer. Mantener estas cuestiones durante años dentro de un proceso de discusión, argumenta, puede transmitir la impresión de que todas ellas están abiertas a una modificación doctrinal.
Esto genera, según Mutsaerts, un problema pastoral: se pide primero a los fieles que expresen sus expectativas y posteriormente se comprueba que algunas de ellas no pueden satisfacerse sin afectar a la continuidad de la doctrina católica.
«La Iglesia ha generado así expectativas que finalmente no puede satisfacer», escribe. El resultado, lejos de favorecer la comunión, puede ser una mayor frustración.
Lea también: Obispo Mutsaerts a InfoVaticana: «En 2000 años, nunca habíamos visto a tanta gente oponerse a una Declaración Romana»
«Las grandes reformas católicas comenzaron con santos»
Frente a una reforma centrada principalmente en estructuras, Mutsaerts propone recuperar lo que considera el verdadero motor de las grandes renovaciones de la Iglesia: la santidad.
Recorre para ello los nombres de san Benito, san Bernardo, san Francisco, santo Domingo, santa Catalina de Siena, san Ignacio de Loyola, santa Teresa de Jesús, san Carlos Borromeo, san Juan Bosco o san Juan Pablo II. Las grandes reformas católicas, sostiene, «casi nunca comenzaron con estructuras. Comenzaron con santos».
De ahí una de las formulaciones centrales de la carta: «No menos escucha, sino más santidad. No menos participación, sino más conversión. No menos diálogo, sino más anuncio».
La misma perspectiva aplica a la liturgia. Para Mutsaerts, el debilitamiento de la comprensión del sacrificio de la Misa, la pérdida del sentido de lo sagrado, el abandono de la confesión o la disminución de la adoración eucarística no pueden solucionarse mediante nuevas estructuras participativas.
«Entonces la Iglesia no tiene un problema de estructuras de gobierno. Tiene un problema de fe», afirma.
También cuestiona hasta qué punto los participantes habituales en consultas y organismos eclesiales representan verdaderamente la totalidad del pueblo de Dios. Frente a quienes intervienen en reuniones y elaboran informes, menciona al fiel que acude diariamente a Misa, a la madre que educa a sus hijos en la fe, a la religiosa contemplativa o al joven dispuesto a recorrer largas distancias para participar en la liturgia tradicional.
«Quien escucha únicamente a quienes toman el micrófono puede olvidar fácilmente que el pueblo de Dios es mucho más amplio que el círculo reunido alrededor de la mesa de consulta», advierte.
De Emmaús a Jerusalén
El relato de los discípulos de Emmaús sirve a Mutsaerts para explicar cómo entiende una verdadera escucha eclesial. Cristo camina con los discípulos, escucha sus preocupaciones y permite que expresen su desconcierto. Pero no se limita a acompañarlos en sus opiniones.
«Cristo no confirma su interpretación. Los corrige. Les explica las Escrituras. Les enseña a comprender los acontecimientos», señala.
Después, los discípulos reconocen a Cristo al partir el pan y regresan inmediatamente a Jerusalén para anunciar lo sucedido. Es en esa combinación de escucha, corrección, Eucaristía y misión donde Mutsaerts encuentra un modelo de auténtica sinodalidad.
Su diagnóstico sobre el proceso actual es deliberadamente gráfico: «El proceso sinodal se ha quedado atascado en Emmaús».
Para el obispo, la Iglesia corre el riesgo de dedicar tanto esfuerzo a preguntarse cómo debe «caminar junta» que termina relegando la pregunta fundamental sobre el destino de ese camino.
«Santo Padre, denos claridad»
La carta desemboca finalmente en una petición directa a León XIV. Mutsaerts no le pide un nuevo programa de reformas ni otra estructura eclesial, sino claridad doctrinal y misionera.
«Cuando el mundo hable lleno de incertidumbre, deje que Pedro hable con claridad. Cuando la Iglesia se canse de las discusiones internas, muéstrenos el camino de regreso a Cristo. Cuando nos perdamos en procesos y estructuras, recuérdenos nuestra misión», escribe.
El prelado insiste en que su crítica no pretende abrir una disputa eclesial, sino advertir sobre el tiempo dedicado a cuestiones internas mientras una parte creciente de la sociedad occidental desconoce el cristianismo.
«Las iglesias de Occidente se vacían mientras, al mismo tiempo, nuevas generaciones parecen buscar la verdad y la trascendencia», señala. Ante esa situación, considera necesaria «no una Iglesia vacilante, sino una Iglesia misionera que conozca el tesoro que posee y no tenga miedo de mostrarlo al mundo».
Por eso concluye expresando su deseo de que el pontificado de León XIV esté marcado por «Cristo, la conversión, la santidad, la Eucaristía, la evangelización y la salvación de las almas».
Y deja al Papa una última pregunta con la que propone medir cualquier proceso de reforma eclesial: «Cuando todos los sínodos hayan terminado, todos los documentos hayan sido escritos, todos los organismos disueltos y nuestros propios nombres olvidados, sólo quedará la pregunta que realmente importa: ¿hemos acercado a Jesucristo a las personas que nos fueron confiadas?».
Carta completa de monseñor Rob Mutsaerts a León XIV
Santo Padre:
Con reverencia hacia el ministerio que le ha sido confiado como sucesor de san Pedro y en comunión con la Iglesia que Cristo fundó sobre los Apóstoles, me dirijo a usted mediante esta carta abierta. No lo hago a la ligera. Lo que me mueve a pronunciar públicamente estas palabras es una preocupación que, en último término, está por encima de todas las demás cuestiones eclesiales: la salvación de las almas. Salus animarum suprema lex: la salvación de las almas es la ley suprema. Mi pregunta es sencilla y seria: ¿contribuye realmente el proceso sinodal a acercar las almas a Cristo y a la salvación eterna? Para mí, esa es la cuestión decisiva.
Santo Padre, soy plenamente consciente de la responsabilidad del ministerio petrino, de la cual quien se encuentra fuera de ese ministerio sólo puede tener una vaga idea. Precisamente por esta razón no escribo estas palabras por falta de reverencia hacia el papado, sino por amor a él. Después de todo, Pedro recibió de Cristo no sólo el encargo de unir a los hermanos, sino también el de confirmarlos en la fe: «Y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos». En último término, el mundo obtiene poco de una Iglesia que simplemente repite lo que el propio mundo ya piensa. Necesita una Iglesia que, con amor pero sin miedo, le señale a Cristo.
Mis reservas respecto al Sínodo sobre la Sinodalidad deben entenderse bajo esta luz. Y, sobre todo, me pregunto qué significa todo esto para el fiel sencillo, que no espera de su Iglesia un proceso permanente, sino claridad sobre el camino hacia Dios.
Esta carta, por tanto, no es una acusación contra personas concretas. Tampoco quiero negar las buenas intenciones de tantos que se han dedicado sinceramente al proceso sinodal. Las buenas intenciones merecen reconocimiento. Pero las buenas intenciones no nos eximen del deber de examinar los frutos. Cristo mismo nos dio un criterio sencillo para ello: «Por sus frutos los conoceréis».
Por eso creo que, después de años de consultas sinodales, reuniones, informes y documentos, ha llegado el momento de preguntar abiertamente por esos frutos. No por cinismo, sino por amor a la Iglesia. No por nostalgia de un pasado idealizado, sino por preocupación por su futuro. Y no para librar una batalla de política eclesial, sino porque detrás de todas las discusiones existe una realidad infinitamente más importante: la salvación eterna de las almas que Cristo ha confiado a su Iglesia.
Desde esta preocupación, Santo Padre, le presento la siguiente reflexión.
El Sínodo sobre la Sinodalidad
Quien juzgue el Sínodo sobre la Sinodalidad únicamente por sus objetivos puede escribir fácilmente un relato positivo. Se escuchó. Se habló. Miles de personas fueron consultadas. Obispos, sacerdotes, religiosos y laicos se reunieron. Se habló de comunión, participación y misión. Incluso surgió un nuevo vocabulario eclesial: sinodalidad, escucha, discernimiento, participación, conversación en el Espíritu, poner en marcha procesos.
Pero la misma historia puede contemplarse desde una perspectiva completamente diferente. Permítame plantear la pregunta incómoda: ¿qué ha aportado realmente todo esto?
No: ¿cuántas reuniones se organizaron? No: ¿cuántos informes se redactaron? No: ¿cuántas personas participaron?
Sino: ¿se ha fortalecido la fe? ¿Se ha anunciado a Cristo con mayor claridad? ¿Se ha profundizado la identidad católica? ¿Se ha convertido más gente? ¿Se asiste más a la Misa dominical? ¿Hay más vocaciones sacerdotales? ¿Se ha vuelto más eficaz la catequesis? ¿Ha aumentado la reverencia hacia la Eucaristía? ¿Se ha vuelto más clara la enseñanza moral de la Iglesia? ¿Ha aumentado el valor misionero?
Cuando se plantean estas preguntas, es imposible considerar el Sínodo un éxito.
Al mismo tiempo, hay algo más que debe tenerse en cuenta: el proceso sinodal todavía no ha terminado realmente. La fase oficial de aplicación continúa y, pasando por encuentros diocesanos, nacionales y continentales, debe culminar finalmente en una Asamblea Eclesial en Roma en octubre de 2028. En mayo de 2026, el Vaticano publicó nuevamente una amplia hoja de ruta para ello.
Esto hace que la crítica sea aún más legítima. Lo que originalmente se concibió como un Sínodo para 2021-2024 corre el riesgo de convertirse en una forma permanente de gobierno de la Iglesia.
Un Sínodo sobre un Sínodo
El primer aspecto llamativo se encuentra ya en el nombre: Sínodo sobre la Sinodalidad.
Tradicionalmente se convocaba un sínodo porque la Iglesia necesitaba hablar sobre un tema concreto: por ejemplo, la evangelización, el matrimonio y la familia, el sacerdocio, la Eucaristía, la Sagrada Escritura, una herejía, una crisis pastoral o un problema determinado.
En el Sínodo sobre la Sinodalidad, el propio proceso se convierte en objeto. Podría compararse con una reunión que se prolonga indefinidamente para debatir cómo deberían celebrarse las reuniones en el futuro.
La Iglesia conoce concilios y sínodos desde la antigüedad. Los Apóstoles se reunieron en Jerusalén. Los obispos deliberaron entre sí. Los papas consultaron a los obispos. Los grandes concilios ecuménicos son inconcebibles sin deliberación y decisiones eclesiales compartidas.
Pero esto es diferente de la sinodalidad como paradigma eclesial permanente. El sínodo clásico era un medio para alcanzar un fin. En el discurso sinodal actual, la sinodalidad corre el riesgo de convertirse en un fin en sí misma. Y precisamente aquí comienza el problema desde una perspectiva católica clásica.
La Iglesia no es una conversación, sino una realidad recibida
Porque la Iglesia no comienza con nuestro diálogo. Comienza con Cristo.
Esto parece evidente, pero tiene consecuencias de gran alcance. Cristo no fundó un grupo de discusión. Llamó a los Apóstoles. Les confirió autoridad. Los envió a anunciar, bautizar y enseñar: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos».
La dirección es fundamental. La fe no surge porque la Iglesia haga primero un inventario de lo que creen las personas y después destile de todas esas experiencias una convicción común. La fe se recibe.
Pablo utiliza constantemente términos como recibir, transmitir y conservar. La Iglesia no posee la Revelación porque la haya inventado, sino porque la ha recibido.
Esto significa que el cristianismo, por su propia naturaleza, no puede ser democrático. No porque la democracia como forma de gobierno sea mala, sino porque la verdad no surge de una decisión mayoritaria.
Si mañana el 90% de los católicos dejara de creer en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, Cristo no estaría por ello menos verdaderamente presente. Si el 80% rechazara una determinada enseñanza moral, esa enseñanza no se volvería automáticamente falsa.
La verdad no se produce mediante el consenso. Este constituye el primer gran campo de tensión en torno al proyecto sinodal.
Escuchar: ¿a quién?
Una palabra clave durante todo el proceso ha sido «escuchar» —como si nunca antes lo hubiéramos hecho—. En sí mismo, no hay nada que objetar. Un obispo debe escuchar. Un sacerdote debe escuchar. Los cristianos deben escucharse mutuamente. Un pastor que nunca escucha a su rebaño no es un buen pastor.
Pero inmediatamente surge la pregunta: ¿a quién debe escuchar la Iglesia ante todo?
La respuesta tradicional es: a Cristo, a la Sagrada Escritura, a la Tradición apostólica, a los santos, al testimonio de veinte siglos de cristianismo y al Magisterio. Y, por supuesto, también a los fieles.
Sin embargo, en algunos textos sinodales este orden parece invertirse ligeramente. Se comienza por las experiencias, deseos, frustraciones y expectativas de las personas de hoy y después se pregunta cómo debe responder la Iglesia.
Esto puede parecer pastoralmente atractivo, pero entraña un peligro. Porque ¿qué ocurre cuando los deseos del hombre moderno chocan con el Evangelio?
Entonces no es el Evangelio el que debe cambiar; es el hombre quien debe cambiar. En el cristianismo esto se llama conversión. Y precisamente esa palabra se escucha sorprendentemente poco en muchos debates eclesiales modernos.
El gran ausente: la conversión
Aquí se encuentra la debilidad más profunda de todo el proyecto. La Iglesia no existe primordialmente para confirmar a las personas en lo que ya son. Existe para conducirlas a Cristo.
Las primeras palabras de la predicación pública de Jesús no son: «Decidme primero qué pensáis de las actuales estructuras eclesiales». Son: «Convertíos y creed en el Evangelio».
Eso es mucho menos burocrático. Y mucho más radical.
La Iglesia de los mártires no transformó el mundo romano organizando grupos de conversación sobre cómo podían los romanos percibir la comunidad cristiana como más inclusiva. Anunció a Cristo.
Pedro anunció a Cristo. Pablo anunció a Cristo. Francisco anunció a Cristo. Domingo anunció a Cristo. Francisco Javier anunció a Cristo. Juan María Vianney anunció a Cristo. Madre Teresa anunció a Cristo. Juan Pablo II anunció a Cristo.
Sin duda escucharon a las personas. Pero la escucha nunca fue el objetivo final. El objetivo final era la conversión a Cristo.
El elefante en la sala sinodal
Existe además una llamativa discrepancia entre los problemas ampliamente debatidos en el proceso sinodal y la crisis real en la que se encuentra, particularmente, la Iglesia occidental.
Los problemas fundamentales de la Iglesia en los Países Bajos, Bélgica, especialmente Alemania, pero también en amplias zonas de Europa occidental, son fáciles de reconocer.
Las iglesias se vacían. Las parroquias se fusionan. Los monasterios desaparecen. Las comunidades religiosas envejecen. Disminuye el conocimiento de la fe católica. La confesión prácticamente ha desaparecido para muchos católicos. El número de vocaciones sacerdotales sigue siendo bajo en muchos lugares. Muchos bautizados apenas creen ya en las verdades esenciales de la fe. En grandes sectores de la comunidad católica, la vida sacramental se ha debilitado considerablemente.
Ante esta evolución, cabría esperar que una iniciativa eclesial mundial se ocupara ante todo de una pregunta: ¿cómo podemos recuperar el mundo para Cristo?
Sin embargo, la atención se dirige principalmente a las estructuras, la participación, los procesos de toma de decisiones, la responsabilidad de las mujeres, la inclusión, las relaciones de poder y el funcionamiento de los organismos eclesiales.
Son temas ciertamente legítimos. Pero una casa en llamas tiene otras prioridades que los asuntos domésticos.
Una ley de Parkinson para la Iglesia
Las instituciones que pierden de vista su finalidad original suelen comenzar a hablar cada vez más intensamente de su propia organización.
Las empresas hablan entonces interminablemente de procesos. Las universidades, de gobernanza. Los gobiernos, de modelos de participación. Y las organizaciones eclesiales, de estructuras.
Cuanta menos evangelización, más comités sobre evangelización. Cuantas menos vocaciones, más documentos sobre vocaciones. Cuanta menos gente acude a la Iglesia, más largas son las reuniones sobre la naturaleza de la Iglesia.
Puede sonar cínico, pero detrás existe una idea seria: la burocracia puede crear la apariencia de actividad mientras la realidad muestra lo contrario. Se navega sin brújula.
Las expectativas que no pueden cumplirse
El proceso sinodal ha generado expectativas. Esto ocurrió principalmente porque durante las distintas fases de consulta se abordaron cuestiones que afectan a ámbitos sobre los cuales la Iglesia ya posee una enseñanza clara: el diaconado femenino, el sacerdocio, la moral sexual, las relaciones homosexuales, la relación entre laicos y clero, la autoridad eclesial, la descentralización y la posición de la mujer.
Cuando estos temas se «discuten» durante años, surge naturalmente la impresión de que finalmente podrían cambiar. De otro modo, ¿por qué hablar interminablemente de ellos?
Esto conduce a una paradoja pastoral. Se pide a las personas que expresen sus expectativas. Después, algunas de esas expectativas resultan imposibles de cumplir sin poner en peligro la continuidad con la doctrina católica.
¿Qué ocurre entonces? Una decepción generalizada.
La propia Iglesia ha generado así expectativas que finalmente no puede satisfacer. Eso no constituye un beneficio pastoral, sino una receta para la frustración.
La protestantización de la concepción católica de la Iglesia
Desde una perspectiva tradicionalista aparece además una ironía histórica. Algunos elementos de la cultura sinodal moderna muestran similitudes con procesos observados durante décadas en las Iglesias protestantes: mayor énfasis en la participación, mayor influencia administrativa, más estructuras consultivas, mayor peso de las comunidades locales, mayor atención a las experiencias individuales, más debates sobre los cambios en las opiniones sociales y una menor evidencia de la autoridad jerárquica.
En sí mismo, esto no tiene por qué ser erróneo. Pero se impone una pregunta histórica: ¿ha producido este modelo un espectacular renacimiento cristiano en el mundo protestante?
En amplias zonas de Europa occidental, la respuesta es inequívocamente negativa.
¿Por qué debería entonces la Iglesia católica adoptar precisamente los patrones administrativos y pastorales de confesiones que a menudo han atravesado la misma secularización incluso antes y de forma más grave?
Un paciente rara vez se cura tomando la medicina del paciente de la cama de al lado, cuyo estado es todavía peor.
La alternativa olvidada: aspirar a la santidad
Las grandes reformas católicas casi nunca comenzaron con estructuras. Comenzaron con santos.
A épocas de corrupción siguieron reformadores: Benito, Bernardo, Francisco, Domingo, Catalina de Siena, Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, Carlos Borromeo, Francisco de Sales, Juan Bosco, Teresa de Lisieux, Maximiliano Kolbe y Juan Pablo II.
Su programa era sorprendentemente sencillo: hacerse santos.
Porque un santo posee una fuerza misionera con la que ningún documento estratégico puede competir. Una parroquia con un párroco santo tiene un futuro mejor que una diócesis con veinte grupos de trabajo sobre sinodalidad y directivos muy bien pagados.
Un monasterio con diez religiosos fervorosos evangeliza más que cien páginas de jerga eclesial. Un sacerdote que en el altar muestra visiblemente que cree estar ante Dios puede llevar a más personas a la fe que una conferencia sobre liturgia participativa.
Aquí se encuentra quizá la alternativa que el Sínodo ha subrayado demasiado poco: no menos escucha, sino más santidad. No menos participación, sino más conversión. No menos diálogo, sino más anuncio.
La liturgia como prueba decisiva
Desde una perspectiva clásica, también llama la atención que la crisis de la liturgia haya recibido comparativamente poca atención central. Porque quien quiera comprender realmente el estado de una Iglesia debe mirar su culto.
Lex orandi, lex credendi: la manera en que se reza expresa la fe.
Cuando los católicos apenas comprenden ya que la Misa es el sacrificio sacramental y presente de Cristo; cuando disminuye el sentido de lo sagrado, desaparece el silencio, los confesionarios permanecen vacíos y la adoración eucarística queda relegada a los márgenes, entonces la Iglesia no tiene un problema de estructuras de gobierno.
Tiene un problema de fe.
Una nueva estructura de participación no puede solucionarlo. Tampoco una nueva asamblea. Quizá sí pueda hacerlo un redescubrimiento de Dios.
La paradoja de la participación
El proyecto sinodal pone énfasis en la participación. Pero aquí aparece una extraña paradoja.
Las personas que participan intensamente en los procesos consultivos eclesiales no son necesariamente representativas de toda la Iglesia.
El católico silencioso que acude cada mañana a Misa, reza el rosario y enseña el catecismo a sus nietos normalmente no redacta un informe sinodal. El joven católico que conduce tres horas para asistir a una liturgia tradicional normalmente no forma parte del grupo de trabajo diocesano.
Una madre de seis hijos que intenta educar católicamente a su familia quizá apenas tenga tiempo para «sesiones de escucha». Una religiosa contemplativa no rellena cuestionarios.
Sin embargo, su fe puede estar más profundamente arraigada que la de los participantes profesionales en las asambleas eclesiales.
Quien escucha únicamente a quienes toman el micrófono puede olvidar fácilmente que el pueblo de Dios es mucho más amplio que el círculo reunido alrededor de la mesa de consulta.
¿Sinodalidad o colegialidad?
Quizá parte de la confusión desaparecería si volviéramos a hablar con mayor precisión.
La tradición católica conoce un concepto claro: la colegialidad. Los obispos forman, junto con Pedro y bajo Pedro, el colegio episcopal. Existen además consejos presbiterales, consejos pastorales, sínodos, capítulos, comunidades religiosas e innumerables formas de consulta.
¿Por qué era necesaria para todo esto una nueva categoría omnicomprensiva: la sinodalidad?
Precisamente porque el término es tan amplio —resulta difícil incluso definirlo—, cada persona puede entender algo diferente.
Para uno significa escucha. Para otro, descentralización. Para un tercero, democratización. Para un cuarto, renovación pastoral. Para un quinto, reforma del ministerio eclesial. Para un sexto, una moral sexual diferente.
Un concepto que puede significarlo todo termina por no significar nada.
Por eso es legítima la pregunta sobre la proporcionalidad. ¿Cuánta energía más debe dedicarse a esto? ¿Cuántas reuniones? ¿Cuántos equipos sinodales? ¿Cuántos informes? ¿Cuántas evaluaciones de evaluaciones?
Y, sobre todo: ¿qué ocurriría si la misma cantidad de tiempo, dinero, energía espiritual y atención episcopal se invirtiera en catequesis, seminarios, educación católica, liturgia, confesión, adoración eucarística, pastoral matrimonial y evangelización directa?
Me parece una pregunta retórica.
El problema más profundo: la eclesiología
En el fondo, la discusión no trata realmente sobre reunirse. Trata de la pregunta: ¿qué es la Iglesia?
¿Es ante todo una comunidad que busca conjuntamente qué debe llegar a ser? ¿O es primordialmente una realidad divina que ya ha recibido lo que debe ser?
La respuesta católica sólo puede ser la segunda.
La Iglesia debe convertirse constantemente, pero está edificada sobre los Apóstoles. Custodia una fe que no ha inventado.
Por tanto, toda sinodalidad debe quedar finalmente limitada por algo que no puede ser objeto de discusión sinodal: la verdad revelada por Cristo.
El mundo no espera una Iglesia sinodal
Y aquí se encuentra quizá la mayor tragedia.
El mundo moderno atraviesa una extraordinaria crisis espiritual. Las personas buscan sentido. Los jóvenes buscan identidad. Aumenta la soledad. Las familias se rompen. La tecnología penetra cada vez más profundamente en la existencia humana. La pornografía distorsiona la sexualidad. El materialismo no hace feliz. El cambio climático se convierte para muchos en una religión sustitutiva. Las personas temen a la muerte, pero apenas saben ya para qué viven.
Y en medio de este mundo, la Iglesia posee algo extraordinario.
Posee el Evangelio. Los sacramentos. La Eucaristía. La confesión. Dos mil años de sabiduría. La Sagrada Escritura. Los Padres de la Iglesia. Tomás de Aquino. Agustín. Los místicos. Los santos. Una tradición incomparable de arte, música, filosofía, moral y espiritualidad.
Y, sobre todo, Jesucristo.
El mundo no espera otra organización que lo escuche. Ya existen suficientes.
El mundo espera a alguien que le diga para qué fue creado.
De Emmaús a Jerusalén
Quizá el Evangelio de los discípulos de Emmaús ofrece, en último término, el mejor modelo para una auténtica sinodalidad católica.
Cristo camina con los discípulos. Los escucha realmente. Les pregunta qué les preocupa. Les permite hablar. Hay espacio para su decepción.
Hasta aquí, cualquier manual de sinodalidad podría estar de acuerdo con entusiasmo.
Pero después llega el momento decisivo.
Cristo no confirma su interpretación. Los corrige. Les explica las Escrituras. Les enseña a comprender los acontecimientos. Y finalmente lo reconocen al partir el pan.
Esta es la sinodalidad católica en su forma más pura.
Y después los discípulos no permanecen indefinidamente reunidos en Emmaús evaluando su experiencia del camino. Se levantan. Regresan a Jerusalén. Salen a anunciar.
El proceso sinodal se ha quedado atascado en Emmaús, y la pregunta es si todavía sabe cómo salir de allí. Estamos tan ocupados discutiendo cómo debe caminar junta la Iglesia que a veces olvidamos hacia dónde camina.
En último término, la Iglesia católica no necesita un sínodo permanente sobre sí misma.
Necesita santos. Obispos que enseñen. Sacerdotes que recen. Religiosos que vivan radicalmente para Dios. Padres que transmitan la fe. Jóvenes que descubran que la verdad es algo más que una mera opinión. Una liturgia en la que Dios esté verdaderamente en el centro. Confesionarios donde los pecadores encuentren el perdón. Seminarios donde se formen hombres dispuestos a entregar su vida a Cristo.
Católicos que no pregunten constantemente cómo debe adaptarse la Iglesia al mundo, sino que tengan el valor de invitar al mundo a dejarse transformar por Cristo.
Porque, en último término, Cristo no envió a su Iglesia al mundo con las palabras: «Id y organizad procesos sinodales por todas partes».
Dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación».
Así comenzó la Iglesia. Y cada vez que se ha renovado verdaderamente, ha comenzado de nuevo allí.
Santo Padre
Permítame concluir esta carta con el mismo pensamiento con el que la comencé: la salvación de las almas.
Espero y rezo para que bajo su pontificado vuelva a quedar claramente de manifiesto que la Iglesia no está llamada a discutir indefinidamente sobre sí misma, sino a anunciar a Cristo; no a reflejar el espíritu de los tiempos, sino a conducir al mundo hacia la vida eterna.
Precisamente del sucesor de Pedro pueden esperar los fieles que, en medio de la confusión de nuestro tiempo, confirme a sus hermanos en la fe. Que nos recuerde que la verdad anunciada por la Iglesia no es una posesión de la que podamos disponer a nuestro antojo, sino un tesoro precioso que hemos recibido y debemos transmitir íntegramente.
Que anime a quienes cumplen fielmente su vocación: a los sacerdotes, a los religiosos que han consagrado su vida a Dios, a los padres que intentan educar católicamente a sus hijos contra corriente y a los jóvenes que, precisamente en una época de relativismo, anhelan la verdad, la santidad, la belleza y la aventura radical de una vida con Cristo.
Mi petición a usted es, por tanto, sencilla: denos claridad.
Cuando el mundo hable lleno de incertidumbre, deje que Pedro hable con claridad. Cuando la Iglesia se canse de las discusiones internas, muéstrenos el camino de regreso a Cristo. Cuando nos perdamos en procesos y estructuras, recuérdenos nuestra misión.
Cuando retrocedamos ante la posibilidad de anunciar el Evangelio en toda su plenitud porque podría resultar ofensivo para el hombre moderno, recuérdenos las palabras del propio Pedro: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna».
Santo Padre, escribo esto con sincera reverencia hacia su ministerio y por amor a la Iglesia. Mi crítica al proceso sinodal no nace del deseo de sembrar discordia, sino de la preocupación de que estemos perdiendo un tiempo precioso mientras tantas personas ya no conocen a Cristo.
La mies es mucha. Los obreros son pocos.
Las iglesias de Occidente se vacían mientras, al mismo tiempo, nuevas generaciones parecen buscar la verdad y la trascendencia. Precisamente ahora no necesitamos una Iglesia vacilante, sino una Iglesia misionera que conozca el tesoro que posee y no tenga miedo de mostrarlo al mundo.
Por eso rezo para que su pontificado esté marcado por una renovada concentración en aquello que constituye, en último término, el corazón de toda auténtica reforma eclesial: Cristo, la conversión, la santidad, la Eucaristía, la evangelización y la salvación de las almas.
Porque cuando todos los sínodos hayan terminado, todos los documentos hayan sido escritos, todos los organismos disueltos y nuestros propios nombres olvidados, sólo quedará la pregunta que realmente importa:
¿Hemos acercado a Jesucristo a las personas que nos fueron confiadas?
Que san Pedro interceda por usted. Que Nuestra Señora, Mater Ecclesiae, lo guarde bajo su protección. Y que el Señor le conceda sabiduría, valor y firmeza paternal para conducir a su Iglesia en la verdad y en el amor.
Con sincera reverencia y unido en la oración,
in Christo,
+ Rob Mutsaerts
Obispo auxiliar de la diócesis de ‘s-Hertogenbosch