Lo contó Javier Sierra el martes en su sección de misterios de Herrera en COPE, a cuenta de la reedición de La cena secreta, y la web de la cadena lo tituló con una frase del novelista: en el mural de Santa Maria delle Grazie, «Jesús no está instaurando el sacramento de la Eucaristía». Siguió una catequesis cátara en horario matinal. Nadie objetó nada.
No es que un novelista venda su novela (que es lo suyo, y lo hace con oficio). Es que la emisora de la Conferencia Episcopal ha divulgado como sospecha «muy fundamentada» una lectura de estructura gnóstica de la Cena del Señor, sostenida por errores que un catequista de parroquia habría parado en el primer minuto.
El argumento, resumido sin trampa, es este. Leonardo pintó a los Doce sin halo y se retrató en Judas Tadeo, de espaldas a Cristo, en casa de los dominicos, «que eran los inquisidores» (había que tener valor, se dijo). Puso pescado y no cordero. Vestía de blanco, no se casó, nunca pintó una crucifixión…
Todo delataría a un simpatizante de los últimos cátaros, herejes que, en la versión radiofónica, creían que cada hombre lleva una «chispa divina» para tratar con Dios sin intermediarios, de modo que sobraban el Papa y los sacerdotes.
La prueba reina vino después. Los cátaros, explicó Sierra, tenían un libro sagrado, el Interrogatio Iohannis o Cena secreta (de ahí el título de la novela), según el cual el traidor sería el que metiera la mano en el plato de Jesús. Y en el mural hay «un personaje, solo uno», que la alarga hacia el mismo plato que Cristo. Conclusión: «todo encaja con la fe cátara».
San Mateo, capítulo 26, versículo 23.
Y San Marcos, capítulo 14, versículo 20. La Iglesia lo proclama cada Miércoles Santo, y el apócrifo se limita a copiarlo: abre con Juan recostado sobre el pecho del Señor, preguntando quién lo entregará, y la respuesta es la de Mateo. Leonardo pintó a Mateo, el hereje copió a Mateo y en la radio de los obispos nadie reconoció a Mateo.
Tampoco se explicó en antena qué enseña ese librito, al que la crónica web de la cadena llama «texto sagrado cátaro». Es corto. Satanás modela con barro el cuerpo del hombre y encierra en él a un ángel. La Virgen es un ángel. Cristo entra en ella y sale por el oído. El Bautista es un enviado de Satanás. La ley de Moisés la dicta el diablo.
La copia de Carcassonne se cierra con una nota, probablemente de los inquisidores, que lo identifica como el libro secreto de los herejes de Concorezzo, traído de Bulgaria por su obispo Nazario, y avisa de que está lleno de errores. Los inquisidores lo anotaban como error. La radio de los obispos lo presenta como sagrado.
Eso tiene nombre desde hace dieciocho siglos. Un ángel caído que fabrica la carne, almas celestes presas en el barro, un Cristo que no toma nada de su madre (Nazario enseñaba que no asumió naturaleza humana, sino angélica), un bautismo espiritual que hace perfectos: es la gnosis, con acento búlgaro. San Ireneo le dedicó cinco libros. Tertuliano la liquidó en tres palabras, caro salutis cardo: la carne es el quicio de la salvación.
Contra su versión medieval se escribió en 1215 el primer capítulo del IV Concilio de Letrán: un solo Dios, creador de lo espiritual y de lo corporal; un Cristo que padeció en el leño de la cruz y resucitó en la carne; una resurrección con los cuerpos que ahora tenemos; un cuerpo y una sangre verdaderamente contenidos en el sacramento del altar, bajo las especies de pan y vino.
La versión que llegó al oyente fue más amable: una religión interior y sin clero que la Iglesia no podía tolerar. Es falsa. Los cátaros atribuían el mundo visible al diablo, tenían por único sacramento una imposición de manos, rehusaban comulgar y venerar la cruz y se organizaban en iglesia jerárquica, con obispos y diáconos. El consolamentum solo lo daban sus perfectos. Tenían intermediarios: los que rechazaban eran los de Roma.
Ni era aquel rito un ayuno hasta la muerte, como se dijo en antena. Eso es la endura, un suicidio ritual que a veces se permitía o aconsejaba al enfermo grave que acababa de recibirlo. La emisora confundió el sacramento de una herejía con la más sombría de sus prácticas.
La chispa sin mediaciones tiene también nombre moderno. En 2018, la carta Placuit Deo, de Doctrina de la Fe, describió un neognosticismo de salvación meramente interior, encerrada en el subjetivismo, empeñada en liberar a la persona del cuerpo y del cosmos material, y le opuso la mediación de la Iglesia y la economía sacramental. La nota de agencia sobre aquella carta sigue colgada en la web de COPE (la hemeroteca tiene esas cosas).
Queda el titular. Que la Cena de Leonardo no muestre la Eucaristía es una tesis discutible y en ningún caso una rareza: los cenáculos de los refectorios florentinos, de Castagno a Ghirlandaio, pintaban el anuncio de la traición, con Judas aislado al otro lado de la mesa. Y Leo Steinberg, que dedicó un libro entero al mural, sostiene que representa a la vez la traición anunciada y la Eucaristía instituida, con la izquierda de Cristo hacia el pan y la derecha hacia el vino.
La Iglesia no necesita a Steinberg. San Pablo escribió que el Señor tomó el pan «en la noche en que iba a ser entregado», y así se proclama en la misa; Sacrosanctum Concilium lo repite. La traición y el sacramento no se disputan el mural. Son la misma noche.
En su web, el autor es más claro: el Cristo de Leonardo no sostendría hostia ni copa, sino que haría con las manos un gesto idéntico al de las ceremonias cátaras. Donde la Iglesia ve el altar, él ve un rito cátaro. Y los obispos, en lugar de corrigerle, le ponen una radio y un micrófono.
Lo del Leonardo catarizado tampoco resiste el archivo. Cuando pintó el Cenacolo, el catarismo italiano era historia desde hacía casi dos siglos: los herejes apresados en Sirmione ardieron en la Arena de Verona en 1278 y el último rebrote se organizó desde el Piamonte entre 1290 y 1320. El Anónimo Gaddiano lo recuerda con un pitocco rosato hasta la rodilla (el blanco lo puso la radio).
En la pared de enfrente, al pie de la Crucifixión de Montorfano, están los retratos de Ludovico el Moro, Beatriz de Este y sus hijos que se atribuyen casi con seguridad a Leonardo. El hombre que nunca pintó una crucifixión pintó en una.
Su testamento, de abril de 1519, pide sepultura en Saint-Florentin de Amboise, sesenta pobres con antorchas, tres misas solemnes y treinta rezadas. Mucha misa para un cátaro. La sospecha suele apoyarse en Vasari, que en 1550 le atribuyó un ánimo tan herético que no se adhería a religión alguna y que suprimió el pasaje en 1568. Hablaba de un filósofo descreído, no de un perfecto.
Y no es un accidente. Sierra tiene sección semanal en el programa desde 2017, y la cadena ya le había dedicado otra pieza a «los misterios de la Última Cena». Su crónica web, además, recoge en frases propias, sin verbo de atribución, el autorretrato del Tadeo de espaldas a Jesús y el vínculo entre el pescado sin cordero y los cátaros. En una cadena que se proclama católica y se sitúa en el marco de la presencia evangelizadora de la Iglesia.
Voegelin vio la gnosis en el corazón de la modernidad. No llegó a oírla en la radio de los obispos, poco antes de un diplodocus de Teruel y de unas bromas sobre la inteligencia artificial.
En el mural de Milán, la mano que busca el plato de Cristo es la de Judas, y así lo cuenta San Mateo. Judas también era un obispo, como Cobo, como otros tantos.