Este sábado 12 de septiembre se cumplen veinte años del discurso pronunciado por Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona, en Alemania, una de las intervenciones más discutidas de su pontificado. La polémica internacional quedó concentrada en una dura cita medieval sobre Mahoma y la violencia, pero el argumento desarrollado por Joseph Ratzinger era considerablemente más amplio: la relación entre fe y razón y las consecuencias que se producen cuando ambas se separan.
Bajo el título Fe, razón y universidad. Recuerdos y reflexiones, Benedicto XVI regresó aquel 12 de septiembre de 2006 a la universidad en la que había ejercido como profesor. Ante representantes del mundo académico, defendió una concepción de la razón abierta a las preguntas sobre Dios, la verdad y el bien y sostuvo, al mismo tiempo, que la transmisión de la fe resulta incompatible con la violencia.
El discurso íntegro de Benedicto XVI en Ratisbona permanece disponible en la web de la Santa Sede.
La cita de Manuel II Paleólogo que eclipsó el discurso
Para introducir su reflexión, Benedicto XVI recurrió a un diálogo mantenido a finales del siglo XIV entre el emperador bizantino Manuel II Paleólogo y un persa culto acerca del cristianismo y el islam.
El emperador abordaba en aquel diálogo la cuestión de la yihad y formulaba una durísima crítica a Mahoma y a la propagación de la religión mediante la espada. Antes de reproducirla, Benedicto advirtió de la «brusquedad que nos sorprende» de aquellas palabras, una brusquedad que calificó como «inaceptable».
Fue esa cita la que desencadenó posteriormente protestas y reacciones en numerosos países de mayoría musulmana. Sin embargo, el razonamiento que interesaba a Benedicto continuaba después de aquellas palabras.
Manuel II explicaba por qué consideraba insensata la propagación de la fe mediante la violencia. «La fe es fruto del alma, no del cuerpo», señalaba el pasaje citado por el Papa. Quien pretende conducir a otra persona a la fe necesita «la capacidad de hablar bien y de razonar correctamente», «y no recurrir a la violencia ni a las amenazas».
«Para convencer a un alma racional no hay que recurrir al propio brazo», continuaba el texto.
Benedicto identificó entonces la proposición que consideraba decisiva en aquella argumentación contra la conversión forzada: «No actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios».
Cuando fe y razón se separan
A partir de ese punto, la lección de Ratisbona se alejaba de la polémica sobre el islam para desarrollar una reflexión sobre la relación entre la fe cristiana y la razón.
Benedicto XVI recorrió distintas etapas de lo que denominó la «deshelenización» del cristianismo y defendió que el encuentro entre la fe bíblica y el pensamiento griego no había sido un accidente histórico del que el cristianismo pudiera simplemente desprenderse.
Para Ratzinger, la afirmación de que actuar contra la razón contradice la naturaleza de Dios encontraba una profunda correspondencia entre la concepción bíblica de Dios y el logos griego.
La crítica se dirigía también hacia la cultura occidental moderna. Benedicto cuestionaba una concepción positivista que limita la razón a aquello que puede verificarse mediante el método experimental y deja las preguntas sobre Dios y la ética fuera del ámbito del conocimiento racional.
El Papa advertía de las «patologías» que pueden afectar tanto a la religión como a la propia razón cuando se produce esa separación. Los intentos de construir una ética exclusivamente a partir de la evolución, la psicología o la sociología resultaban, a su juicio, insuficientes.
De ahí que defendiera también la presencia de la teología en la universidad, no únicamente como disciplina histórica o ciencia humana, sino como una disciplina capaz de interrogarse racionalmente acerca de la fe.
Una razón «sorda a lo divino»
La reflexión desembocaba en una cuestión que Benedicto consideraba indispensable para el diálogo entre culturas y religiones.
Frente a la pretensión de que únicamente la razón positivista pudiera considerarse universal, advertía de que las culturas profundamente religiosas perciben la exclusión de Dios del ámbito de la razón como un ataque a sus convicciones más profundas.
«Una razón que sea sorda a lo divino y relegue la religión al ámbito de las subculturas, es incapaz de entrar en el diálogo de las culturas», afirmó.
La propuesta de Ratisbona consistía por ello en ampliar nuevamente el horizonte de la razón y favorecer un nuevo encuentro entre esta y la fe. Solo de esa manera, sostenía Benedicto, sería posible un verdadero diálogo entre las culturas y las religiones.
«No religión y violencia, sino religión y razón»
La polémica desencadenada por la cita de Manuel II obligó a Benedicto XVI a volver sobre el sentido de su intervención pocos días después.
Durante el Ángelus del 17 de septiembre de 2006, el Papa se declaró «vivamente afligido» por las reacciones provocadas en distintos países y aclaró que las palabras del emperador bizantino «de ningún modo» expresaban su pensamiento personal.
Tres días después, en la audiencia general del 20 de septiembre, explicó con mayor detalle por qué había utilizado aquel texto.
Benedicto señaló que había citado el diálogo medieval para introducir «el problema de la relación entre religión y violencia» y reconoció que aquellas palabras se habían prestado a una interpretación distinta de la que pretendía.
«Mi intención era muy distinta», explicó. Su propósito había sido partir de las palabras posteriores de Manuel II sobre la racionalidad necesaria en la transmisión de la fe para mostrar que «no religión y violencia, sino religión y razón van unidas».
El Papa insistió entonces en que las acusaciones formuladas por el emperador medieval no constituían su propia valoración del islam y reiteró su «profundo respeto» hacia las grandes religiones y, especialmente, hacia los musulmanes.
También precisó cuál había sido el verdadero objeto de aquella lección: «El tema de mi conferencia —respondiendo a la misión de la Universidad— fue, por tanto, la relación entre fe y razón».
Un debate que llega hasta veinte años después
Ratisbona continuó siendo objeto de interpretaciones contrapuestas durante los años siguientes. La crisis tuvo además consecuencias para el diálogo cristiano-musulmán.
En 2007, 138 intelectuales, clérigos y estudiosos musulmanes promovieron A Common Word Between Us and You (Una palabra común entre nosotros y vosotros), una iniciativa dirigida a responsables de distintas confesiones cristianas que buscaba establecer un terreno común a partir del amor a Dios y al prójimo. El proceso contribuiría posteriormente al establecimiento del Foro Católico-Musulmán.
Veinte años después, la discusión permanece abierta. El pasado agosto, el jesuita e islamólogo alemán Felix Körner, profesor de Teología de las Religiones en la Universidad Humboldt de Berlín, calificó el discurso de Ratisbona de «error objetivo». A su juicio, Benedicto XVI contrapuso de manera inadecuada la racionalidad cristiana a una determinada concepción de la teología islámica, aunque reconoció que la crisis terminó favoreciendo nuevos cauces de diálogo.
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Dos décadas después de aquella lección magistral, el texto de Ratisbona permite volver sobre una intervención que quedó marcada por una de sus citas, pero cuyo argumento recorría un terreno considerablemente más amplio. Frente a la violencia religiosa y frente a una razón que excluye de su horizonte las preguntas últimas, Benedicto XVI proponía recuperar el encuentro entre fe y razón como condición para el diálogo entre religiones y culturas.