Este viernes 11 de septiembre se cumplen 25 años de los atentados terroristas islamistas perpetrados por Al Qaeda contra Estados Unidos, que dejaron 2.977 víctimas mortales en Nueva York, el Pentágono y Pensilvania. Con motivo del aniversario, los obispos estadounidenses han llamado a rezar por las almas de quienes fueron asesinados, por sus familias y por los miembros de los servicios de emergencia, y han pedido a los católicos renovar su compromiso de ser «instrumentos de paz de Cristo» ante los conflictos que se extienden por el mundo.
Los atentados del 11 de septiembre de 2001 fueron ejecutados por 19 terroristas de Al Qaeda que secuestraron cuatro aviones comerciales. Dos fueron estrellados contra las Torres Gemelas del World Trade Center, en Nueva York, y un tercero contra el Pentágono, en Arlington, Virginia. En el cuarto avión, el vuelo 93 de United Airlines, pasajeros y tripulantes se enfrentaron a los secuestradores antes de que el aparato se estrellara cerca de Shanksville, en Pensilvania. Las 2.977 víctimas procedían de 90 países: 2.753 murieron en Nueva York, 184 en el Pentágono y 40 a bordo del vuelo 93.
«Nuestra fe nos levantó y nos sostuvo»
En una declaración publicada el 9 de septiembre, el arzobispo de Oklahoma City y presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos (USCCB), Paul S. Coakley, invitó a todos los católicos a recordar en la oración a quienes fueron arrebatados «en actos de violencia injustificable» hace un cuarto de siglo.
«De manera especial, abrazamos amorosamente en la oración a las familias y amigos de las víctimas, que todavía lloran la pérdida irreparable de sus seres queridos aquel día», señaló Coakley. El arzobispo recordó asimismo a los policías, bomberos y demás miembros de los servicios de emergencia, «muchos de los cuales dieron su vida en actos desinteresados de valentía».
Coakley recordó también la reacción espiritual que siguió a los atentados: «En medio de aquel terrible día y de las oscuras horas de miedo e incertidumbre que siguieron, debemos recordar también que nuestra fe nos levantó y nos sostuvo». Estados Unidos, añadió, volvió entonces su mirada hacia Dios «con una nueva intensidad y un sentido de unidad».
Veinticinco años después, el presidente de la USCCB situó esa memoria ante las guerras y conflictos actuales. «Mientras los conflictos se intensifican en todo el mundo, renovemos nuestro compromiso de ser instrumentos de paz de Cristo en un mundo cada vez más fracturado y dividido», afirmó.
Además, Coakley retomó las palabras de León XIV en su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este año y pidió rezar «por la continua sanación de nuestra nación, por las almas de todos los que perdieron la vida aquel día y por el consuelo de sus familias». Su mensaje concluye pidiendo al Espíritu Santo que conforme a los cristianos cada vez más con Jesucristo, «Príncipe de la Paz», para construir «una civilización del amor y de la fraternidad universal».
El padre Mychal Judge, capellán de los bomberos y víctima 0001
Entre los católicos cuya memoria permanece vinculada al 11-S se encuentra el padre Mychal Judge, franciscano y capellán del Departamento de Bomberos de Nueva York (FDNY), que acudió al World Trade Center para asistir espiritualmente a los bomberos y a las víctimas y murió durante las labores de emergencia.
Judge fue registrado oficialmente como la víctima 0001, la primera muerte certificada de los atentados. Precisamente con motivo de este 25.º aniversario, el Departamento de Bomberos de Nueva York ha producido Remembering Judge, una película dedicada a recordar la vida y el legado de su capellán.
El FDNY también ha preparado un segundo documental, Resilience, centrado en las consecuencias que todavía padecen los miembros del cuerpo que participaron en las tareas de rescate y recuperación entre los restos del World Trade Center. Un cuarto de siglo después, continúan registrándose enfermedades y muertes relacionadas con la exposición a las sustancias tóxicas presentes en la zona.
Juan Pablo II: «Un día tenebroso en la historia de la humanidad»
La reacción de la Iglesia llegó inmediatamente después de los atentados. Al día siguiente, el 12 de septiembre de 2001, san Juan Pablo II abrió su audiencia general expresando su «profundo dolor» por los ataques y su cercanía al pueblo estadounidense.
«Ayer fue un día tenebroso en la historia de la humanidad, una terrible afrenta contra la dignidad del hombre», afirmó el Pontífice, que calificó los atentados de «horror indescriptible» y reiteró que «los caminos de la violencia nunca llevan a verdaderas soluciones de los problemas de la humanidad».
Juan Pablo II se preguntó entonces «¿cómo pueden cometerse actos de crueldad tan salvaje?» y pidió rezar para que «no prevalezca la espiral del odio y la violencia». Asimismo, encomendó a la Virgen, Madre de Misericordia, que infundiera en los corazones «pensamientos de sabiduría y propósitos de paz».
Dos meses después, los obispos estadounidenses publicaron el mensaje pastoral Living With Faith and Hope After September 11, en el que calificaron los atentados como ataques contra Estados Unidos «y contra toda la humanidad» y ofrecieron criterios de la doctrina católica para responder al terrorismo.
El documento no planteaba la paz como una renuncia a la legítima defensa. Los obispos reconocían que la nación tenía el «derecho y el deber» de responder y proteger el bien común, y recordaban que la Iglesia admite el uso de la fuerza por una autoridad legítima en legítima defensa y como último recurso. Al mismo tiempo, insistían en los límites morales de esa respuesta: inmunidad de los civiles, proporcionalidad y respeto a la vida de los inocentes.
Asimismo, rechazaron cualquier pretendida justificación religiosa de la matanza: «No puede haber ninguna justificación religiosa o moral para lo ocurrido el 11 de septiembre». El terrorismo cometido en nombre de la religión, advertían, «profana la religión».
Benedicto XVI: «Ninguna circunstancia puede justificar actos de terrorismo»
Diez años después de los atentados, Benedicto XVI volvió sobre esta cuestión en una carta dirigida al entonces presidente de la USCCB, Timothy Dolan.
El Papa puso el acento precisamente en la pretensión de los terroristas de justificar sus acciones apelando a Dios. «La tragedia de aquel día se ve agravada por la pretensión de los autores de actuar en nombre de Dios», escribió.
«Debe afirmarse una vez más, inequívocamente, que ninguna circunstancia puede justificar jamás actos de terrorismo», añadió Benedicto XVI. «Toda vida humana es preciosa a los ojos de Dios».
El Pontífice elogió además «el valor y la generosidad» demostrados durante las operaciones de rescate y la capacidad del pueblo estadounidense para continuar adelante «con esperanza y confianza». Asimismo, pidió un compromiso firme con la justicia y una «cultura global de solidaridad» capaz de crear las condiciones para una paz más duradera.