El papa León XIV ha recordado este jueves a los obispos de reciente nombramiento que, antes que gobernantes de una diócesis, continúan siendo discípulos de Cristo y que, entre las numerosas responsabilidades que asumirán, permanecer con Él debe ocupar el primer lugar. «Somos obispos, pero ante todo somos discípulos», ha afirmado.
El Pontífice ha recibido esta mañana en el Aula del Sínodo a los participantes en el curso de formación «Obispos, servidores de la comunión en la Iglesia y en el mundo de hoy», con el que concluyen las jornadas de formación celebradas en Roma para 147 nuevos obispos procedentes de los cinco continentes. León XIV les ha pedido cercanía con los sacerdotes y fieles, una auténtica paternidad episcopal y un corazón misionero, y les ha recordado que las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial, pese a sus posibilidades, «no pueden liberar a la humanidad del pecado y de sus consecuencias».
Lea también: 147 nuevos obispos comienzan en Roma los cursos de formación de la Santa Sede
A continuación, reproducimos íntegramente el discurso de León XIV:
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
¡La paz esté con vosotros!
En este momento, antes de entrar en el tema de la jornada, podemos hacer una oración por el descanso eterno del padre del Pro-Prefecto del Dicasterio para la Evangelización, cardenal Tagle, y por el consuelo de toda la familia.
[Rezo del Ave María]
Estoy sinceramente muy contento de encontrarme con vosotros al término de estos días de formación destinados a los nuevos obispos y agradezco la preparación a los Dicasterios para los Obispos, para las Iglesias Orientales y para la Evangelización – Sección para la Primera Evangelización y las Nuevas Iglesias Particulares. Algunos de los que han trabajado en la organización están aquí y les doy las gracias, habiendo conocido un poco lo que significa organizar este programa.
Habéis vivido una experiencia singular de fraternidad: juntos habéis escuchado, rezado, celebrado la Eucaristía y compartido las esperanzas y los sueños que lleváis en el corazón por las Iglesias que el Señor acaba de confiar a vuestro cuidado de pastores. Todo esto os ayudará a recordar algo muy sencillo y precioso: ningún obispo camina solo.
Queridísimos, sabed que estáis en mi oración, y con vosotros vuestras Iglesias: los sacerdotes, los diáconos, los consagrados y las consagradas, los seminaristas, las familias, los jóvenes, los ancianos, los pobres, quienes sufren y quienes todavía esperan encontrar la alegría del Evangelio. Todos deben encontrar un lugar en el corazón del obispo, porque todos tienen ya un lugar en el corazón de Cristo. Por eso, quisiera ahora compartir con vosotros algunas reflexiones sobre el tema: «Obispos, servidores de la comunión en la Iglesia y en el mundo de hoy».
Ante todo, permanecer con Jesús. Entre las muchas cosas que estaréis llamados a hacer como obispos, esta es la más importante. Somos obispos, pero ante todo somos discípulos. Para hablar de Él, necesitamos estar con Él; para guiar a su pueblo, debemos dejarnos cada día, cada día, guiar por Él. «Instituyó a Doce —nos dice el Evangelio de san Marcos—, a quienes llamó apóstoles, para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar» (Mc 3,14). Este es el orden del Evangelio: estar con Él y, desde Él, ser enviados. No lo olvidemos nunca. Tened siempre, por tanto, en el corazón vuestro tiempo con el Señor: la Eucaristía, la Palabra de Dios, la oración y aquellos momentos en los que podéis estar en su presencia con el corazón sencillo del discípulo que se deja amar por su Señor. Nuestro ministerio nace de ahí. Y cuando el corazón permanece cerca de Él, también el servicio se vuelve más sereno, más libre, más fecundo.
Un segundo aspecto: tener el corazón de Jesús, Buen Pastor, un corazón completamente vuelto hacia el Padre y, precisamente por eso, totalmente entregado a los hermanos. Jesús dice: «Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas» (Jn 10,11). Este es nuestro modelo. El obispo es un hombre que aprende cada día más a amar a su pueblo: a conocer las alegrías y los dolores de su gente, a compartir sus sueños, a alegrarse al ver crecer las comunidades. Ordenaréis sacerdotes y diáconos, encontraréis jóvenes llenos de entusiasmo, veréis la generosidad silenciosa de tantos religiosos, religiosas, misioneros, catequistas y familias, y descubriréis cada vez más cuán hermoso es el Pueblo de Dios. Amad a la gente que el Señor os ha confiado. Aprended sus nombres, escuchad sus historias, entrad, cuando podáis, en sus casas, rezad con ellos. Especialmente en las Iglesias jóvenes, muchas veces la presencia del obispo dice muchísimo, incluso antes que sus palabras. Una visita, una bendición, el tiempo dedicado a un sacerdote, la escucha de una familia, el diálogo con un joven: son pequeños gestos, pero pueden permanecer en el alma de una persona durante toda la vida.
Otra característica del obispo es la que la tradición llama sollicitudo pastoralis, la solicitud pastoral. No significa simplemente tener muchas responsabilidades. Es algo más profundo: es llevar al propio pueblo en el corazón. San Pablo llamaba su «preocupación cotidiana» (2 Cor 11,28) a la solicitud por todas las Iglesias. Así, la Iglesia a la que habéis sido enviados se convierte cada vez más en parte de vuestra vida, casi en parte de vosotros mismos. Esto es propio de la paternidad episcopal: tener un alma grande, lo suficientemente grande como para hacer espacio a todos, llevando dentro de sí a sus hijos y presentándolos cada día al Señor en la oración. El papa Francisco recordaba que «la cercanía es uno de los rasgos de Dios con su pueblo» (Homilía en el centenario del nacimiento de san Juan Pablo II, 18 de mayo de 2020). Y precisamente hablando a los obispos del Curso de formación, el 12 de septiembre de 2019, decía: «Nosotros existimos para hacer palpable esta cercanía». ¡Qué palabras tan preciosas para nosotros! ¡Que la gente pueda sentir, a través de nuestra presencia, algo de la ternura y de la paternidad de Dios! Y esto vale de manera especial para los sacerdotes.
A este respecto, queridos hermanos, os recomiendo amar a vuestros sacerdotes. Que encuentren en cada uno de vosotros un padre y un hermano. Escuchadlos, animadlos, rezad por ellos, alegraos del bien que hacen y acompañadlos con confianza en su ministerio. Prestad una atención particular a los ancianos y enfermos. Hacedles sentir que son valiosos, que la Iglesia les está agradecida y que el obispo no los olvida. A veces basta una llamada telefónica, una visita, una palabra afectuosa por vuestra parte.
Otro rasgo de nuestro ministerio que quisiera recordar es, según la bellísima expresión de san Agustín, el de ser un «amoris officium» (In Iohannis Evangelium, 123, 5): un servicio de amor. Nuestra predicación es un acto de amor, al igual que la escucha, la oración, el discernimiento, el tiempo dedicado a las personas, la presencia. Es la caridad pastoral, que permite a Cristo Pastor llegar al pueblo que Él ama a través de nuestra pobre persona.
Vivimos en una época de cambios rápidos. Los desarrollos de las tecnologías de la comunicación y de la inteligencia artificial han abierto posibilidades que, hasta hace pocos años, ni siquiera habríamos imaginado. Pero ciertamente no pueden liberar a la humanidad del pecado y de sus consecuencias: lo demuestran trágicamente las crisis que está atravesando. En un escenario complejo y, en ciertos aspectos, inquietante como el actual, la Iglesia celebró el año pasado el Jubileo de la Esperanza. ¿Quizá porque vive fuera del mundo? Al contrario, porque desde Cristo muerto y resucitado es enviada a anunciar a todos el Evangelio de la salvación. Y nosotros, los obispos, somos los primeros destinatarios de este mandato. Con la encíclica Magnifica humanitas considero haber ofrecido, in primis a los pastores de las Iglesias, una visión y un método para afrontar el gran desafío de la custodia de lo humano en la época de la inteligencia artificial. Os animo a promover en vuestras diócesis itinerarios de reflexión y diálogo, para formar y sostener a cuantos quieran comprometerse al servicio de la civilización del amor.
Muchos de vosotros procedéis de Iglesias jóvenes. Conocéis la belleza y también el esfuerzo de la misión, de una Iglesia que quizá posee poco, pero que es rica en una fe grande. Por eso os invito a conservar un corazón misionero. Es un don precioso que el Señor ha puesto en vuestras manos y que puede hacerse todavía más grande en vuestro ministerio episcopal. El obispo misionero tiene un corazón abierto a todos: no solamente a quienes frecuentan nuestras parroquias, sino también a los cristianos de otras confesiones, a los creyentes de otras religiones, a las personas que no profesan una fe, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. A todos escucha y respeta, a todos se acerca y sabe reconocer el bien presente en el corazón de cada persona.
San Agustín, hablando a su pueblo, decía: «Vobis enim sum episcopus, vobiscum sum christianus» —lo conocéis todos, creo—, «para vosotros […] soy obispo, con vosotros soy cristiano» (Sermo 340, 1). Caminemos con nuestro pueblo: recemos con ellos, escuchemos con ellos la Palabra, celebremos con ellos la Eucaristía. Busquemos con ellos cada día el rostro del Señor.
Queridísimos hermanos, mientras regresáis a vuestras Iglesias, llevad con vosotros esta certeza: el Señor, que os ha llamado, es fiel. Os precederá en el camino, os acompañará durante el recorrido y, con el don de su Espíritu Santo, os dará luz cada día. Y María, Madre de la Iglesia, os custodie siempre a vosotros y al pueblo que os ha sido confiado.
Gracias.