Por Stephen P. White
Hoy la Iglesia celebra la fiesta de san Gregorio Magno, papa y doctor de la Iglesia. Nació alrededor del año 540, pocos años antes de la muerte de otro gran santo europeo (y copatrono de Europa), Benito de Nursia. Las vidas de estos dos hombres se asemejan de maneras interesantes. Pero las formas en que sus vidas finalmente divergen revelan también algo sobre cómo el Señor provee para su Iglesia.
Gregorio nació en una de las grandes familias de Roma. Entre sus miembros hubo muchos senadores, cónsules y más de un emperador. El padre de Gregorio fue senador y su bisabuelo fue el papa san Félix III.
Roma, en los días de Gregorio, era solo una sombra de lo que había sido. El saqueo de Roma por los visigodos en el 410 (que impulsó a Agustín a escribir La ciudad de Dios) había sido seguido por una invasión aún más devastadora a manos de los vándalos en el 455. El Imperio de Occidente se derrumbó en el 476.
La propia Roma, que en su apogeo imperial contaba con una población de más de un millón de habitantes, se había reducido a apenas 30.000-40.000 a mediados del siglo VI. La guerra, la peste y las demás miserias del colapso imperial habían transformado terriblemente a Roma.
En la época en que nació Gregorio, gran parte de la península italiana llevaba casi un siglo bajo control bárbaro, y las fuerzas del emperador Justiniano (que aún gobernaba en Constantinopla) se hallaban en medio de una campaña de dos décadas para arrebatar a los godos los restos del Imperio de Occidente. Fue un esfuerzo que nunca llegó a triunfar del todo.
Esa era la Roma de Gregorio: asolada por la peste, vaciada, mal defendida.
En su juventud, Gregorio sirvió en la administración de la ciudad, llegando a alcanzar el rango de Prefecto de la Ciudad, pero anhelaba retirarse a la vida monástica de oración y cuidado de los pobres. Tras la muerte de su padre, eso fue precisamente lo que hizo: fundó (y entró en) un monasterio en el solar de la villa familiar en el monte Celio. Gastó su herencia al servicio de los pobres y vivió con un ascetismo tan estricto que padeció mala salud durante la mayor parte del resto de su vida.
Si la historia de Gregorio hubiera terminado allí, quizá seguiríamos contando la de un santo: en un tiempo en que la civilización se derrumbaba a su alrededor, un joven rico dejó atrás una carrera prometedora y se retiró a un monasterio para dedicarse a la oración y al servicio de los pobres.
Esa es, a grandes rasgos, la historia de Benito de Nursia, que escribió su Regla y fundó sus primeros monasterios en las décadas anteriores al nacimiento de Gregorio, y que murió cuando Gregorio era un niño pequeño.
Gran parte de lo que sabemos de la vida de san Benito procede de la pluma del propio Gregorio, que dedicó una larga sección de sus Diálogos a narrar historias de la santidad, los milagros y el modo de vida de Benito.
Estos dos hombres, Gregorio y Benito, ofrecen así un interesante par para la comparación y el estudio. Benito, lo sabemos, transformó Europa mediante su renovación y reforma del monacato occidental. Los monasterios que fundó crecieron y se extendieron hasta convertirse en algunas de las instituciones más grandes y duraderas del mundo medieval.
Gregorio, por su parte, comprendía el valor esencial y la importancia del proyecto monástico. Pero Dios tenía un camino distinto para Gregorio.
Gregorio fue arrancado de la vida monástica que tanto amaba y enviado como representante papal a la corte imperial de Constantinopla. El papa necesitaba un defensor fiable que implorara la protección militar del imperio, pero también necesitaba a alguien capaz de manejar las disputas eclesiales. La confusión en el imperio se veía agravada y complicada por la confusión y la división dentro de la Iglesia. El II Concilio de Constantinopla había provocado una gran controversia e incluso un cisma.
Gregorio, decidió el papa, era su hombre.
Mientras a Benito se le permitió su monacato, a Gregorio se le privó de él y se le envió al Oriente a lidiar con la política y la administración. Regresó a Roma solo para verse de nuevo privado de su monasterio.
Gregorio fue elegido obispo de Roma en el 590. Su administración de las limosnas y de los bienes de la Iglesia, en Roma y en el extranjero, fue a la vez eficiente y centrada en las necesidades de los pobres. Pero las incesantes crisis políticas que acompañaron la invasión lombarda y un emperador distante también exigían su atención constante, lo cual ayudó a salvar la ciudad de una destrucción mayor.
No fue solo en los asuntos mundanos donde destacó la administración de Gregorio. Gregorio no inventó el canto llano, pero su labor de organizar y estandarizar la música litúrgica de la Iglesia es la razón por la que el canto gregoriano lleva su nombre. Escribió una regla para la conducta del clero y gestionó disputas entre obispos y autoridades civiles, una distinción que se iba volviendo cada vez más borrosa en los días de Gregorio.
Fueron la piedad, la oración y el amor a los pobres de Gregorio lo que lo hicieron santo, pero fueron su prudencia y su capacidad de administración —esa cualidad tan poco glamurosa— lo que hicieron grande su pontificado.
El genio de Gregorio no consistió en esa llamativa cualidad de originalidad que tan a menudo y con tanta facilidad admiramos en los grandes santos. No fue una mente teológica excepcional como Agustín o Tomás de Aquino. No fue un místico visionario. No llevó estigmas. No viajó a tierras paganas. (Gregorio sí envió famosamente a uno de sus propios monjes como misionero a Inglaterra —un tal Agustín, no el santo de Hipona—, que se convirtió en el primer obispo de Canterbury.)
Pero vivió con sencillez y con amor. Fue obediente a lo que su Iglesia y su Dios le pedían, incluso cuando eso lo alejó del monasterio que amaba. Empleó los talentos que tenía, y los empleó con un efecto tremendo y duradero. Al hacerlo, Gregorio sentó las bases del papado medieval, fundamentos no menos importantes para el auge de la cristiandad que los puestos por su hermano monje, Benito.
Si hay lecciones para nuestro tiempo en la vida de san Benito, seguro que las hay tantas en la vida de san Gregorio Magno.
Sobre el autor
Stephen P. White es director ejecutivo del Saint John Paul II National Shrine y fellow en Estudios Católicos en el Ethics and Public Policy Center.