La santa que amó a un Dios que no la hacía sentir bien

Diez años después de su canonización, la noche oscura de la Madre Teresa desmonta al Dios-terapeuta de nuestra época

La santa que amó a un Dios que no la hacía sentir bien

La Madre Teresa se ha convertido en estampa, en imán de nevera, en cita motivacional impresa sobre un atardecer. Conviene recordar lo que hay debajo: medio siglo sin sentir a Dios. Cuando en 2007 se publicaron sus cartas íntimas, muchos se escandalizaron, y aquel escándalo no reveló las dudas de una santa, sino nuestra propia idea de Dios. Es la idea que el teólogo Ulrich L. Lehner desmonta en Dios no mola, publicado en español por Homo Legens con prólogo de Scott Hahn.

Cada 5 de septiembre la Iglesia celebra a santa Teresa de Calcuta, y este año la fecha llega cargada. El día antes, 4 de septiembre, se cumplió una década desde que el papa Francisco la proclamó santa ante una plaza de San Pedro abarrotada. Diez años bastan para que una figura se convierta en estampa. Y, sin embargo, lo que hoy sabemos de la Madre Teresa la vuelve casi insoportable para la sensibilidad religiosa dominante. Porque la mujer que el mundo entero admira pasó medio siglo sin sentir a Dios.

No es una exageración piadosa. Cuando en 2007 se publicaron sus cartas íntimas, reunidas en Ven, sé mi luz, muchos se escandalizaron. En ellas, la fundadora de las Misioneras de la Caridad confesaba a sus directores espirituales una sequedad que se prolongó casi cincuenta años: «¿Dónde está mi fe? Incluso en lo más profundo… no hay nada más que vacío y oscuridad». Y en otra página: «el silencio y el vacío son tan grandes que miro y no veo, escucho y no oigo, la lengua se mueve pero no habla». La santa de las sonrisas, la que recogía moribundos en las cunetas de Calcuta, rezaba, servía y amaba en una noche cerrada, sin el consuelo que damos por supuesto que Dios debe a sus mejores amigos.

Algunos —Christopher Hitchens, uno de los mayores detractores de Madre Teresa, el primero— leyeron aquellas cartas como la confesión de una atea vergonzante que había perdido la fe y continuaba por inercia. Es una lectura tosca, que confunde la ausencia de sentimiento con la ausencia de fe. La Madre Teresa no dejó de creer: dejó de sentir. Y la diferencia lo es todo. Siguió arrodillándose ante un Dios que no le respondía, precisamente porque su fe ya no dependía de la respuesta. Los místicos llevan siglos cartografiando ese territorio; la novedad es que hoy apenas conservamos categorías para entenderlo, porque hemos reducido la religión a una administración de emociones agradables.

El escándalo, en el fondo, fue revelador, aunque no por lo que muchos creyeron. No reveló las dudas de una santa: reveló nuestra propia idea de Dios. Nos habíamos acostumbrado a pensar que la fe verdadera se reconoce por lo bien que hace sentir, y que un Dios que ama de veras reparte, a cambio de la devoción, una dosis constante de paz interior. Bajo esa lógica, la Madre Teresa a oscuras es un fracaso. Bajo la lógica del Evangelio, es exactamente lo contrario: la prueba de que se puede amar a Dios por Él mismo, y no por lo que reparte.

Conviene nombrar al ídolo. El teólogo Ulrich L. Lehner lo ha hecho sin rodeos en un libro cuyo título es ya una bofetada: Dios no mola. Su diagnóstico es que la cultura contemporánea —y buena parte de la catequesis y de la predicación— ha fabricado un Dios «majo», una especie de terapeuta divino al que se acude en los malos momentos y se olvida en los buenos. Un Dios psiquiatra, escribe, o peor aún, una máquina expendedora: se introducen unas monedas —unas oraciones— y se aguarda el producto. Cómodo, previsible, indoloro. Y por completo incapaz de cambiar una vida.

Ese Dios de diseño tiene incluso nombre técnico entre los sociólogos de la religión: «deísmo moralista terapéutico». La creencia, extendidísima entre los jóvenes criados en ambientes creyentes, de que existe un Dios bondadoso que quiere sobre todo que seamos buena gente y estemos contentos, y que no exige gran cosa a cambio. Lehner la escuchó en labios de sus propios alumnos universitarios, católicos de misa dominical persuadidos de que Dios es, ante todo, agradable. Su conclusión es demoledora: «¿Por qué cambiar tu vida por un Dios así? No tiene exigencias».

Frente a ese fantasma amable, Lehner recupera al Dios de la Biblia, que es cualquier cosa menos manejable: el que habla desde una zarza ardiente, el del trueno y el terror, el que arrastra a Abrahán hacia lo desconocido y ordena a Moisés descalzarse en tierra sagrada. Un Dios «terrible, absorbente, a veces aterrador», y precisamente por ello capaz de transformarnos. Toma prestada una frase de las Crónicas de Narnia que resume el libro entero: hablando de Aslan, el león que figura a Cristo, el señor Castor advierte que «no es seguro, pero es bueno». Ahí está toda la diferencia. El Dios verdadero no es seguro. Es bueno, que es algo infinitamente más serio.

La Madre Teresa lo sabía en carne propia. San Juan de la Cruz, a quien Lehner cita, lo había dejado escrito siglos antes: «Si crees que puedes encontrar a Dios en la comodidad de tu habitación, nunca le encontrarás». La noche oscura no es un accidente en el camino de los santos; con frecuencia es el camino mismo. Dios calla no porque abandone, sino porque purifica; retira el consuelo sensible para que el amor sea amor y no negocio. La religiosa siguió recogiendo agonizantes durante décadas sin recibir a cambio ni un destello de la dulzura que le habían prometido de novicia. Y siguió. Esa perseverancia en el vacío es, tal vez, el milagro mayor de su causa, superior a cualquier curación, porque no se apoyaba en ningún sentimiento.

Cuesta imaginar un testimonio más incómodo para nuestra época. Vivimos rodeados de una espiritualidad de bienestar que ha colonizado incluso los templos: aplicaciones de meditación, retiros de autocuidado, un cristianismo blando que promete serenidad y esquiva con cuidado la palabra «cruz». Es la versión religiosa del consumo: se elige lo que reconforta y se descarta lo que exige. El problema —lo intuyó Lehner y lo demostró con su vida la Madre Teresa— es que un Dios que solo sirve para sentirse bien acaba por no servir para nada. Quien dice creer en «algo» y no pisa una iglesia no ha perdido la fe en un Dios exigente: ha perdido el interés por un Dios aburrido.

De ahí que la efeméride de estos días sea bastante más que un aniversario. Diez años después de su canonización, la Madre Teresa no nos interpela sobre todo por lo que hizo —que fue inmenso—, sino por cómo lo hizo: enamorada de un Dios que no le pagaba en emociones. Su noche oscura es un antídoto contra la caricatura terapéutica. Nos recuerda que la santidad no consiste en sentir a Dios, sino en serle fiel cuando no se le siente; que la fe adulta no es la que pide a Dios que nos haga la vida más llevadera, sino la que le permite a Dios hacernos la vida más grande.

Aquel viejo sacerdote alemán que Lehner evoca en su libro rezó, la víspera de su ordenación, en la Alemania de 1936, una oración que la Madre Teresa habría firmado: «Señor, toma todo lo que soy, pero por favor, no me des una vida aburrida». Dios se la concedió con creces —guerra, cárcel, un gulag soviético— y el hombre murió sin haberse aburrido un solo segundo. Es la contraseña de los santos. No piden comodidad; ofrecen entrega. No buscan un Dios que mole: buscan al Dios por el que vale la pena vivir.

Este 5 de septiembre, entre la estampa dulcificada y el imán de nevera, merece la pena rescatar a la Madre Teresa verdadera: la de la noche interminable, la que amó a oscuras. Su vida entera fue la refutación de una mentira que hoy se predica con demasiada frecuencia desde ambos lados del altar. Dios no está para hacernos sentir bien. Está para hacernos santos. Y esas, como ella descubrió en cincuenta años de silencio, son dos cosas muy distintas.

Dios no mola. Rechazar la teología de la cultura pop y descubrir al Dios por el que vale la pena vivir, de Ulrich L. Lehner. Prólogo de Scott Hahn. Traducción de Helena Faccia Serrano. Bibliotheca Homo Legens.

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