Por Randall Smith
La constitución pastoral del Concilio Vaticano II Gaudium et spes dice que la Iglesia tiene el deber de responder a «los perennes interrogantes de los hombres sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas», en un «lenguaje inteligible a cada generación». También se oye a menudo que la Iglesia debería estar «en diálogo» con el mundo moderno. Esto no es lo mismo que «acompañar» a las personas, lo cual presupone que no hay desacuerdo. En el diálogo, las partes pueden disentir con la esperanza de llegar a un mejor entendimiento mutuo.
Así que aceptemos por el momento la idea de que es bueno que la Iglesia se proponga entrar en un diálogo con esta generación. Pero ¿un diálogo con quién? ¿Y qué lenguaje les sería inteligible? La «modernidad» no es una entidad monolítica. La Iglesia no tiene meramente un interlocutor, sino una plétora de ellos, cada uno con sus propios presupuestos y su propio «lenguaje». Así que la Iglesia debe aprender a hablar en múltiples lenguas a audiencias distintas. Para ser eficaz, el enfoque que ha de adoptar diferirá según el grupo al que se dirija.
Algunos de los interlocutores de la Iglesia, por ejemplo, siguen aceptando la vieja dicotomía ilustrada entre la «ciencia» razonable y la «fe» irracional. La Iglesia se dirige a este grupo intentando mostrar la razonabilidad de la fe. Estos textos tienden a ser más densamente «filosóficos».
Cuando la Iglesia intenta mostrar que los postulados de la fe son tan razonables como cualquier filosofía, habrá «cristianos bíblicos» que acusen a la Iglesia de someter las Escrituras a la razón humana y de crear una «teología no bíblica». Cuando la Iglesia se esfuerza por mostrar cómo sus posiciones están bien sustentadas bíblicamente, el grupo ilustrado la acusa de creer en la autoridad de un texto anticuado y arcaico. Así que la situación es aún más complicada que tener que aprender a hablar múltiples lenguas. Hablar «inteligiblemente» a un grupo puede alienar a los otros.
Hay quienes encuentran demasiado restrictivo el lenguaje de la ciencia y la razón ilustradas. Prefieren el lenguaje de la pasión y la belleza. Para ellos, el lenguaje filosófico que la Iglesia usa en su conversación con los científicos es demasiado «lógico», demasiado «deductivo», demasiado atado a categorías filosóficas. La Iglesia, dicen, necesita ser más «pastoral», con lo cual quieren decir más «abierta», más atenta a las emociones de la gente y a su «experiencia vivida». Está bien, pero no es un enfoque que funcione bien con todos, sobre todo con los científicos de las ciencias duras y los filósofos serios para quienes tales «apelaciones emocionales» parecen manipulación de los ignorantes.
Algunos, como los marxistas, critican a la Iglesia por preocuparse en exceso de las cosas del Cielo y no lo bastante de las injusticias que se hallan en la tierra. Llaman a la fe «el opio de las masas» porque la esperanza del Cielo, creen, anestesia a los fieles ante los abusos que sufren ahora, sobre todo por las injusticias políticas y sociales. Se trata, obviamente, de una crítica injusta, pues la Iglesia nunca ha sido tímida a la hora de combatir la injusticia humana, y ningún grupo ha hecho más por ayudar a los pobres y a las clases trabajadoras que la Iglesia. Así que la Iglesia hace declaraciones sobre la injusticia política, social y económica.
Cuando lo hace, sin embargo, otros grupos la criticarán por ser «demasiado política», insistiendo en que la Iglesia debería estar concentrada como un láser en «llevar a la gente al Cielo». Y cuando la Iglesia defiende a los pobres y a los más débiles de la sociedad, los seguidores de Friedrich Nietzsche acusan a la Iglesia de sostener una «moral de esclavos», socavando la fuerza, el impulso y la «hombría» de la cultura.
La Iglesia necesita dialogar con todos estos grupos distintos. Pero el «lenguaje» y el enfoque con que la Iglesia se dirige a un grupo no necesariamente funcionarán con los otros. Para algunos, los documentos de la Iglesia se basan demasiado en las Escrituras. Para otros, no hay suficiente Escritura. Para algunos, no hay suficiente preocupación social. Para otros, hay demasiada. Algunos critican a la Iglesia por ser «antidemocrática» y «monárquica». Otros la condenan por ser «socialista». Algunos se quejan de que debería haber más condena de los políticos. Otros insisten en que no debería haber ninguna.
¿Han estado alguna vez en una conversación de a dos cuando una tercera persona, sin entender la historia y el contexto de la conversación, irrumpe con un comentario, una crítica o una pregunta que poco o nada tiene que ver con la conversación que ustedes venían teniendo? ¿Les resulta molesto? ¿Han querido alguna vez decir: «Oye, entérate de qué conversación está ocurriendo antes de irrumpir; entendiste del todo mal lo que estábamos diciendo»?
Si es así, entonces quizá podrían decirse, cuando leen un documento de la Iglesia cuyo estilo y tono no les gustan, algo como esto: «Sabes, quizá este documento no es para mí. Quizá no soy yo con quien este documento está en conversación. Quizá está destinado a alguien más, con preocupaciones distintas». Hay otras personas en el mundo, al fin y al cabo, y no todas son exactamente como usted. La Iglesia intenta dirigirse a todos. Pero no siempre puede dirigirse a todos en uno y el mismo documento, usando el mismo lenguaje y el mismo enfoque.
Hay también esto. Aprendí como estudiante que cuando habla un maestro sabio, uno escucha. Tuve profesores que eran eruditos brillantes y grandes conferenciantes, y otros que eran brillantes pero no grandes conferenciantes. Algunos eran excelentes en el interrogatorio socrático, pero la mayoría no. Y había uno que musitaba en voz baja sentado a un escritorio, pero si uno escuchaba con atención, descubría no solo que su saber era asombroso, sino que también tenía un humor seco hilarante.
La cuestión es que, si uno sabe que tienen ese don de la sabiduría, escucha con toda la mente y el corazón, sea cual sea el modo en que la impartan. De lo contrario, es como que alguien le sirva a uno la mejor y más nutritiva comida que ha tenido en su vida, pero uno la rechace porque no le gusta el estilo del plato en que se la sirven.
Así no se alimenta uno.
Sobre el autor
Randall Smith ocupa la cátedra J. Michael Miller de Teología en la University of St. Thomas de Houston. Su libro más reciente, Mapping the Itinerarium: A Companion to Bonaventure’s Journey of the Mind into God, acaba de publicarlo Emmaus Press. Sus artículos pueden hallarse aquí: Randall Smith Portfolio.