Por Monseñor Charles Fink
¿Por qué hay algo en vez de nada? ¿Por qué ese algo es tal que tiene la notable capacidad de evolucionar hasta el universo complejo y, a la vez, ordenado que contemplamos, tan ordenado que son posibles la predictibilidad y la ciencia? ¿Por qué incluso las células vivas más simples contienen información genética análoga a códigos informáticos complejos?
Estas no son preguntas sin sentido. Ni es obvio por qué la única respuesta inteligente a tales preguntas sea simplemente un tiro de dados. O las cosas son así, y punto. En todos los ámbitos del quehacer humano buscamos razones y causas que den cuenta de cómo son las cosas. Cuesta ver por qué la hipótesis que subyace a todas estas realidades extraordinarias convierte en simplones a quienes la proponen.
La filosofía de pegatina para el parachoques —del estilo «El ateísmo es un mito comprendido» o «La religión detiene un cerebro que piensa» o las alusiones a «monstruos de espagueti volador», puede ser entretenida, pero, desde luego, no llega a lo intelectualmente elevado.
El filósofo inglés Anthony Flew, tras toda una vida de erudición y de ateísmo, llegó a ver la existencia de Dios como una explicación convincente del aparentemente milagroso ajuste fino del universo en su origen aparente.
Alex O’Connor, un podcaster contemporáneo en línea, invariablemente reflexivo y cortés, aunque todavía incrédulo, concede que las demostraciones de Tomás de Aquino sobre la existencia de Dios y las pruebas de la Resurrección de Cristo son mucho más poderosas de lo que pensaba, y desde luego no desechables como elucubraciones de necios.
A menudo me pregunto cómo explican los ateos rabiosos, tan desdeñosos de la creencia en Dios e inclinados a confundir la fe con la estupidez o la superficialidad, a personas como el difunto padre Stanley Jaki, que tenía doctorados en teología y en física y hablaba siete idiomas. Los genios creyentes como Jaki quizá no abunden, pero de ningún modo son inauditos, y sugieren que la falta de inteligencia difícilmente puede aceptarse como una explicación legítima de la creencia religiosa.
Tampoco cabe la idea de que la fe en Dios sea simplemente una muleta para débiles y para quienes de otro modo son incapaces de lidiar con los rigores de la vida; ya saben, gente como san Juan Pablo II y santa Teresa de Calcuta: el uno, que ayudó a derribar el imperio soviético; la otra, que vivió entre los más pobres de los pobres en los tugurios de la India. Patéticos débiles ambos, se supone que hemos de pensar, sin comparación con los ateos valientes, brillantes y musculosos que enseñan en nuestras universidades o trabajan en los medios o en Hollywood.
Por supuesto, es verdad que muchos creyentes son almas sencillas sin títulos avanzados y que muchos, también, necesitan su fe religiosa para atravesar un día más. Hay una escena conmovedora en la película Magnolias de acero en la que el personaje de Daryl Hannah dice precisamente eso a Sally Field, destrozada por la muerte de su hija. Su diálogo no minimiza la tragedia de esa muerte. Pero, para sobrellevar la vida, Field necesita creer que Dios está al mando y que, después de la muerte, hay algo más.
Llevo cincuenta años como sacerdote católico y me he enfrentado a algunas tragedias indeciblemente desgarradoras, incluido el triple funeral de una mujer y sus dos sobrinas, muertas en un accidente de auto que no fue culpa suya. La madre de las dos niñas se había divorciado hacía poco. Las niñas eran sus únicas hijas. Todavía conservo la píxide, el pequeño recipiente de metal que se usa para llevar la Comunión a los enfermos, que me dio aquella madre, grabada con los nombres de sus hijas, a las que describió como ángeles de Dios.
Concedamos que la fe de esta mujer, en aquel punto, era en buena medida una muleta. Presidí su funeral años después, y sé que nunca volvió a ser la misma tras la pérdida devastadora de sus hermosas adolescentes. Con todo, perseveró hasta su muerte con fe, esperanza y amor. ¿Habría estado mejor sin todo eso? He conocido a cientos, quizá miles como ella, enfrentadas a dolores indecibles, algunas con la cabeza apenas sobre el agua, otras asombrosamente boyantes a pesar de la tragedia, y todas en gran parte gracias a su fe.
Así que he aquí una pregunta para todos los que no creen pero no pueden saber que no hay Dios: ¿qué clase de persona anda por ahí pateando las muletas de debajo de quienes se mantienen en pie solo con su ayuda? ¿Y qué tienen ustedes que ofrecer como alternativa?
¿Quieren cambiar el argumento y hablar de fanáticos religiosos y de la historia de las guerras de religión? La guerra ha sido la norma de toda la historia registrada hasta el presente. Y en el pasado reciente, las mayores guerras, persecuciones y matanzas de todos los tiempos han sido iniciadas y llevadas a cabo por regímenes ateos.
¿Hay gente religiosa mala? Claro. Quizá incluso religiones malas, tema para otro día. Pero la religión que enseña que Dios es amor; y que todos los que permanecen en el amor permanecen en Dios y Dios en ellos; que nos manda amar a Dios y unos a otros con toda la abnegación y el sacrificio de que seamos capaces; que afirma que Dios es Creador, Redentor y Santificador; y que nos hizo a su imagen y semejanza, no para vernos deslizar hacia la nada al cabo de un breve lapso de años, sino para vivir con él para siempre en otro reino: esa no es estúpida ni antiintelectual, ni una mera muleta.
Los creyentes en este Dios pueden dar razones de su fe, no convincentes para todos, pero tampoco necias. La necedad está del lado de quienes, incapaces de saber que no hay Dios y ofreciendo una desesperanza última como alternativa a la creencia, persisten en mofarse de los creyentes, en derribar las muletas de quienes están a punto de caer, y en pretender que si tan solo todos fueran ateos audaces como ellos, el mundo sería un lugar mejor.
Mientras haya gente así, seguiré sintiéndome realmente inteligente, y si estoy engañado, siempre habrá un montón de personas a las que les alegrará que haya necios como yo para acompañarlas en su camino por la vida.
Sobre el autor
El monseñor Charles Fink ha sido sacerdote durante 50 años en la diócesis de Rockville Centre. Es antiguo párroco y director espiritual de seminario, y vive, retirado de las tareas administrativas, en la parroquia de Notre Dame en New Hyde Park, Nueva York.