Edgard Rimaycuna, secretario personal de León XIV, es discípulo del padre Eleuterio Vásquez, «Lute», el sacerdote de Chiclayo acusado de abusar de menores impúberes de 9 y 11 años. El dato, hasta ahora inédito, no lo aporta un medio crítico con el Pontífice: lo recoge El pastor y los lobos, el libro de Santiago Roncagliolo elaborado con fuentes del entorno papal y abiertamente elogioso con León XIV. La revelación sitúa al colaborador más cercano del Papa en el círculo del sacerdote cuyo caso —instruido bajo el entonces obispo Robert Prevost mediante una investigación que la propia Iglesia califica de «tomadura de pelo»— sigue hoy sin esclarecerse, después de que una dispensa del estado clerical haya pretendido poner fin al proceso canónico.
El escritor peruano Santiago Roncagliolo acaba de publicar El pastor y los lobos (Seix Barral, Grupo Planeta), una crónica del ascenso de Robert Prevost hasta el pontificado que el propio autor presenta como la historia de un obispo que plantó cara a los abusos en la Iglesia peruana. No es un libro hostil al Papa: Roncagliolo reconoce que una de sus fuentes principales es la periodista Paola Ugaz, colaboradora estrecha de Prevost en la investigación del Sodalicio y, junto a Pedro Salinas, una de las voces que con más energía defiende públicamente la gestión del Pontífice.
Precisamente por eso resulta tan llamativo el dato que el libro deja caer, casi de pasada, y que hasta ahora no era público: Edgard Rimaycuna, el secretario personal de León XIV, es discípulo del padre Eleuterio Vásquez González, «Lute», el sacerdote de Chiclayo acusado de abusar de menores impúberes, en el caso cuya instrucción bajo la autoridad del entonces obispo Prevost la propia Iglesia admite que fue «una tomadura de pelo». Un caso que sigue abierto y que la Iglesia se empeña en no resolver.
Lo que dice el libro
Al relatar la relación entre el obispo Prevost y el padre Lute —entonces el sacerdote más popular de la diócesis, promotor de la devoción del Niño del Milagro de Eten—, Roncagliolo escribe:
«Pelear juntos unió mucho al obispo y al padre. El padre Lute le informaba de todo lo que hacía. Y el obispo Prevost estaba orgulloso de sus logros. Lute ofreció cinco mil testimonios de personas sanadas, ayudadas o salvadas por el Niño del Milagro. Consiguió veinte mil, que Prevost llevó al papa Francisco en 2019. A la vez, Prevost contaba con la popularidad de Lute para evangelizar y crear vocaciones sacerdotales. Ya como papa, se llevaría a la Santa Sede, como secretario privado, a un discípulo de Lute, Edgard Rimaycuna».
El pasaje es doblemente relevante. Primero, porque documenta una relación de estrecha confianza y colaboración entre Prevost y Lute —«el padre Lute le informaba de todo lo que hacía», «el obispo Prevost estaba orgulloso de sus logros»— en los años inmediatamente anteriores a que las víctimas denunciaran al sacerdote ante el propio Prevost, en abril de 2022. Y segundo, porque sitúa en esa órbita, como discípulo del acusado, a la persona que hoy comparte el día a día del Pontífice: su primer secretario personal.
El cura que fabricaba vocaciones
Para entender el alcance de la palabra «discípulo» hay que entender quién era Lute en la diócesis de Chiclayo. No era un párroco más: era, con diferencia, el sacerdote más carismático y popular de Lambayeque. El «Padre del Niño», el hombre que llenaba templos, que movilizaba multitudes tras el Divino Niño del Milagro, que ponía en marcha comedores y santuarios, que recogía veinte mil testimonios de fe. Un cura de trato directo y arrollador, siempre rodeado de niños y jóvenes, al que las familias abrían las puertas de casa sin reserva alguna.
Y es cierto —lo reconoce todo el entorno diocesano— que ese carisma dio frutos vocacionales: Lute impulsó a muchos chavales de sus parroquias hacia el seminario. Lo hacía como lo hacía todo: intermediando de forma muy directa con las familias, hablando con los padres, acompañando personalmente el discernimiento de los muchachos que despuntaban en sus grupos parroquiales. Era, exactamente, lo que el libro describe: el hombre con cuya popularidad «contaba» Prevost «para evangelizar y crear vocaciones sacerdotales». En ese contexto hay que leer la filiación de Rimaycuna: junto a otros jóvenes del mismo perfil —aplicados, piadosos, criados en las parroquias donde Lute ejercía su magisterio informal—, muy probablemente fue animado e impulsado hacia el seminario en aquellos años por el sacerdote hoy acusado.
Esa forma de intermediación directa con las familias tiene, además, un reverso siniestro acreditado en el propio expediente: era idéntico mecanismo de confianza el que, según las denuncias, permitía a Lute llevarse a niñas impúberes a la sierra. Como relató Ana María Quispe a Canal N, el padre Lute «era muy amigo de su familia» y su condición religiosa «le permitió convencer a sus padres» para que la niña lo acompañara a una misión a cinco horas de Chiclayo. El mismo ascendiente sobre las familias que abría las puertas del seminario a unos, abría a otras el camino de Cueva Blanca.
Quién es Edgard Rimaycuna
Edgard Iván Rimaycuna Inga (Chiclayo, 1989) es secretario personal de León XIV desde el 8 de mayo de 2025, al día siguiente de la elección. Ordenado sacerdote en Chiclayo en noviembre de 2014, celebra su primera misa en la parroquia San José Obrero de La Victoria, el mismo entorno parroquial en el que las víctimas sitúan parte de los hechos denunciados y en el que el propio Lute había ejercido como párroco. En noviembre de 2025 el Papa lo nombra Capellán de Su Santidad, incorporándolo a la Familia Pontificia. Acompaña a León XIV en el reciente viaje apostólico a España y este mismo mes de agosto es recibido en olor de multitudes en Chiclayo, donde pasa sus vacaciones. Es, en suma, la persona de mayor cercanía cotidiana al Papa dentro de la Santa Sede.
El discípulo como testigo
La revelación del libro no imputa nada a Rimaycuna. Pero sí lo sitúa donde hasta ahora nadie lo había situado: en el círculo íntimo de un sacerdote cuya vida pastoral cotidiana —esa que un discípulo comparte por definición— es precisamente lo que el proceso canónico nunca llegó a reconstruir.
Porque esas prácticas no eran clandestinas. Según las denuncias, Lute se llevaba a niñas impúberes —de entre nueve y once años— a poblados de la sierra de Lambayeque, a horas de sus domicilios, y pernoctaba a solas con ellas en una pequeña estancia de Cueva Blanca, con conductores, catequistas y feligreses como testigos de los traslados. Las víctimas describen con precisión a uno de esos testigos: el conductor que llevaba al sacerdote en aquellos viajes, un colaborador de la parroquia de San José —fácilmente identificable— que dormía en el coche mientras el cura pernoctaba con las niñas en la estancia donde se producían los gravísimos abusos denunciados. Tan superficial fue la investigación instruida bajo Prevost que ni siquiera se intentó buscar e identificar a esa persona, una diligencia que las víctimas reclaman expresamente al Dicasterio para la Doctrina de la Fe, que hasta hoy les ignora con una pasividad inusitada. Ana María Quispe Díaz, la víctima que da la cara públicamente, denuncia además que «existen testigos que han declarado públicamente a los medios que llevaba con frecuencia a otros niños a la misma estancia» donde se produjeron los abusos denunciados, afirmación respaldada incluso en testimonios televisados. Los viajes «misioneros» del padre más popular de la diócesis, con menores y con pernocta, eran visibles para su círculo parroquial.
Es en ese entorno donde el libro sitúa a Rimaycuna. Nadie puede afirmar qué vio o dejó de ver un seminarista de aquellos años, y este periódico no lo hará. Lo que sí cabe constatar es más sencillo: quien creció pastoral y vocacionalmente junto a Lute conoce aquel mundo desde dentro, y es por tanto uno de los testigos mejor situados para ayudar a reconstruir lo que la investigación eclesiástica nunca reconstruyó. En un tiempo en que tantas instituciones religiosas pagan el precio de no haber sabido ver a tiempo lo que ocurría alrededor de sus figuras carismáticas, esa memoria de primera mano tendría hoy un valor enorme para las víctimas. Sería un gesto que honraría al secretario del Papa —y al propio Pontífice— ponerla al servicio del esclarecimiento de un caso que Roma prefiere atribuir a conspiraciones.
Un caso abierto que la Iglesia no resuelve
Las víctimas denuncian ante Prevost, en abril de 2022, los abusos que sufrieron de niñas a manos del padre Lute. La instrucción de aquella denuncia está desautorizada por la propia Iglesia: el delegado eclesiástico del caso, el canonista Giampiero Gambaro, admite ante las víctimas el 23 de abril de 2025 que la investigación realizada bajo la responsabilidad de Prevost es «una tomadura de pelo», «muy mal hecha», con «muchos errores» y «mucha superficialidad», y que al acusado «prácticamente no se le preguntó nada». El Dicasterio para la Doctrina de la Fe llega a archivar el expediente alegando la prescripción civil peruana, un argumento que el propio Gambaro tilda de «extrañísimo».
El proceso, sin embargo, no llega a subsanarse: Lute solicita la dispensa del estado clerical y León XIV se la concede el 15 de septiembre de 2025, una decisión con la que se pretende dar por concluido el proceso penal canónico que debía esclarecer los hechos. Pretensión que, según altas fuentes judiciales vaticanas consultadas por InfoVaticana, carece de fundamento: la dispensa no extingue el proceso. Al margen de que el reo pase al estado laical, nada impide —y todo aconseja— que la investigación continúe de cara al esclarecimiento de los hechos y a la reparación de las víctimas. Es exactamente lo que estas siguen reclamando, con escritos y procedimientos persistentes, a unas autoridades eclesiásticas que, por el momento, no se mueven. Las víctimas denuncian que la decisión las deja «desamparadas», reclaman al Dicasterio para la Doctrina de la Fe las diligencias más elementales que nunca se practicaron y anuncian acciones canónicas contra los responsables de las negligencias, empezando por «el primer responsable del caso, el obispo Robert Prevost». A día de hoy, ni la verdad está esclarecida, ni la reparación comprometida se cumple.
Las preguntas que deja el libro
La revelación de Roncagliolo —insistimos, un autor favorable al Papa y nutrido por fuentes de su máxima confianza— obliga a formular preguntas incómodas. Si el propio entorno del Pontífice asume con naturalidad que su secretario personal es discípulo de Lute, ¿en qué medida pesa esa cercanía personal y afectiva del círculo papal con el sacerdote denunciado en la gestión del caso? ¿Guarda relación con el hecho de que Prevost nunca suspendiera al acusado de la celebración pública de la Misa, y con las carencias de la instrucción que la propia Iglesia reconoce?
El libro retrata a un Prevost «orgulloso» de los logros de Lute, que lleva al Vaticano veinte mil testimonios de su devoción y que «contaba con la popularidad de Lute para evangelizar y crear vocaciones sacerdotales». Una de esas vocaciones nacidas a la sombra del cura de Eten trabaja hoy en el despacho contiguo al del Papa, mientras el caso de sus víctimas sigue sin verdad, sin justicia y sin reparación. Nada de esto se había contado hasta ahora. Lo cuenta, paradójicamente, un libro escrito para reivindicar a León XIV como el pastor que se enfrentó a los lobos.