El 22% de los obispos católicos de Estados Unidos encuestados afirmó sentirse dispuesto a ordenar a un hombre que presente una atracción homosexual «profundamente arraigada» siempre que esté firmemente comprometido con el celibato. Dentro de ese grupo, un 10% se declaró «totalmente de acuerdo». La posición contrasta con la instrucción de la Santa Sede de 2005, que excluye de la admisión al seminario y a las órdenes sagradas a quienes presentan «tendencias homosexuales profundamente arraigadas».
Los datos proceden de una investigación nacional realizada por el Center for Applied Research in the Apostolate (CARA) y son analizados por los sacerdotes y especialistas en formación Thomas Berg y Timothy Lock en Do You Know Them to Be Worthy?, publicado en julio por el McGrath Institute for Church Life de la Universidad de Notre Dame, en Estados Unidos. El estudio aborda, además de la homosexualidad, las discrepancias entre obispos y formadores, la madurez psicosexual de los candidatos, el recurso a la psicología y las condiciones necesarias para asumir el celibato sacerdotal.
Los obispos, más favorables que quienes forman a los seminaristas
La diferencia entre los responsables de decidir sobre una vocación es significativa. Frente al 22% de los obispos, solo el 17% de los profesionales de salud mental, el 16% de los rectores, el 12% de los formadores y directores espirituales y el 9% de los directores de vocaciones se mostraron dispuestos a recomendar para la ordenación a hombres con una atracción homosexual profundamente arraigada, aun cuando estuvieran comprometidos con el celibato.
La divergencia no queda reducida a una diferencia teórica. Berg y Lock señalan que quienes llevan años trabajando en los seminarios conocen casos en los que rectores y equipos de formación han recibido presiones para hacer avanzar a candidatos contra su propio juicio.
El problema alcanza también a otros candidatos sobre cuya idoneidad existen reservas. Entre los especialistas consultados aparece la percepción de que algunas diócesis pueden dar demasiado peso a la necesidad de disponer de sacerdotes. Los autores advierten expresamente contra la tentación de anteponer el número de seminaristas a la calidad de quienes finalmente serán ordenados.
Por ese motivo, proponen que el obispo —aunque conserve la responsabilidad canónica última sobre la ordenación— acepte ordinariamente el juicio del rector y del equipo de formación, salvo que tenga certeza moral de que su evaluación es sustancialmente errónea. La razón es práctica: mientras un obispo puede tratar al candidato de manera ocasional, sus formadores conviven con él y observan durante años su evolución humana, espiritual, intelectual y pastoral.
Los autores recuerdan que no atender el juicio negativo de quienes han acompañado de cerca al candidato ha provocado en ocasiones «gran sufrimiento» tanto al propio sacerdote como a las Iglesias locales. Su conclusión es explícita: hay que «superar la fijación por los números» y atender a la calidad de los hombres seleccionados.
Un «consenso emergente» sobre los candidatos con atracción homosexual estable
La posición predominante entre los expertos reunidos por Notre Dame fue más restrictiva que la expresada por ese 22% de los obispos. En sus discusiones apareció lo que Berg y Lock describen como un «consenso emergente»: un seminarista que manifieste una atracción estable hacia personas del mismo sexo no debería acceder a la etapa configuradora, la fase avanzada de la formación que precede a la ordenación. Los propios autores respaldan esa posición.
Para un candidato que presente esa situación, plantean incluso que pueda ser necesario interrumpir temporalmente su formación. Ese período permitiría valorar cómo comprende su identidad, su capacidad para asumir el celibato, su vida afectiva y la entrega propia de la vocación sacerdotal. Reconocen que, en muchos casos, ese proceso podría terminar con la decisión de no hacer avanzar al candidato hacia las órdenes sagradas.
También piden un discernimiento especialmente riguroso cuando la historia del candidato incluya relaciones homosexuales, promiscuidad, experimentación sexual prolongada o promoción del llamado «estilo de vida gay», aunque esas conductas pertenezcan al pasado y haya existido arrepentimiento.
La capacidad de abstenerse de relaciones sexuales no resuelve por sí sola la cuestión. Berg y Lock recuerdan que el celibato sacerdotal no consiste únicamente en permanecer soltero y continente, sino que está relacionado con la paternidad espiritual y con una entrega esponsal a la Iglesia. Entre las preguntas que plantean figura si un hombre con atracción homosexual estable puede vivir esa realidad de manera «honesta, interiormente integrada y teológicamente coherente».
Lo que estableció Roma en 2005
La entonces Congregación para la Educación Católica estableció en 2005 que la Iglesia «no puede admitir al Seminario y a las Órdenes Sagradas» a quienes practican la homosexualidad, presentan «tendencias homosexuales profundamente arraigadas» o sostienen la denominada «cultura gay».
La instrucción distingue estos supuestos de una tendencia homosexual vinculada a un problema transitorio. En este último caso, exige que haya sido claramente superada al menos tres años antes de la ordenación diaconal.
La mayoría de quienes participan en la formación sacerdotal considera útil este criterio. Así respondió el 68% de los obispos, el 68% de los rectores, el 63% de los formadores y directores espirituales y el 57% de los directores de vocaciones. Entre los profesionales de salud mental, sin embargo, solo el 36% valoró positivamente la formulación actual.
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Más de cinco años de atracción: una propuesta para definir qué es «profundamente arraigada»
Una de las dificultades detectadas es precisamente determinar cuándo una atracción homosexual debe considerarse transitoria y cuándo «profundamente arraigada». Esos términos proceden del lenguaje de los documentos de la Iglesia, no de categorías clínicas utilizadas habitualmente por psicólogos y psiquiatras.
Berg y Lock recogen una práctica que comienza a utilizarse entre profesionales católicos de salud mental: atender no solo a la intensidad de la atracción, sino también a su persistencia en el tiempo.
Según ese criterio, una atracción homosexual que se mantenga durante más de cinco años debería considerarse «profundamente arraigada» —salvo que existan indicios de que está comenzando a desaparecer— aunque inicialmente se presentara como leve o superficial. Los autores señalan que existen casos en ambas direcciones: atracciones aparentemente superficiales que permanecieron durante años y otras inicialmente intensas que posteriormente disminuyeron mientras aparecía una atracción estable hacia el sexo opuesto.
Para poder realizar ese seguimiento, proponen registrar en el expediente del seminarista la fecha en la que comunica por primera vez experimentar atracción hacia personas de su mismo sexo.
El 23% de los sacerdotes recién ordenados reconoció haber ocultado información
Las dificultades para determinar la idoneidad no dependen únicamente del criterio de obispos y formadores. Un dato citado por Berg y Lock muestra que el 23% de los sacerdotes recién ordenados reconoció posteriormente haber ocultado durante su etapa de seminario realidades personales que debería haber dado a conocer a sus formadores.
Los candidatos, sostienen los autores, tienen el deber de darse a conocer suficientemente a la Iglesia, del mismo modo que esta tiene el derecho y la obligación de conocer a aquellos a quienes se dispone a ordenar. La dirección espiritual y el acompañamiento psicológico deberían ayudar al seminarista a llevar al fuero externo aquellos aspectos personales que sean relevantes para determinar su aptitud sacerdotal, sin confundir ese proceso con el ámbito protegido de la confesión.
Entre los problemas que pueden no salir a la luz suficientemente pronto mencionan la compulsividad sexual, los traumas no resueltos, las dependencias inmaduras, problemas con los límites personales y confusiones psicosexuales profundamente arraigadas. También advierten de que algunos seminaristas van superando sucesivas etapas sin haber alcanzado todavía los niveles de madurez psicosexual exigibles.
Dos evaluaciones psicológicas durante la formación
Para reducir esos riesgos, Berg y Lock proponen que cada candidato pase ordinariamente por dos evaluaciones psicológicas completas: una antes de su admisión y otra al final de la etapa discipular o al comienzo de la configuradora.
Su argumento es que la utilidad de una evaluación psicológica no suele extenderse más allá de tres años, mientras que el actual proceso de formación sacerdotal puede prolongarse durante siete años o más. Cuando llega el momento de tomar decisiones cercanas a la ordenación, la evaluación realizada al ingreso puede haber quedado desactualizada.
Existe, además, una diferencia entre la importancia atribuida a estos exámenes y su utilización real. El 100% de los rectores y el 94% de los formadores y directores espirituales consideran que la evaluación inicial es necesaria para detectar ámbitos en los que el seminarista debe crecer. Sin embargo, solo el 48% de los rectores y el 51% de los formadores afirmaron utilizarla efectivamente para elaborar un plan personalizado; entre los profesionales de salud mental, el porcentaje cae al 36%.
También aparecen lagunas en el tratamiento posterior. El 57% de los profesionales de salud mental afirmó que había conocido en su seminario a hombres derivados a terapia que finalmente recibieron poca atención o ninguna. De ahí la propuesta de que, cuando el tamaño del centro lo permita, exista un director de servicios psicológicos a tiempo completo.
Un año de continencia antes del diaconado
La madurez sexual ocupa otro lugar destacado en las recomendaciones. Antes de acceder a la etapa configuradora, el candidato debería haber vivido varios meses de continencia sexual estable y sin recaídas. Antes de ser llamado al diaconado, el período debería ser normalmente de doce meses o más.
La continencia exterior no sería suficiente si no está acompañada de libertad interior, estabilidad afectiva y capacidad para establecer relaciones sanas. Las dudas persistentes sobre la capacidad de vivir castamente el celibato, la integración afectiva o el funcionamiento relacional aparecen entre los factores que deben resolverse antes de la ordenación.
El título Do You Know Them to Be Worthy? procede precisamente del rito de ordenación. Cuando los candidatos están ante el obispo, este pregunta al sacerdote que los presenta: «¿Sabes si son dignos?». La respuesta certifica que, después de consultar al pueblo cristiano y a quienes han intervenido en su formación, han sido considerados aptos.
Para Berg y Lock, llegar a esa conclusión no puede convertirse en una formalidad al final del seminario. El juicio sobre la idoneidad de un futuro sacerdote es, señalan, un acto de responsabilidad pastoral que compromete al candidato, a los fieles que serán confiados a su ministerio y al propio sacerdocio.