Hay dos maneras de ser un obispo progresista. Una es la de Zuppi, progre pero transversal, poco sectario, tolerante de verdad. Otra es la de Cobo, progre y monolítico, polémico y duro. Si el cardenal arzobispo de Madrid fuese listo, optaría por algo más parecido a las formas de gobierno de su homólogo en Bolonia.
Matteo Zuppi no es un conservador camuflado. Viene de Sant’Egidio, ha prologado a James Martin, es el rostro amable del progresismo eclesial italiano. Y sin embargo, los tradicionalistas de Bolonia no le tienen por enemigo. Ha confirmado según el rito antiguo, ha dejado vivir en paz a las comunidades apegadas a la liturgia tradicional cuando otros aprovechaban Traditionis custodes para saldar cuentas viejas, y ha escrito con simpatía de autores litúrgicos que no son precisamente de su cuerda. Por eso le respetan hasta los que no comulgan con sus ideas. Cualquiera gobierna bien para los suyos; el pastor se demuestra con los otros.
Cobo, en cambio, parece querer una diócesis a su imagen y semejanza: una suerte de convivium perpetuo donde todos cantemos himnos pop de melodía pegadiza, de esos que entusiasman al cardenal. Pero la vida es más compleja que un estribillo. Madrid no cabe en un solo cancionero y gobernar una diócesis como Madrid requiere de equilibrios.
Cobo anda levantando enemistades a un ritmo que no se puede permitir. Ya paga, quizás por torpe, platos rotos que correspondían a Parolin: la infame traición del Valle se la ha zampado toda él, con todo el desgaste para su mitra y el rédito para otros despachos. Pero si has decidido cargar con las facturas de la Secretaría de Estado no puedes permitirte, encima, fabricarte adversarios gratis en casa.
¿Llevas a Crismhom al seminario y provocas un escándalo mayúsculo? Compénsalo: deja, por ejemplo, que tus seminaristas que lo deseen aprendan la Misa tradicional, que no quema. ¿Quieres dar la nota progresista? Es tu sensibilidad y nadie te la va a discutir a estas alturas. Pero no des portazos a los fieles que te piden el rito antiguo con respeto y con las firmas en la mano, ni conviertas el seminario en un filtro de uniformidad que acabará vaciándolo. Un poco de palo y zanahoria, Eminencia; no el palo y el palo. Denos la de cal si quiere, pero con cuidado: sin la de arena, la cal viva abrasa. Y una diócesis abrasada no se la desea ni el más progre de los cardenales.
Un dato, por si en el palacio arzobispal no ha llegado todavía: los fieles de Madrid apegados a la Misa tradicional llenan cada domingo una pequeña capilla de una antigua residencia de ancianos que tuvo que ser adquirida y donde, a pesar de las cinco misas dominicales, no caben con comodidad. La respuesta a una petición, con respeto y con las firmas en la mano, para alguna Misa más en alguna parroquia, ha sido un violento portazo que se dio a los fieles que lo solicitaron por escrito a su vicario, con Traditionis custodes como coartada y sin una sola palabra de acogida.
Zuppi lo entendió hace tiempo: se puede tener línea editorial en los escritos y no ser sectario en el gobierno; se puede ser inequívocamente de una sensibilidad sin leer cada comunidad tradicional como una amenaza y cada discrepancia como deslealtad. La anchura no es tibieza: es catolicidad. Y además —esto Cobo debería anotarlo— es rentable.