«Quiero creer»

«Quiero creer»
L’Angélus by Jean-François Millet, c. 1859 [Source: Musée d’Orsay, Paris]

Por Randall Smith

A veces escucho a la gente decir cosas como: «Quiero creer, pero simplemente no puedo», o «Me gustaría creer, pero la verdad es que no creo». No pretendo criticar a esas personas. Supongo que su reserva respecto de la «fe» nace de un sincero deseo de ser honestos consigo mismos, como quien admite: «Desearía ser una persona tranquila y templada, pero sencillamente no lo soy».

Por eso, aunque respeto la buena voluntad, me gustaría preguntarle a esa persona: «¿Qué creés que es la fe?». «¿Cómo pensás que se siente tener fe?». Temo a veces que la gente piense que «tener fe» es lo mismo que «tener certeza», o que «tener fe» es un sentimiento que se experimenta cuando uno está seguro de algo. ¿Y si no es así? ¿Y si se trata de otra cosa? ¿Y si es como el amor: no tanto un sentimiento, sino una forma de vivir?

Antes de explorar la cuestión de la fe, tendríamos que aclarar otro punto. Las personas no simplemente «tienen fe»; tienen fe en algo. En Dios. En el amor de Dios por nosotros. En que el amor de Dios por nosotros se expresa y se encarna en Cristo. Por lo tanto, no indagaríamos solo sobre la fe —eso es demasiado vago—. Empezaríamos por preguntar en qué cree o en qué no cree esa persona.

Así, por ejemplo, podríamos plantear: ¿Te parece razonable que el universo entero, con toda su belleza y orden, y en especial con seres humanos capaces de conocer, amar y sacrificarse unos por otros, haya surgido de la nada, por nada y para nada? Hipotéticamente es posible, pero ¿es eso lo que creés? Hay quienes lo creen. ¿Vos lo creés?

¿Estás convencido de que la vida —toda vida— y toda la existencia carecen esencialmente de sentido? Porque si no estás convencido de eso, entonces es posible que la vida sí tenga sentido. Y, de hecho, ¿no vivís acaso de esa manera? ¿No demostraste con tu forma de vivir —cuidando a los demás, procurando hacer el bien en lugar de actuar con egoísmo, apreciando la belleza e intentando comprender con mayor profundidad lo que te rodea— que efectivamente creés en algo?

Si observamos cómo vivís en realidad, ¿no tendríamos que concluir que verdaderamente creés que vivir de este modo tiene sentido y no es algo absurdo? Actuás como si el cuidado desinteresado por los demás tuviera valor, como si obrar con amor y preocupación por el prójimo fuera bueno. No tenés ninguna prueba científica de que este tipo de vida sea intrínsecamente valiosa y buena. Sin embargo, vivís como si lo fuera. Eso es una forma de fe.

Entonces, ¿qué pasaría si le dijera a quien afirma que desearía tener fe pero no puede: «Pero pará, en realidad sí tenés fe; simplemente no te diste cuenta ni reflexionaste sobre eso»? Ese presupuesto que aportás a tu mirada sobre el mundo y a tu manera de vivir cuando asumís que la valentía, la bondad, la generosidad y el cuidado son mejores que la cobardía, la crueldad, la arrogancia y el egoísmo es parte constitutiva de lo que los cristianos llaman «fe».

No existe prueba científica de que esta vida sea mejor. De hecho, sobran razones para suponer que ser egoísta tiene más lógica que ser generoso. ¿Acaso no te decís a veces a vos mismo: «Debo estar loco para vivir así, entregándome desinteresadamente a los demás en lugar de acaparar todo lo que pueda para mí»?

Entonces, ¿qué te hace volver una y otra vez a la entrega, al cuidado y a la generosidad? ¿Es algo que advertiste en tu propia experiencia? ¿Es algo que simplemente intuís como verdadero? Esa intuición de que algo que no podés tocar, medir ni demostrar científicamente es, de hecho, verdad —verdad del tipo por el cual estarías dispuesto a apostar tu vida entera, aunque a veces no tengas una certeza absoluta— es lo que los cristianos llaman «fe».

No hace falta enredarse en la palabra. Llamala como quieras. Pero para que lo sepas: tenés fe. Simplemente no la examinaste.

Por lo tanto, si te dieras cuenta de que efectivamente creés que la vida tiene un sentido intrínseco —no solo la tuya, sino la de todas las criaturas—, podrías empezar a hacerte otras preguntas, tales como: ¿Cómo es posible esto? ¿Cómo podría un universo sin sentido albergar amor y propósito? ¿Acaso no será que este sentido presente en todos los seres es un don de un Creador amoroso? ¿De dónde más lo habríamos obtenido?

La gente suele imaginar que uno primero dice: «Dios existe», y luego concluye: «Bueno, supongo que debería ser moral». Pero ¿y si fuera al revés? ¿Y si las personas descubrieran que la única vida que vale la pena es una vida moral de amor, cuidado y preocupación por el prójimo, y recién entonces se dijeran: «Supongo que tiene que haber un Dios que hizo posible todo esto»?

¿Querés vivir una vida de amor desinteresado? Excelente. Hacelo. Esa clase de vida exige un tipo particular de fe. Si la vivís, la tenés. Los cristianos contamos con una explicación de por qué ese modo de vivir tiene sentido: implica a un Dios amoroso que nos ama tanto que estuvo dispuesto a asumir nuestra humanidad y morir por nosotros. En ello, se reveló a sí mismo como un don de amor desinteresado.

Pero no confundas el hecho de no «comprender» del todo la explicación de por qué esa vida de amor tiene sentido con una falta de fe. Cuando desesperás de llegar a ser la persona que sabés que querés ser, eso sí es falta de fe. Cuando fallás pero seguís intentándolo —cuando todavía sostenés para vos mismo el ideal del bien—, entonces todavía tenés fe. Dejá de preocuparte por si la tenés o no, y simplemente vivilo.

Sobre el autor

Randall Smith Randall Smith es titular de la Cátedra J. Michael Miller de Teología en la University of St. Thomas en Houston. Entre sus libros se encuentran Bonaventure’s Journey of the Soul into God: Context and Commentary, From Here to Eternity: Reflections on Death, Immortality, and the Resurrection of the Body, Aquinas, Bonaventure, and the Scholastic Culture of Medieval Paris: Preaching, Prologues, and Biblical Commentary y Reading the Sermons of Thomas Aquinas: A Beginner’s Guide. Su próximo libro, Mapping Bonaventure’s Itinerarium: Context and Commentary, será publicado por Emmaus Press este verano. Sus artículos pueden encontrarse aquí: http://t4.stthom.edu/users/smith/portfolio/

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