En una época en la que muchos daban por amortizadas las cuestiones litúrgicas y doctrinales, más de 430.000 personas (hasta el momento en que se escribe este artículo) han visto circular en X las imágenes del cardenal José Cobo en la consagración teatralizada de la Misa de la Virgen de la Paloma, mientras que el caso del párroco de Torrelavega, tras sus palabras sobre la Asunción y una celebración marcada por distintas licencias litúrgicas, se ha difundido mundialmente supera ya las 200.000 visualizaciones en algunas de las publicaciones más virales. Lo interesante de este fenómeno viral es que no se trata de una polémica política ni de una controversia social: se discute sobre la consagración y sobre un dogma mariano.
Durante años se instaló dentro de la propia Iglesia la idea de que estas cuestiones interesaban a una minoría. Que las rúbricas eran asunto de especialistas, que el modo de celebrar la Misa preocupaba a unos pocos y que las discusiones doctrinales sobre la Virgen pertenecían a un mundo residual. Sin embargo, cientos de miles de personas están dedicando tiempo a observar cómo consagra un cardenal o a indignarse porque un sacerdote pone en cuestión una verdad definida por la Iglesia.
El fenómeno es especialmente significativo en España, donde persiste un instinto mariano difícil de encajar en las categorías habituales sobre secularización. La práctica religiosa puede haber disminuido, pero determinadas devociones y convicciones siguen provocando una reacción inmediata. La Asunción no es para muchos católicos una cuestión abstracta, y la Virgen continúa ocupando un lugar que aflora con fuerza cuando alguien traspasa determinados límites.
La diferencia con el pasado está en que ahora todo queda registrado y puede difundirse de manera inmediata. Hace treinta años, una celebración problemática podía quedar reducida a los asistentes y, como mucho, a una protesta ante el obispo. Hoy un vídeo de veinte segundos puede alcanzar a cientos de miles de personas, ser comparado con el Misal o el Catecismo y generar una discusión nacional en cuestión de horas. Esa antigua impunidad práctica, basada muchas veces en la imposibilidad de documentar y amplificar lo ocurrido, se ha reducido drásticamente.
También hay un componente generacional que conviene observar. Es evidente que una parte del catolicismo joven muestra un interés creciente por cuestiones que durante décadas fueron presentadas como secundarias: la reverencia litúrgica, la claridad doctrinal, la tradición y la devoción mariana. Muchos quieren saber qué enseña realmente la Iglesia, qué prescribe el Misal y qué es dogma, y ahora tienen además los instrumentos para comprobarlo y hacerlo público.
Las cifras de las polémicas sobre Cobo y Torrelavega son por eso señal de algo más. Más de 430.000 visualizaciones en apenas horas de un cardenal haciendo un gesto erróneo durante la consagración y más de 200.000 de un sacerdote cuestionado por sus palabras sobre la Asunción indican que la liturgia y la doctrina están lejos de ser asuntos marginales. Quizá antes también importaban, pero no había mecanismos para medirlo ni para convertir una irregularidad local en una controversia de alcance masivo.