Hay una falsedad que llevamos demasiado tiempo aceptando sin plantar cara: la contraposición entre fidelidad a la doctrina y a la liturgia, por un lado, y misericordia, humildad y cercanía, por otro. El esquema se repite con una suficiencia exasperante. ¿Pide usted que se cumplan las rúbricas? Entonces es rígido. ¿Recuerda lo que la Iglesia enseña sobre una cuestión moral incómoda? Le falta sensibilidad pastoral. ¿Comulga de rodillas? Probablemente sea un vanidoso o un escrupuloso. ¿Sostiene que un sacerdote no puede celebrar según sus ocurrencias ni un católico remodelar la doctrina según sus preferencias? Algo tendrá de fariseo. Durante décadas hemos soportado esta caricatura como si contuviera algún argumento serio. No lo contiene.
Porque en todo ese razonamiento falta precisamente el eslabón fundamental: ¿qué tiene que ver una cosa con la otra? ¿Desde cuándo la fidelidad impide la caridad? ¿Desde cuándo obedecer a la Iglesia incapacita para atender al pobre, acompañar al enfermo, escuchar al que sufre o acoger al pecador? La oposición es absurda, pero se ha repetido tantas veces que ha terminado funcionando como un reflejo condicionado: basta recordar una norma litúrgica o una verdad doctrinal para que alguien active inmediatamente el resorte de la «rigidez», el «fariseísmo» o la «falta de misericordia». Ya ni siquiera hace falta discutir el fondo. Se desacredita moralmente a quien plantea la objeción y asunto resuelto.
El mecanismo es exactamente el mismo en la liturgia y en la doctrina. En la liturgia, alguien decide que una rúbrica es demasiado fría, demasiado antigua o poco pastoral y la sustituye por lo que considera más adecuado. En la doctrina, alguien concluye que una enseñanza de la Iglesia resulta demasiado exigente, incómoda para el mundo contemporáneo o difícil de explicar y empieza a erosionarla mediante excepciones, silencios y reinterpretaciones. En ambos casos aparece después la misma coartada moral: no se trata de desobedecer, sino de ser misericordioso; no se trata de colocar el criterio propio por encima de lo recibido, sino de atender a «lo que de verdad importa». Y quien señala que no corresponde a cada cual decidir qué parte de la fe o de la liturgia merece seguir vigente es rápidamente colocado en el banquillo de los rígidos.
La realidad, sin embargo, desmiente esa impostura todos los días. Hay sacerdotes que consumen su vida por sus fieles, que viven con una austeridad que avergonzaría a sus críticos, que pasan horas en el confesionario, que recorren kilómetros para visitar enfermos y que sostienen parroquias enteras con una entrega de pobreza silenciosa, y además celebran la Santa Misa con fidelidad y predican sin mutilar aquello que la Iglesia enseña. Hay misioneros que han dejado patria, familia y comodidades para desaparecer en lugares donde nadie los verá y no necesitan rebajar una sola verdad de fe para amar a las personas que tienen delante. Hay religiosas que pasan la vida cuidando ancianos, enfermos, huérfanos y pobres y cuya existencia está sostenida por una disciplina espiritual, doctrinal y litúrgica que algunos desprecian como «rigidez». ¿También ellos carecen de misericordia? La acusación no solo es intelectualmente pobre; resulta ofensiva.
Quizá haya que invertir de una vez la pregunta. ¿No será precisamente un gesto de humildad asumir que tú, pobre don nadie, no eres quién para inventar cómo se celebra la Santa Misa ni para corregir lo que la Iglesia ha recibido y enseñado? El sacerdote no llega al altar para expresarse ni el teólogo recibe la Revelación como una materia prima que deba actualizar a su gusto. Ninguno tiene delante una página en blanco. La liturgia no le pertenece al celebrante y la doctrina no pertenece al intérprete. Ambas son realidades recibidas, anteriores a nosotros y destinadas a sobrevivirnos. Unas palabras que no hemos escrito, una fe que no hemos fundado, unos sacramentos que no hemos inventado y una tradición que nos supera infinitamente.
Ahí está precisamente una de las formas más elementales de la humildad: saber ocupar el propio lugar. Aceptar que no todo depende de uno. Comprender que la propia sensibilidad no es la medida de la Iglesia, que nuestras intuiciones pastorales no constituyen una nueva fuente de revelación y que nuestras ocurrencias no mejoran necesariamente aquello que hemos recibido. Un ego bien colocado sabe obedecer también cuando no comprende del todo, cuando la norma no coincide con sus gustos o cuando la doctrina resulta impopular.
El que respeta una rúbrica es sospechoso de rigidez y el que la altera a su gusto se presenta como pastoral. El que recuerda una enseñanza incómoda debe explicar primero que no odia a nadie, mientras el que la vacía de contenido recibe automáticamente la presunción de compasión. Como si la misericordia perteneciera por definición a quien rebaja la exigencia y nunca a quien tiene la difícil tarea de decir la verdad. Como si fuera imposible abrazar al pecador sin bendecir el pecado o acompañar una fragilidad sin convertirla en criterio doctrinal.
Resulta especialmente irritante que quienes se permiten esas irregularidades señalen después con el dedo al fiel que comulga de rodillas, al sacerdote que respeta las rúbricas, al padre que quiere transmitir a sus hijos lo que siempre enseñó la Iglesia o al católico que osa recordar que determinadas cuestiones no están abiertas a una permanente renegociación. «Rígidos», «fariseos», «escrupulosos», «integristas», «obsesionados con las normas»: las etiquetas se reparten con prodigalidad precisamente desde quienes dicen deplorar los juicios sobre los demás. Ellos se atribuyen la potestad de decidir quién es humilde, quién es misericordioso, qué doctrina sigue siendo pastoralmente aceptable y qué rúbrica puede enviarse al desván. Y después llaman soberbio al que pregunta con qué autoridad lo hacen.
Conviene entonces preguntarse dónde está verdaderamente el fariseísmo. Porque hay bastante más soberbia en creerse autorizado para rehacer la liturgia según el propio criterio que en arrodillarse ante Dios, y bastante más arrogancia en corregir de facto la doctrina de la Iglesia que en aceptar que uno no es su dueño. Se puede convertir la fidelidad en un motivo de orgullo, naturalmente, porque ninguna sensibilidad humana está vacunada contra la soberbia. Pero resulta grotesco que quienes han hecho de su propia sensibilidad el criterio último acusen sistemáticamente de ego a quienes, precisamente, aceptan someterla a algo que está por encima de ellos.
Durante demasiado tiempo se nos ha repetido que «lo importante» no son las normas, ni las fórmulas, ni las definiciones, sino las personas. La frase tiene esa música inconfundible de cierto catolicismo de los años ochenta que todavía sobrevive por inercia: menos doctrina y más Evangelio, menos rúbricas y más vida, menos normas y más misericordia. Como si el Evangelio no contuviera doctrina, como si la liturgia no fuera vida de la Iglesia, como si la misericordia pudiera existir separada de la verdad. Aquel mantra funcionó durante décadas (mientras se vaciaban templos y seminarios) porque presentaba a unos como hombres de corazón y a otros como guardianes sombríos de reglamentos. Pero la caricatura está caducando. Cada vez resulta más difícil ocultar que detrás de muchas apelaciones a la espontaneidad y a la misericordia había, sencillamente, una pretensión de ego.
La cuestión de fondo nunca fue misericordia contra rigor. Fue otra: quién manda. Si la liturgia la recibimos o la fabricamos. Si la doctrina nos obliga o nosotros juzgamos qué partes de la doctrina siguen siendo aceptables. Si la Iglesia posee algo que transmitir o cada generación está autorizada a recomponerlo según el clima cultural del momento. Una vez formulado así, buena parte del artificio se desmorona, porque el supuesto humilde que continuamente invoca la misericordia termina apareciendo como lo que muchas veces es: alguien convencido de que su criterio personal es más humano, más cristiano y más sabio que aquello que recibió.
Se puede ser rigurosamente fiel y profundamente misericordioso. Se puede amar las rúbricas y desvivirse por los pobres o enfermos. Se puede sostener íntegramente la doctrina y tratar con infinita delicadeza a quien no consigue vivir conforme a ella. Se puede defender la tradición y entregar la vida por los demás. Y también se puede hablar continuamente de humildad mientras uno coloca su propio criterio por encima de la liturgia y de la fe de la Iglesia. A eso podrán llamarlo creatividad, discernimiento, pastoral, actualización o misericordia. El vocabulario cambia; el mecanismo es el mismo. Muchas veces no es más que ego, quizá incluso un ego bienintencionado, pero ego al fin y al cabo.