En la Misa Mayor de la Virgen Grande, retransmitida en directo por Cantabria Televisión, el párroco de la Asunción de Torrelavega relativizó el dogma definido por Pío XII, atribuyó los títulos marianos a «la mitología» e introdujo una «danza contemplativa» rodeando el altar con faldas de colores —hombres incluidos— entre el Evangelio y la homilía, además de jotas y pericotes en pleno ofertorio.
La parroquia de Nuestra Señora de la Asunción de Torrelavega —el templo que sus fieles llaman «nuestra catedral» y para el que el Obispado de Santander tramita ante Roma el título de Basílica Parroquial— celebraba este año una fecha redonda: el 125 aniversario de su inauguración, un 15 de agosto de 1901. La Misa Mayor de las fiestas de la Virgen Grande, presidida por el párroco Juan Carlos Rodríguez del Pozo y concelebrada por los religiosos amigonianos Félix Martínez y Juan Manuel González, fue retransmitida en directo por Cantabria Televisión. Gracias a esa retransmisión ha quedado registrado todo lo que allí se dijo e hizo.
«No tenemos que ir al pie de la letra»
El momento más grave llegó en la homilía. Hablando de la solemnidad del día, el párroco afirmó, según consta en la retransmisión:
«María, hoy celebramos que sube al cielo en cuerpo y alma. Evidentemente que no tenemos que ir al pie de la letra. Ningún ser humano va a subir al cielo en cuerpo y alma. El cielo no es ningún lugar físico. El cielo es un estado del alma, de plenitud, de felicidad».
Conviene recordar qué es exactamente lo que el sacerdote invitaba a no tomar «al pie de la letra». El 1 de noviembre de 1950, Pío XII, en la constitución apostólica Munificentissimus Deus, ejerciendo el magisterio pontificio en su grado supremo, «declaramos y definimos ser dogma de fe divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial». Y el mismo documento advierte: «si alguno, lo que Dios no permita, se atreviera a negar o a poner en duda voluntariamente lo que por Nos ha sido definido, sepa que ha naufragado en la fe divina y católica».
No se trata, pues, de una imagen piadosa susceptible de lecturas simbólicas, sino del objeto mismo de la fiesta que se estaba celebrando: una verdad de fe divina y católica cuya negación pertinaz tiene nombre en el Código de Derecho Canónico (cáns. 750 y 751). El Catecismo la recoge en su número 966. Y el sacerdote la relativizó desde el ambón, en la Misa Mayor de la patrona, ante las autoridades civiles de Cantabria y con las cámaras de televisión delante.
Los títulos de la Virgen, «mitología»
No fue un desliz aislado. Momentos antes, el párroco había explicado el origen de los honores marianos en estos términos:
«Dios elige a María, una mujer humilde, una mujer de pueblo. La mitología nos la ha hecho y nos la ha ensalzado tanto, y le ha puesto muchos collares, muchas coronas, muchos privilegios, muchos títulos, porque a veces tenemos que acudir a la mitología para hablar de realidades que son terrenas […] son realidades mundanas que nos cuesta decir con palabras y entonces tenemos que recurrir a la mitología».
Los «privilegios» y «títulos» de la Virgen —Inmaculada, Asunta, Madre de Dios, Reina— no son producto de mitología alguna: son dogmas definidos y doctrina constante de la Iglesia. Presentarlos como recurso mitológico para expresar «realidades mundanas» vacía de contenido la mariología católica entera. Todo ello, por cierto, minutos después de que la asamblea hubiera cantado el salmo «de pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir».
Abundando en la misma línea, el celebrante remató: «los títulos, las posesiones, son fuegos artificiales de las fiestas».
Danza «contemplativa» con miriñaques entre el Evangelio y la homilía
El otro capítulo es litúrgico. Nada más proclamarse el Evangelio —y antes de la homilía, es decir, en el corazón de la liturgia de la Palabra—, el párroco anunció:
«Pues ahora vamos a contemplar al grupo de danza contemplativa de la parroquia […] que nos va a hacer un guiño en este 125 aniversario. Vamos a ver muchos colores que simbolizan el rosetón […] los colores, la diversidad, la alegría […] Van a danzar en círculo. El círculo es la perfección […] Alrededor de la mesa de la Eucaristía nadie sobra […] Pues vamos, en estas claves, a disfrutar un momentito de esto».
Acto seguido, un grupo de hombres y mujeres ataviados con enormes faldas de aro de colores chillones —naranja, fucsia, rojo, morado, celeste, blanco, amarillo— ejecutó una coreografía en corro, tomados de las manos, sobre la alfombra roja del presbiterio, a los pies del altar. Al terminar, aplausos en el templo y glosa del celebrante: la danza «nos ha ido envolviendo en ese círculo de amor y solidaridad».

La Santa Sede zanjó esta cuestión hace medio siglo. La Congregación para el Culto Divino, en su pronunciamiento sobre la danza en la liturgia (Notitiae, 1975), estableció que en la tradición occidental la danza no puede introducirse en las celebraciones litúrgicas: hacerlo «supondría introducir en la liturgia una atmósfera de profanidad», y si se desea ofrecer una danza como expresión cultural, debe hacerse fuera de la celebración. La instrucción Redemptionis Sacramentum (2004) reprueba los elementos de espectáculo en la Misa (n. 57) y recuerda que la liturgia no está disponible para la creatividad de nadie: «nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por propia iniciativa en la liturgia» (Sacrosanctum Concilium 22 §3; can. 846 §1).
Jota, pericote y picayos en el ofertorio; discursos y entrega de regalos tras la comunión
La segunda intervención dancística corrió a cargo de la Agrupación de Danzas Nuestra Señora de las Nieves de Tanos, que celebra su centenario. La propia retransmisión lo describe: durante «la primera parte del ofertorio» el grupo «ha bailado una jota y un pericote y se han despedido con el baile de picayos». Es decir, mientras se preparaban los dones para el Santo Sacrificio, el presbiterio acogía un número de folclore regional. Nadie discute los picayos ante la imagen de la patrona en la procesión —piedad popular legítima, con siglos de historia y su lugar propio, en la calle—; lo que no tiene encaje es trasladar la actuación al interior de la acción litúrgica, exactamente la distinción que hace la Santa Sede.
Tras la comunión, y antes de la bendición final, la Misa se interrumpió de nuevo para un «acto protocolario»: entrega de un cuadro de la parroquia a la agrupación, entrega recíproca del escudo del grupo, y sendos discursos de sus representantes desde el presbiterio, con «reto» incluido para el año próximo. Todo ello dentro de la celebración, con el Santísimo recién distribuido.
Una Misa modelo… de lo que no debe hacerse
El conjunto —fórmulas litúrgicas retocadas al gusto del celebrante desde el saludo inicial, danza escénica tras el Evangelio, folclore en el ofertorio, parlamentos y regalos tras la comunión y, sobre todo, la relativización pública de un dogma de fe en el día de su solemnidad— dibuja el retrato de una liturgia entendida como festival comunitario y de una predicación que ha sustituido el contenido de la fe por vaguedades sobre la acogida y la diversidad.
La paradoja es dolorosa: sucede en un templo que aspira al título de Basílica, en su 125 aniversario, ante la presidenta de Cantabria y la corporación municipal, y con retransmisión televisiva. Precisamente por esa visibilidad, lo ocurrido tiene valor de ejemplo para toda la diócesis.
Corresponde al obispo de Santander, don Arturo Ros —mencionado en el canon de esta misma Misa—, como primer responsable de la vida litúrgica de su diócesis (can. 838; Redemptionis Sacramentum 19-25), aclarar si conocía y autorizó lo sucedido y, sobre todo, si considera compatible con la fe católica que un párroco suyo predique, el día de la Asunción, que «ningún ser humano va a subir al cielo en cuerpo y alma». Los fieles tienen derecho —un derecho, no una preferencia estética— a que la liturgia se celebre conforme a las normas de la Iglesia y a que se les predique la fe de la Iglesia, no las opiniones del celebrante (Redemptionis Sacramentum 11-12).