Si María está en el cielo, ¿sigue interviniendo en la historia?

Si María está en el cielo, ¿sigue interviniendo en la historia?

La Asunción no es la jubilación de la Virgen ni su retirada de la historia: es el fundamento mismo de su realeza materna. Confesamos a una mujer llevada a la gloria de Dios y proclamada Reina del Cielo; Civitavecchia recuerda qué hace esa Reina con su gloria: se inclina sobre un pobre rostro de escayola y llora sangre por sus hijos. No es una paradoja nueva. Pío XII, el papa que en 1950 definió el dogma de la Asunción, preguntó ante las lágrimas de Siracusa si los hombres sabrían entender «el arcano lenguaje de las lágrimas» —la misma expresión que Grillo haría suya—. La Reina coronada y la Madre que llora son la misma.

Esta es la historia de Civitavecchia: la de una Reina que, según cuanto se vivió allí, quiso mostrar su rostro doliente en la gruta casera de una familia obrera.

Todo empezó en un lugar sin prestigio. En Pantano, un arrabal de Civitavecchia asomado al mar Tirreno, un electricista de la compañía eléctrica nacional, Fabio Gregori, había levantado con sus propias manos una pequeña gruta delante de su casa para una imagen de escayola de la Virgen —la Reina de la Paz de Medjugorje— que su párroco, don Pablo Martín, le había regalado. Una familia corriente, «poco practicante» según los vecinos, sin nada que la señalara. Hasta que la Virgencita lloró.

Fue el 2 de febrero de 1995, a las 16:21. La primera testigo fue Jessica, la hija de Fabio, de apenas cinco años. Vio descender sangre del ojo de la estatua y llamó a su padre: «Papá, papá, la Virgencita llora». Fabio no la creyó —«¿Cómo va a llorar una estatua de yeso?»— y hasta la riñó, convencido de una travesura infantil. Entonces lo vio él mismo: la sangre bajaba «hasta el corazón» de la figura. La tocó, y llorando cogió a la niña en brazos y corrió a la iglesia. En cuarenta y dos días la escena se repetiría catorce veces: trece en el jardín de los Gregori y una, la decisiva, en las manos del obispo.

Lo que siguió no fue piedad ingenua, sino escrutinio. La sangre resultó humana; los institutos de medicina legal de La Sapienza, del Gemelli y de la Criminalpol la definieron masculina —cromosomas XY—, aunque con fuertes componentes femeninos. Un TAC de cuarenta y tres cortes descartó cavidades y mecanismos internos; la estatua, cementada a la gruta y protegida por una lámina, estuvo vigilada por la policía, que también vio formarse las lágrimas. La magistratura llegó a secuestrar la imagen: «¿Tengo que arriesgarme a que treinta mil fanáticos sigan a un pedazo de yeso?», se justificó el fiscal. Más de mil cuatrocientas firmas la devolvieron a la devoción. En 2000 la causa se cerró con una absolución total: los jueces reconocieron «un fenómeno inexplicable por la ciencia, sobre el cual sólo la Iglesia podrá pronunciarse». La familia jamás obtuvo un céntimo.

El testigo más incómodo fue el propio obispo. Girolamo Grillo había sido el primero en desconfiar; llegó a pedir que la estatuilla se retirase. Su escepticismo se deshizo el 15 de marzo de 1995: mientras rezaba la Salve Regina pidiendo discernimiento, la Virgencita lloró en sus manos, ante testigos. «No puedo dudar en absoluto de su realidad», declararía después bajo juramento. Desde entonces cargó con la difícil condición de ser a la vez «testigo» y «juez» del acontecimiento; firmó de su puño los mensajes y autorizó su publicación.

Porque hubo mensajes. Aquel verano comenzaron las apariciones a Fabio y a Jessica —noventa y tres entre 1995 y 1996—. La Virgen se mostraba en silencio, en adoración, desde la consagración hasta la comunión, como para subrayar que su Hijo estaba vivo en la Eucaristía. Fabio la describe sin retórica: «Es bellísima. Y es mamá, con corazón de mamá». Una madre tan delicada que llega a excusarse: «Te pido perdón por el tiempo que quito a tu familia». Y una madre que dice sus nombres: Virgen de las Rosas, Madre de la Iglesia, Reina de las Familias, Portadora de la Paz y, por encima de todos, Reina del Cielo.

¿Y qué dice ese lenguaje? Los mensajes de Civitavecchia se sitúan expresamente en la estela de Fátima. Advierten de un mal que quiere destruir a la humanidad y que, para lograrlo, ataca primero a la más pequeña de las iglesias, la doméstica: la familia. Piden consagración al Corazón Inmaculado, Rosario —«arma divina»—, Eucaristía y confesión; aseguran que cada buena acción arranca un alma a Satanás. Dos frases atraviesan los años. Una es un encargo: «Queridos hijos, os necesito; testimoniad con fuerza, incluso desde los tejados; ayudadme a cumplir el plan divino». La otra es un reproche que parece escrito para nuestra época de pantallas: «Mis lágrimas las veis como motivo de curiosidad, pero vuestro corazón permanece duro». El prodigio se consume como espectáculo y el corazón se encoge de hombros.

Un testigo de excepción lo tomó en serio: Juan Pablo II. El cardenal Sodano telefoneó a Grillo, en nombre del papa, para pedirle que no fuera escéptico. La noche del 11 de junio de 1995, Wojtyła hizo llevar la estatuilla a sus habitaciones, rezó largamente ante ella y le colocó en la cabeza una pequeña corona de oro y, entre las manos, un rosario que la imagen conserva todavía. En octubre de 2000 ofreció toda la Iglesia a la Virgen y rubricó un testimonio redactado por el obispo. De una segunda imagen, idéntica, que el propio papa le hizo llegar por medio del cardenal Deskur, brota desde entonces un óleo perfumado: sangre de la Pasión en una, efusión del Espíritu en la otra.

Conviene la exactitud, que nunca sobra en estas materias. La diócesis erigió el santuario de San Agustín en 2005 y coronó la imagen en 2014; los mensajes se difundieron con la firma del obispo. Pero el juicio definitivo sobre lo sobrenatural pertenece a la Iglesia universal, que aquí ha guardado su prudencia de siempre. Lo dijo, sin proponérselo, un tribunal civil: sólo la Iglesia podrá pronunciarse. Ese punto de mesura no debilita la historia; la vuelve creíble.

La Asunción nos dice dónde está María: en la gloria, Reina. Civitavecchia —para quien crea lo que allí se vivió— nos dice qué hace con esa gloria: no se la guarda, la derrama; no reina lejos, llora cerca. Y devuelve al lector la vieja pregunta del Evangelio ante los signos: «¿Qué debemos hacer?». El libro de Flavio Ubodi publicado por Homo Legens, que reúne y coteja las lágrimas y los mensajes, no busca alimentar la curiosidad que la propia Virgen reprocha, sino ayudar a responder esa pregunta. Es, en el fondo, lo único que una Reina que llora puede pedir a sus hijos.

La Virgen de Civitavecchia. Lágrimas y mensajes, de Flavio Ubodi, con prólogo de Riccardo Caniato y una entrevista a Fabio Gregori, está publicado por Homo Legens.

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