Hoy, 15 de agosto, la Iglesia celebra la Asunción de María en cuerpo y alma al Cielo. Sobre esta solemnidad, leemos en el misal bilingüe de los fieles de 1962 que “María fue arrebatada por una virtud milagrosa y llevada al cielo. Es un triunfo maravilloso: la corte celestial se alegra, los ángeles cantan y la gloria de su Reina, y la Virgen Santísima es coronada Reina de la creación. El hecho de la Asunción de María fue declarado dogma de fe por el Papa Pío XII en 1950”. Se instituyó como fiesta de primera clase, con color litúrgico blanco.
Siete días después, el sábado 22 de agosto, la Iglesia celebra según el calendario actual la memoria de “Santa María, Reina de los cielos y la tierra”, celebración que, se afirma, fue instituida por el mismo Papa Pío XII en el año 1954 (cuatro años después de la proclamación del dogma de la Asunción) para celebrar a María como Reina de todo lo creado, y que quedó recogida en la Encíclica Ad coeli Reginam (11-Oct-1954). El día 22 de agosto fue elegido originalmente por el Papa Pío XII como el octavo día después de la Asunción, completando así una octava mariana. Esta conexión simboliza la coronación de María como Reina del Cielo, inmediatamente después de su Asunción en cuerpo y alma a la gloria celestial. Así se reza también en los misterios gloriosos del Santo Rosario, correspondiendo al cuarto y quinto misterio de Gloria, respectivamente: el de la Asunción y el de la coronación de María como Reina y Emperatriz de Cielos y tierra.
Sin embargo, en el Misal de los fieles de 1962, el día 22 de agosto se celebra, a diferencia de lo dicho anteriormente y del calendario reformado, el Purísimo Corazón de María, cuyo culto litúrgico, indica el Misal, “había sido ya sugerido por los Padres de la Iglesia en sus comentarios del Cantar de os Cantares. Sin embargo, recién en el siglo XIX, Pío VII comenzó a otorgar a algunos lugares una fiesta en su honor. Pío IX dotó a esta fiesta de una Mis y Oficio propios, y el Papa Pío XII consagró al mundo al dulcísimo y maternal Corazón de la Virgen María en el año 1942, en medio de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, esperando hallar en tan benigno corazón remedio de tantas calamidades. En 1944 accedió gustoso a las súplicas de muchos obispos, congregaciones religiosas y fieles, extendiendo a toda la Iglesia Universal la fiesta del Inmaculado Corazón de María y señalando la Octava de la Asunción para celebrar esta fiesta”.
El cambio de la fiesta celebrada el 22 de agosto ocurrió, por lo que parece, con el cambio del calendario por parte de Pablo VI. Es una cuestión algo complicada de explicar. Al parecer, la fiesta del Inmaculado (o Purísimo) Corazón de María, fijada en esa fecha por Pío XII en 1944, fue trasladada en el calendario de Pablo VI al sábado siguiente al Sagrado Corazón de Jesús en junio. El 22 de agosto se destinó entonces a la festividad de Santa María Reina, instituida previamente en mayo por el mismo Pío XII. No deja de ser uno de los pocos cambios en el calendario que tiene sentido, puesto que así se rezan, como decíamos, el cuarto y quinto misterio de gloria, y la revelación del Santo Rosario por parte de la Virgen a Santo Domingo de Guzmán ocurrió en el siglo XIII.
Como sabemos, la institución de un dogma es el acto formal y solemne mediante el cual el Papa declara que una creencia es una verdad absoluta, infalible y obligatoria, revelada por Dios. Y en este caso concreto podemos comprobar la afirmación sobre los dogmas de que “no crean una verdad nueva, sino que fijan de forma oficial una creencia que ya existía en la fe”; porque, con anterioridad a la proclamación del dogma, el día 15 de agosto ya se celebraba La Asunción de Nuestra Señora, que era de primera clase, con octava común, y contaba con su propia vigilia, a la que correspondía el color litúrgico morado. Así lo indica un misalito bilingüe del año 1947. Según ese mismo misalito, el día que cerraba octava se celebraba el Purísimo Corazón de María, fiesta de 2º clase, color litúrgico blanco. Esto solamente confirma que la proclamación del dogma, como siempre ha ocurrido en la historia de la Iglesia, venía sólo a dar fuerza de ley de fe a una antigua veneración de la Iglesia.
Como vemos, el día 22 no se celebraba la fiesta de María Reina, sino el Purísimo Corazón de María, como se lee en el misal de 1962.
Por su parte, Pío XII había instituido la fiesta de María Reina el 31 de mayo; fiesta que Pablo VI trasladó como memoria al 22 de agosto, reubicando a junio la celebración del Inmaculado Corazón de María. Con anterioridad a la institución de la fiesta de María Reina en el calendario el día 31 de mayo, ese día se celebraba a María, medianera de todas las gracias. Por una parte, constatamos que en el calendario reformado por Pablo VI, el 31 de mayo se celebra la Visitación de la Virgen María a su prima, Santa Isabel. y, por otra, que ahora, el Tucho Fernández, prefecto de la CDF, en su infinita sabiduría, ha venido a negar lo que la Iglesia ha celebrado y orado durante siglos: que María es mediadora de todas las gracias. Es evidente: en TODO, los modernistas que tienen secuestrada a la Iglesia quieren hacer tabula rasa con su tradición bimilenaria y comenzar un ente nuevo, inmanentista, modernista, antropocéntrico y liberal.
Tras esta algo confusa explicación del baile de fechas, me gustaría explicar que el año pasado pude asistir a Misa tradicional en una de estas tres fechas – no recuerdo ahora cuál – y tuve la dicha de escuchar un sermón maravilloso sobre la realeza de María y el hecho de que María es reina por ser la madre del Rey.
Coincidiendo con la maravillosa fiesta que celebramos hoy, y su continuidad natural que es la coronación de María, con sus fechas del 15 y 22 de agosto, aun sin octava, he pensado que podía ser muy interesante compartir un capítulo del libro “The Crucified Rabbi”, de Taylor Marshall, al respecto de la realeza de María.
Taylor Marshall ha caído bastante en desgracia últimamente en el entorno tradicional por su extraño “cambio de opinión” respecto a diversas cuestiones desde las consagraciones episcopales de la FSSPX. Ello, sin embargo, no le resta ningún valor a su trilogía de los orígenes del catolicismo, del cual “El rabino crucificado” es el primer volumen.
Marshall se dedica en esta obra a colocar frente a frente cuestiones que muestran cómo Jesús vino a cumplir las promesas del Antiguo Testamento, siendo verdaderamente el Mesías. El segundo capítulo trata sobre el Reino judío y la Iglesia Católica.
La cuestión básica, afirma Marshall, es en realidad la relación entre el Reino de Dios y Cristo. De ello dependerá nuestra comprensión de la Iglesia. El concepto de Mesías deriva de la esperanza judía de que Dios será fiel a su alianza con David, el arquetipo del Mesías. Marshall describe entonces la naturaleza del reino de Israel y el paradigma judío de la realeza mesiánica en la persona del rey David.
Y cita a Benedicto XVI, cando afirmó que “la promesa del reino davídico a los reyes mesiánicos «ungidos» se deriva del pacto que Dios hizo con David en 2 Samuel 7, 9-16. Este pacto implicaba tres promesas a David:
1.- El hijo de David construirá una casa para el nombre de Dios, es decir, un templo (7, 13).
2.- Dios establecerá el trono de su reino para siempre (7, 13, 16).
3.- Dios será su padre, y él será su hijo (7, 14)”.
El pacto davídico implicaba un intercambio entre David y Dios. La Casa genealógica de David construiría una Casa literal para Dios. Esto resulta ser el Templo que Salomón, el hijo de David, construyó para Dios. A cambio, Dios promete establecer la «casa» o dinastía de David como una monarquía eterna. Esta promesa se basa en la relación de Dios con David como su Padre: «Yo seré su padre, y él será mi hijo» (7, 14). Este pacto divino con David anticipa que el Mesías davídico definitivo será verdaderamente el Hijo de Dios engendrado eternamente: Jesús puede llamar a Dios «Padre» porque Jesús de Nazaret no solo es plenamente humano y plenamente davídico, sino también plenamente divino.
A partir de estas cuestiones preliminares es como podemos entender a María como Reina Madre de Jerusalén. Cuando la mayoría de los cristianos no católicos miran a la Iglesia católica, a menudo cuestionan lo que les parece una «adoración a María». Muchos protestantes (ex herejes, ahora “hermanos separados”) malinterpretan la importancia de la Santísima Virgen María precisamente porque no están familiarizados con la forma en que el Pacto davídico estructuró el reino mesiánico. En otras palabras, los no católicos no son conscientes del profundo significado judío de la Virgen María. Y tampoco del Papado, dicho sea de paso.
El Reino real y mesiánico de David tuvo su capital en Jerusalén, comenzando con el rey David alrededor del año 1004 a. C. y fue eclipsado en el 586 a. C. con la captura del rey Sedequías y el exilio forzoso de los judíos que aún estaban vivos. Antes del trágico exilio babilónico, el verdadero rey de Judá y heredero de David se sentó en el trono en Jerusalén. Además, había otras dos figuras políticas importantes junto al rey davídico en la corte mesiánica de Jerusalén. Después del rey, la segunda persona más importante en el Reino de Judá era la Gebirah. Este título hebreo se traduce literalmente como «Mujer poderosa» y se refiere a la madre del rey judío. La mayoría de los traductores traducen Gebirah como «Reina Madre».
La reina madre judía poseía una poderosa influencia sobre el reino. Este poder y autoridad provenían de su condición de madre del rey davídico, no de su propia importancia personal. Entendida correctamente, la reina madre ocupaba un cargo político y representaba la genealogía legítima del rey. El rey Salomón el Sabio instituyó el lugar formal de la reina madre cuando ascendió al trono de su padre, el rey David. Una de las primeras cosas que hizo el rey Salomón después de su entronización fue colocar un trono a su derecha y entronizar a su madre como la Gebirah: “Así que Salomón se sentó en el trono de su padre David; y su reino se estableció firmemente… entonces (su madre) Betsabé fue a ver al rey Salomón para hablarle en nombre de Adonías. Y el rey se levantó para recibirla, y se inclinó ante ella; luego se sentó en su trono, e hizo traer un asiento para la madre del rey; y ella se sentó a su derecha (1 Reyes 2, 12-19)”.
El rey Salomón se levantó para saludar a su madre y se inclinó ante ella, no porque la adorara como a una diosa, sino porque, como rey, entendía el honor que se le debía a la reina madre. Su presencia en la corte significaba que Salomón era el heredero legítimo del rey David porque ella servía literalmente como vínculo de carne y hueso entre padre e hijo. Dada la importancia de las dinastías genealógicas, el cargo y el papel de la reina madre existían también en muchas otras culturas. Un cargo similar de Gebirah también fue honrado en el reino del norte de Israel. «Vamos a visitar a los príncipes y a la familia de la reina madre» (2 Reyes 10, 13).
Jeremías destacó el lugar de preeminencia que ocupaba la reina madre al final del reino davídico cuando escribió: «Decid al rey y a la reina madre: Baja de tu trono» (Jer 13, 18). El fin del reinado davídico de Jerusalén se señala con la destitución del rey davídico y su madre. La reina madre era tan importante que el fin del reino significaba que ella también debía ser depuesta.
Vemos aquí que es natural que los cristianos católicos honren a la Santísima Virgen María. Su hijo es el verdadero Rey davídico y ella está correctamente entronizada a su derecha como la Gebirah y Reina Madre del Reino de Dios. La posición de la madre de Salomón a su derecha es la razón por la que María casi siempre se representa en las obras de arte religiosas sentada en el cielo a la derecha de Cristo. El lugar exaltado de la Virgen María en el catolicismo no surgió de la superstición medieval, sino de una comprensión judía de la realeza. Así como Betsabé sirvió como vínculo de carne y sangre entre su hijo Salomón y el rey David, también la Santísima Virgen María es el vínculo de carne y sangre que une a Jesús con los privilegios mesiánicos del Reino davídico. Los cristianos honran y veneran a la Santísima Virgen María porque su linaje confirma que Jesús es el heredero legítimo de las promesas de Dios. María es el eslabón final de una cadena milenaria de profecía mesiánica.
La verdad, la belleza y la fuerza del Catolicismo, única religión verdadera, y de la Iglesia, fundada por Jesucristo para la salvación de las almas y fuera de la cual no hay salvación, se yerguen por encima de los cambios humanos, realizados con mayor o menor acierto. Veneremos hoy a María Santísima con el amor y devoción que merece.
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