Dos semanas después de la mayor entrada masiva de la historia de España, los juzgados tramitan ya agresiones sexuales a menores, la Policía admite que Ceuta no es una ciudad segura y ciudadanas mayores confiesan a los medios que duermen con un cuchillo. Mientras tanto, buena parte del discurso eclesial sigue instalado en la logística de la acogida, alimentando una confusión moral que amenaza con abrir una distancia infinita entre la Iglesia y la gente.
Han pasado dos semanas desde que, entre el 30 y el 31 de julio, más de 72.000 personas —80.000 según las estimaciones de las autoridades locales— cruzaran ilegalmente la frontera de Ceuta desde Marruecos, en una operación que el propio presidente de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Luis Argüello, no dudó en calificar de «invasión»: «La invasión de Ceuta es un test. La demografía es un arma», escribió el 2 de agosto. La ministra de Defensa, Margarita Robles, ha hablado sin rodeos de «agresión» a la ciudad.
Los datos que nadie puede seguir ignorando
El balance humano es estremecedor: 82 cadáveres recuperados en el lado español —la mayoría por «asfixia mecánica por sumersión», según el Instituto de Medicina Legal de Ceuta—, al menos 14 en el lado marroquí, y cerca de 200 fallecidos en el mar según el propio Departamento de Migraciones de la CEE. La Asociación Marroquí de Derechos Humanos eleva el cómputo total confirmado, entre Ceuta y Melilla, a 141 víctimas mortales.
Sobre cuántas personas permanecen en la ciudad, el baile de cifras es en sí mismo un escándalo: el ministro del Interior habló este jueves de unos 5.000; el presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas, sitúa la estimación entre 8.000 y 11.000, y ha exigido «transparencia en la comunicación» a un Gobierno que llegó a hablar de 2.500. Vivas ha descrito la situación como de «máximo riesgo» para la convivencia y la seguridad, «absolutamente insostenible», con miles de personas «deambulando por nuestras calles, por nuestras barriadas, en los montes, en las playas».
En el plano judicial, el Tribunal Superior de Justicia ha confirmado la tramitación de al menos tres agresiones sexuales atribuidas a inmigrantes llegados en la avalancha —dos de ellas sobre menores, una con penetración y con la agravante de obligar a la víctima a vender droga, y en su mayoría cometidas sobre mujeres y niñas también llegadas en la entrada masiva y abandonadas a su suerte—, con dos ingresos en prisión provisional y una expulsión. La Policía Nacional registraba a 11 de agosto seis denuncias de agresiones sexuales presentadas por menores, y fuentes sanitarias del Hospital Universitario advierten de que el número de personas que han acudido relatando violaciones u otras agresiones «es superior». A ello se suman nueve ingresos en prisión provisional en total (atentado a agentes, lesiones agravadas, tráfico de drogas), siete expulsiones judiciales de extranjeros con antecedentes y episodios como el del marroquí que allanó una vivienda del centro y se acostó en la cama del matrimonio que la habitaba.
El sindicato mayoritario de la Policía Nacional, JUPOL, lo ha dicho sin anestesia: «Hoy Ceuta no es una ciudad segura, en absoluto». Los agentes atienden una media de 200 llamadas de emergencia diarias, con peleas, apuñalamientos, intentos de asalto a establecimientos y agresiones sexuales a menores «frustradas por compañeros de paisano o por los propios vecinos». En el hospital, el Gobierno insiste en que «no hay colapso», pero el propio secretario de Estado de Sanidad admite una «tensión importante» y el centro opera bajo el Nivel 1 de su Plan de Catástrofes Externas, con 275 asistencias en las últimas 24 horas contabilizadas. Y sobre la ciudad pende, este mismo sábado 15 de agosto, la convocatoria en redes de una nueva entrada masiva que ha obligado a desplegar 1.600 policías y guardias civiles y 2.000 militares.
La parábola de Pepi
En medio de este cuadro se ha producido la escena que resume, mejor que ningún editorial, la distorsión moral en la que vivimos. El miércoles, una vecina de 66 años, Pepi, rompió a llorar ante la ministra Robles: «Tengo miedo. Vivo sola. Nunca me he visto así, cerrando las ventanas, la puerta, mirando todo. Esta noche apenas he descansado, he cogido un cuchillo». Al día siguiente, en televisión, la misma Pepi contaba con toda naturalidad que ella y sus vecinos bajan a diario a los inmigrantes «una bolsa de agua fresca, fría, una botella» y algo de comida.

Que nadie se equivoque: la caridad de Pepi honra a Pepi. La pobre mujer no es culpable de su confusión moral. Lo que no honra a nadie es el sistema moral que ha llevado a una viuda a dormir con un cuchillo bajo la almohada y, a la mañana siguiente, a asumir como propia la intendencia de quienes le han provocado ese terror. Esa señora no es incoherente: es una cristiana obediente abandonada por quienes tenían el deber de protegerla y desorientada por quienes tenían el deber de orientarla. La incoherencia está arriba.
Una Iglesia instalada en la intendencia
Porque, ¿qué ha escuchado el pueblo fiel de sus pastores estas dos semanas? El padre Ángel, desde el CETI desbordado, declarando ante las cámaras de laSexta que los llegados en la avalancha «son unos santos» porque «nosotros en su lugar haríamos cualquier barbaridad»; ni una palabra sobre las mafias, sobre la instrumentalización marroquí, sobre el deber de los poderes públicos de proteger la frontera, ni sobre el calvario de los ceutíes. El Departamento de Migraciones de la CEE, centrando su comunicado en la acogida de los menores y los solicitantes de asilo y apelando a la «humanidad» de las autoridades. Las colectas dominicales. La ayuda de emergencia. Agua, ropa, alimento.
Lo que está en discusión en Ceuta no es misericordia, es que la intendencia logística de una invasión —la palabra es de Argüello, no nuestra— se presente como la totalidad de la respuesta moral, cuando la doctrina de la Iglesia dice otra cosa. El Catecismo (n. 2241) recuerda el deber de acoger «en la medida de lo posible», pero también el derecho de las autoridades a regular los flujos migratorios conforme al bien común y el deber de quien emigra de respetar las leyes y el patrimonio del país que lo recibe. El propio León XIV, que pidió en el Ángelus «misericordia y justicia» para Ceuta, ha insistido en su magisterio reciente en «el derecho a no tener que migrar» y en combatir a los traficantes que comercian con «cantos de sirena» e «industrias de muerte». Curiosamente, esa mitad del mensaje papal desaparece sistemáticamente de las homilías, las ruedas de prensa y los platós.
Ha habido matices; no bastan
Sería injusto negar los matices. Argüello ha puesto nombre a la guerra híbrida y a la biopolítica que usa a las personas «en favor del lucro y del poder». El obispo de Sant Feliu y el arzobispo de Tánger han reconocido que esto no es un fenómeno migratorio ordinario sino una operación eminentemente geopolítica. Hasta las comunidades religiosas de Ceuta se han manifestado para exigir soluciones. Pero un tuit lúcido del presidente de la CEE no compensa décadas de un discurso dominante que ha reducido la enseñanza social de la Iglesia sobre las migraciones a un solo mandato —acoger, acoger, acoger— amputado de sus otros dos pilares: la justicia y el bien común. En el imaginario colectivo, el mensaje que ha calado es que oponerse a una entrada masiva e ilegal es pecado, y que la respuesta cristiana a 72.000 personas lanzadas contra una ciudad de 84.000 habitantes es bajar agua fresquita.
Los ceutíes no necesitan que les organicen la intendencia de su propia sumersión demográfica. Necesitan seguridad, frontera, ley y verdad. Y necesitan una Iglesia que sea faro moral y no altavoz de la confusión; que llore con las 200 víctimas del mar y también con Pepi; pero que denuncie a las mafias y al régimen que las ampara con el mismo vigor con que pasa la bandeja de la colecta. Si los pastores no hacen pronto examen de conciencia y autocrítica —empezando por quienes canonizan en directo a los protagonistas de una agresión y terminando por quienes callan por cálculo—, la distancia entre la Iglesia y su pueblo, que ya es grande, se hará infinita. Y esa herida sí que no la curará ninguna botella de agua fría.